Fragmento:
La historia persiste en doblez, como un texto manuscrito en papel al carbón. Simon escribe: “Al otro lado del vidrio, alguien me observa.” Una mujer, tal vez, o sólo su propia sombra pulida por la noche. ¿Es ella quien lo escribe a él? ¿O simplemente la voz que DeLillo —es decir, yo, el autor narrador, o eres tú el lector— imagina en el hueco de la página? La mujer siente inquietud; el espacio textual, también. Todo está a punto de derivar en otro plano.
Duración: 04:47
Ahora mismo escribo y no sé si soy yo. Tal vez sea la mano y no la mente, acaso un relámpago pálido que serpentea a través de los músculos, nervio por nervio, queriendo contar algo. ¿A quién se lo cuento? No me es posible responder. Hay un lector, sí, en el margen de este mundo, tan cerca que respiro su ansiedad, tan lejano que ignora el peligro de respirar junto a los personajes.
Digamos que empieza con un hombre —llámalo Simon, llámalo DeLillo, o deja la línea en blanco—, sentado ante una máquina de escribir antigua, de esas que idean palabras imperfectas con el mismo rigor que un juez ciego. Simon sospecha que está perdido detrás del telón invisible entre la historia y la invención. Cada vez que su dedo presiona una tecla, un golpe de realidad retumba en alguna otra parte.
Quizá en el piso de arriba, o en el sótano, otra mente intenta narrarlo: “Simon piensa en sus sueños mientras escribe, preguntándose si su historia avanza… o si es él el personaje atrapado en la novela de otro.” Y la frase, mientras toma forma, se repliega sobre sí misma como papel quemándose, desmoronándose mientras aún está visible.
La historia persiste en doblez, como un texto manuscrito en papel al carbón. Simon escribe: “Al otro lado del vidrio, alguien me observa.” Una mujer, tal vez, o sólo su propia sombra pulida por la noche. ¿Es ella quien lo escribe a él? ¿O simplemente la voz que DeLillo —es decir, yo, el autor narrador, o eres tú el lector— imagina en el hueco de la página? La mujer siente inquietud; el espacio textual, también. Todo está a punto de derivar en otro plano.
Simon dobla una esquina de la hoja. Lo hace para recordar un pasaje donde pensó que la historia podría terminar, aunque sospecha: ninguna historia termina, sólo se encoge, girando en espiral dentro del embudo de algún lector distraído. Este pliegue en la página le da la tentación de abandonar la trama, de recibir cartas, de encontrar errores ortográficos como migas de pan hacia la libertad.
En algún momento, el narrador —ese mecanismo inseguro, permanentemente insatisfecho— toma una decisión: se introduce como una figura más en el relato. “No me reconozco en Simon”, escribe, sabiendo que cada negación es un guiño a la consanguinidad. “Me parezco más al ruido de las teclas que a su silueta entre la luz azucarada del escritorio.” Y allí, tal vez, salta el chisporroteo de la metaficción: la posibilidad de que todo sea sólo una invención de la invención, una línea que regresa, una curva.
Alrededor de Simon, los objetos comparten esta ansiedad: el reloj digital se rehúsa a marcar la hora exacta; la lámpara tiembla con el zumbido de su bombilla enferma; una hoja suelta se desliza bajo la puerta con el mensaje: “No vuelvas a la página treinta.” Simon la lee y se pregunta: ¿qué sucede en la página treinta? El lector, también, se pregunta: ¿y si salto a esa página? ¿Dónde termina el nuestro y comienza el relato? La frontera es un deseo, o una mentira en la que ambos fingimos creer.
Simon, en la desesperación, escribe una carta al autor. No puede entregarla; ni siquiera está seguro de que hay un destinatario posible. Escribe: “No sé si debiera existir. Si existo, ¿por qué tengo conciencia de ser contado? ¿Por qué me duele sospechar que no soy más que una palabra fracturada entre dos libros?” En ese instante, la máquina de escribir se detiene, como si estuviera escuchando a través del papel.
Afuera, la ciudad vacía murmura en sus aceras, invisibles argumentistas de fondo. Adentro, Simon mira su reflejo en la ventana nocturna y se ve doble: un personaje, un autor. Si se mueve, ambos se mueven. O si no es así, quizá sólo uno lo hace y el otro lo sueña. Decide escribir una frase final, creyendo cerrar el círculo: “Todo lo que ocurre aquí ocurre porque alguien allá lo imagina.”
El lector (tú) lee esa frase y, por un momento, duda si Simon es real, si la lámpara existe, si algo ocurre realmente cuando los ojos repasan esta línea. Siente el tirón de la página siguiente —¿la habrá?— y huele el hálito del autor que, como un dios dudoso, considera clausurar este mundo con una última pulsación de la tecla.
Pero antes de hacerlo, antes de cerrar la novela —porque toda novela termina aun si la narración no quiere—, te queda la sospecha rayando la piel de la realidad: tal vez, en alguna máquina de escribir antigua, Simon te está escribiendo a ti. Tal vez en el borde inferior de la página, queda un espacio en blanco, la frontera entre tu mundo y el suyo, donde ambos se preguntan —con la ternura o el miedo de los personajes desbordados— si esta historia realmente acaba.
O si, en cambio, vuelve a empezar ahora mismo, al pronunciar de nuevo la primera línea de esta página, infinita vuelta de lo narrado, justo ahí donde el margen empieza a borrarse, y ni tú, ni Simon, ni yo sabemos, en verdad, quién está escribiendo a quién.
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