Fragmento:
Trémula lámpara que cuelga tal médula impregnada de aire rancio, temblorosa, aquí, justo donde los dedos se arrinconan contra sí mismos, el jadeo lentamente creciendo como un musgo sobre superficies pulidas, repitiendo. Hay un espejo. No de los plateados: uno líquido, uno que surge entre pliegues, sumidero de todas las frases nunca escritas. Lentamente, el roce, la pulsión sorda, resbalando desde la bolsa tibia del alba, los cuerpos son solo pretextos. La respiración—esa cuerda floja tensada sobre la ausencia de luz—colisiona y relincha, bestia suelta en la casa desierta.
Duración: 02:54
Trémula lámpara que cuelga tal médula impregnada de aire rancio, temblorosa, aquí, justo donde los dedos se arrinconan contra sí mismos, el jadeo lentamente creciendo como un musgo sobre superficies pulidas, repitiendo. Hay un espejo. No de los plateados: uno líquido, uno que surge entre pliegues, sumidero de todas las frases nunca escritas. Lentamente, el roce, la pulsión sorda, resbalando desde la bolsa tibia del alba, los cuerpos son solo pretextos. La respiración—esa cuerda floja tensada sobre la ausencia de luz—colisiona y relincha, bestia suelta en la casa desierta.
Allí, la disolución de nombres. Exfoliación perpetua; el lenguaje naufraga. El filo ardiente de la lengua que no dice, sino exuda, o lo que queda tras el descenso: gotas suspendidas entre los vellos, conversación de las pieles, fragmentos de saliva hurtados al universo inhóspito. La tosquedad del día rasgando los párpados de los amantes que sólo existen cuando cierran los ojos: fugas sin retorno, retorno sin fuga, pieles apiladas, igual que papeles húmedos sobre la mesa.
Cierra los ojos. Otro universo. Las uñas arañan y rasgan la corteza del costado, capturan la memoria dispersa de todas las habitaciones donde el jadeo construyó catedrales de yeso y mugre. Dedos hambrientos, país inexplorado en la comisura del muslo, sombra ardiendo, pulso fracturado buscando su cifra en la corriente de arterias desnudas, pálidas como la escarcha en la memoria. A veces, las palabras no llegan, pero los cuerpos persisten, inconexos, repitiéndose en un bucle donde el eco se diluye en pequeños estalactitas de sudor.
Sensualidad de las plantas que trepan por las persianas aún cerradas, un murmullo vegetal invade la estancia, recordatorio de la savia incesante y lenta y cálida. El sol se filtra sólo como un rumor, y la hoja rozando la carne es otra forma de caricia colectiva: los nervios, diminutos y vigilantes, responden con temblores diminutos, mariposas atrapadas entre las costillas. Quien observa detrás de la puerta apenas existe: es sólo la pintura despegada en la madera bajo los nudillos, un espectro sin nombre que se alimenta de la tensión entre miradas.
Ahí el tránsito, el temblor, la amenaza de la risa justo cuando los cuerpos se han convertido en agua y no queda más que ruido, y el grito silenciado entre almohadas ya no es grito sino rocío. Y cuando la sombra al fin exhala sobre la piel abierta, traza caminos de lenguaje impronunciable hasta pulverizarse, convirtiéndose en simple vapor adherido al techo. El universo cabe entre omóplatos, entre los relieves sinuosos e infinitos donde dientes y labios toman apuntes invisibles. El final es sólo promesa, desvanecimiento, latidos que se licúan y repiten, celebrando una y otra vez la persistencia del cuerpo sobre la lógica del mundo.
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