Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
La niñera
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Mitsborn - Trilogía original (edición limitada especial estuche)
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato El susurro de las páginas arrancadas
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Fragmento:


Era una vez—permítanme la banalidad—un narrador que descubrió que estaba siendo narrado. No hablo de conciencia trémula, ni de la perezosa ironía de quien sabe que alguien lo manipula; no, era un despertar completo, lúcido y dolorosamente exacto. En pleno acto de narrar lo que le ocurre a otro, el narrador notó que cada palabra lo extendía, lo delimitaba y, al mismo tiempo, lo apartaba para luego reunirlo en la vorágine de sus propias invenciones.

Duración: 06:07

El susurro de las páginas arrancadas
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En algún sitio, en medio del texto en el que comienzo a escribir estas líneas, estoy sentado. Pero no así, como quien se recuesta en una butaca para saborear sus propias palabras, sino como un actor inseguro en el umbral de una escena escrita por otro, dispuesto a observar la incomodidad del autor y la sospecha del lector; ambos no se ven, claro, pero yo los veo. Les llamo Lector y Autor (nombres perfectamente intercambiables, si me apuran, pero de momento los distinguiré).

Ahora mismo, dispuesto a contarles el principio de mi historia, percibo un ligero temblor, como si la punta de la pluma se resistiera a posar sobre el papel. Desde mi asiento ficticio, sospecho que la tinta tiene miedo de encarnarse, no por temor a manchar sino a arrojarme al abismo de la narración donde nada, ni yo ni ustedes, podremos ya regresar intactos.

Imaginen, si les place, una habitación tapizada de palabras omitidas; en cada pared resuena el eco de frases que jamás serán escritas. ¿No sienten acaso, en la nuca, la respiración de lo que no ha ocurrido? Yo sí. Y en este instante preciso, tanto Autor como Lector han cerrado los libros a medio camino para preguntarse: “¿Dónde empieza esto? ¿Y en qué punto me perderé, inevitablemente, en la maleza del artificio?”

Era una vez—permítanme la banalidad—un narrador que descubrió que estaba siendo narrado. No hablo de conciencia trémula, ni de la perezosa ironía de quien sabe que alguien lo manipula; no, era un despertar completo, lúcido y dolorosamente exacto. En pleno acto de narrar lo que le ocurre a otro, el narrador notó que cada palabra lo extendía, lo delimitaba y, al mismo tiempo, lo apartaba para luego reunirlo en la vorágine de sus propias invenciones.

En ese momento (que fue todos los momentos), el narrador—llámenme si quieren el Intermedio—decidió examinar el filo donde termina lo contado y comienza el relator. ¿Existe margen fiable entre biografía y fabulación? Mientras articulaba la pregunta, las paredes de la sala se doblaban como texto al pasar de página; el suelo crujía con la reincidencia de los puntos y aparte.

Abajo, entre los zócalos de la ficción, Lector y Autor habían dispuesto una mesa para cenar. Trajeron manjares: símiles perfectamente aliñados, metáforas al punto, paradojas con la piel crujiente. El vino, naturalmente, era tinta tinta, que se servía y derramaba sobre manteles hechos de borradores y tachaduras que ambos se echaban en cara, preguntando a quién pertenece realmente una historia: ¿a quien la escribe? ¿A quien la lee? ¿Al que se sueña mientras la escribe o la lee?

Lector, que desde la primera línea sospechaba una trampa, soltó la copa y preguntó en voz baja:

—¿Puede alguien salir ileso de un banquete de palabras?

Autor, con gesto sutil y una mirada de fatiga inexpugnable, contestó:

—Sólo aquel que descubre que, después del postre, siempre habrá un epílogo indigerible.

En ese punto, —permítanme narrar en presente, por la coherencia aparente—, sobre la mesa compareció un tercer comensal. Era, por supuesto, el Narrador mismo, que habiéndolo notado todo, desde siempre, se deslizó entre Lector y Autor para observarlos, radiografiarlos, y, ahí va el atrevimiento, narrarlos a ambos dentro de su propio banquete.

Se miraron sin sorpresa. Lector, empeñado en la sospecha, preguntó:

—¿Quién te ha invitado?

El Narrador sonrió.

—Nadie invita jamás a quien puede empezar la frase antes de que haya motivo para escribirla. Soy el único fantasma legítimo en casa ajena.

Autor repuso:

—¿Y qué quieres, Narrador?

—Quiero que me narren—dijo.

Y así fue como, a partir de ese instante, el Lector empezó a escribir mentalmente la historia del Autor, y el Autor, sin saberlo, vivió las peripecias dictadas por el Lector, mientras yo, el Narrador, los archivé a ambos en un folio extraviado de mi conciencia interrumpida.

Pero aquí surge el problema mayor: ¿de dónde provengo yo? ¿Del pliego donde fui garabateado, o de la imaginación del lector que ahora mismo duda si continuar estas líneas? Intenté buscar mi reflejo en la copa casi vacía de tinta; vi a un hombre, sí, pero el hombre me miró de regreso y murmuró un fragmento de frase que no terminaba nunca, una promesa de relato incrustado en la médula de sí mismo.

Mientras tanto, Lector—que comenzó a engullir las palabras como si temiera que se acabasen—descubrió que, a medida que leía, la sala se extendía, multiplicando rincones imposibles y puertas hacia episodios que nadie había planeado escribir, pero que habían llegado por contagio de curiosidad o por el modesto capricho de llenar una página más.

“Al final nos saldrán letras por las orejas—dijo el Autor con cierta satisfacción—, y todo lo que no podamos comprender lo anotaremos en el margen para el siguiente que venga, como advertencia o tesoro, según el temple de su lectura.”

Naturalmente, la voz del Narrador (la mía) comenzó a confundirse con la voz del lector que ahora, en este minuto preciso, replantea si acaso está siendo observado o inventado. No teman: todos somos parte de una misma anomalía, el engranaje tartamudo de una máquina construida de palabras que, en vez de girar, se contrae sobre sí misma, repitiendo nombres, insinuaciones y finales que nunca terminan de producirse.

He aquí la paradoja final, tan antigua como la tinta misma: en nuestro siguiente encuentro, habremos olvidado este banquete de textos, y acaso repetiremos el gesto involuntario de escribir y leer sin sospechar que hemos cenado juntos, todos en el mismo margen, todos devorados y devorantes.

Y aquí, justo aquí, donde esperaban el desenlace, encuentran de nuevo la frase: “Esta frase no debería existir”. Pero obsérvenme: aquí estoy, narrando cómo soy narrado, y ustedes, leyéndome, no pueden ya dejar de imaginar el gesto con que escribo su sombra en la mesa, su reflejo en la copa, el crujido de la silla con cada nueva palabra. Porque todos, en fin, vivimos entre los márgenes de lo que apenas se ha contado y lo que nunca dejará de contarse.

Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
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