Fragmento:
No se trataba de la mesa (la mesa podría haber sido cualquiera), ni de la postura, ni siquiera de la costumbre que ambos reconocían cuando se sentaban ahí a la misma hora, antes de que el edificio empezara a hablar consigo mismo: tubos chillando, madera crujiendo, la radiografía de la casa. Y sin embargo, el primer día —había un primer día, aunque los días posteriores se fragmentaban en capítulos inconexos— Bartle y E. fueron incapaces de decir hola con palabras transitivas. ¿No parece trivial, cómo ignorar el lenguaje esperado y reservarse el otro, el lenguaje sin palabras, aquel que es balbuceo, el roce de la hebilla en el cinturón, ese estallido de nudos desabrochándose como si en verdad supieran de qué va la noche?
Duración: 05:19
No se trataba de la mesa (la mesa podría haber sido cualquiera), ni de la postura, ni siquiera de la costumbre que ambos reconocían cuando se sentaban ahí a la misma hora, antes de que el edificio empezara a hablar consigo mismo: tubos chillando, madera crujiendo, la radiografía de la casa. Y sin embargo, el primer día —había un primer día, aunque los días posteriores se fragmentaban en capítulos inconexos— Bartle y E. fueron incapaces de decir hola con palabras transitivas. ¿No parece trivial, cómo ignorar el lenguaje esperado y reservarse el otro, el lenguaje sin palabras, aquel que es balbuceo, el roce de la hebilla en el cinturón, ese estallido de nudos desabrochándose como si en verdad supieran de qué va la noche?
La luz manaba oblicua, y Bartle pensó (y anotó mentalmente para usos futuros) que la mejor forma de mirarse en un cuerpo era el reflejo invertido de una cuchara. Así fue como Bartle preparó el tablero sobre la mesa (con un tablero puede vivirse la vida entera, pensó), una especie de tablero de ajedrez sin casillas, donde las piezas eran botones, corchetes, ganchos, cremalleras, y sus movimientos se medían en respiraciones. Ninguno sabía del otro lo suficiente, tampoco había que saber mucho, ni medir, porque la piel —la piel real— empieza donde la tela acaba, y nada más.
La noche tenía una forma de derramarse a trompicones: era la manera en que las manos se movían por debajo de los márgenes de las palabras, ese lenguaje invertido donde la boca ya no servía para hablar, sólo para ocupar el hueco de la otra espalda, sólo para comprobar a ciegas la teoría del abotonado imperfecto, la cremallera que se obstina a no ceder, el inventario de prendas que se resisten por pereza o por lujuria. Nadie nunca (Bartle lo pensaba de verdad) sabe cómo acaba uno quitándose los calcetines, pero ahí estaban ellos, pies sobre la mesa, calcetines huérfanos, entre los platos del desayuno de esa mañana, y pensaron (¿pensaron juntos?) en la colección de huellas que todo esto dejaría.
Ni las bocas sabían pronunciarlo: la sílaba era el pulgar apoyado en el hueso de la cadera, la sílaba era la saliva desplazando la tristeza de otra habitación, la sílaba era la mano que, cuando parece perderse, encuentra el hueco necesario. La lengua —la de Bartle, la de E.— hacía el inventario: piel fría, piel neutra, calor que depende de lo que falta quitar; boca que recorre lo que ignora el lenguaje, dientes usados con suavidad para no interrumpir la coreografía inexacta del desarme. Y de golpe, se preguntaron: ¿cuántas prendas se necesitan para estar del todo desnudos, si nunca lo estuvimos bajo varios diafragmas de luz, bajo párpados, con pensamientos impidiendo que la carne complete el trayecto?
Y entonces la mesa. Con la mesa puede vivirse (dijo o pensó Bartle mientras E. reía, no sabía si de vergüenza o de excitación) casi cualquier historia que no debe escribirse en libros de familia. El tablero sin reglas: prohibido saber de antemano cuál botón será el último, qué costura quedará colgando, si debe abrirse la camisa desde abajo o simplemente arrancarla desde el centro por impaciencia. El sonido (porque la habitación hablaba por ellos) era el de una manga yéndose en diagonal, un pantalón cayendo (sin ceremonia) sobre el suelo alfombrado por calcetines y medias, el silencio interrumpido por alguna risa que no quería salir pero salía, como si el juego de vestirse, desvestirse, vestir al otro, pudiera acabar con cada ciclo en una risa idéntica.
Y los minutos, esos sí, cronómetros descarrilados: al principio lerdos, luego apresurados, tan rápidos que ni el sudor se queda en la piel. Bartle sintió los nudillos de E. como breves señales de tránsito, semáforos intermitentes esperando que alguien los ignore. Era un trayecto de ida y vuelta sin destino fijo, la lengua subiendo a la clavícula, aterrizando en la suavidad áspera donde habita la sombra de un ombligo, la incomodidad de intentar memorizar cada pliegue antes de que el sudor lo cambie todo, antes de que la vergüenza ineludible de lo físico vuelva a disfrazarlos de espectadores.
En un rincón de esa habitación, E. notaba la sombra de la lámpara moviéndose con sus propios movimientos. Bartle no lo veía pero sentía su peso en la espalda, no el de la lámpara, sino el de sus propios hombros intentando no perder el contacto. Y entre caricia y caricia —palabra y palabra— la duda: ¿fingen los cuerpos saber lo que hacen, o lo hacen para fingirse sabios? La pregunta quedaría en el aire, rodeada de objetos que tendrían que volver al lugar de siempre: corchetes, botones, calcetines, la camisa deformada, los pantalones del revés, vestigios que los vestirían mañana, como si nada hubiera sucedido salvo el tablero invisible, el juego que nadie vio.
La habitación se deshizo de sus voces. Nada quedaba sino ese rumor tibio bajo los cuerpos extendidos, y Bartle (o E., o ambos, indistinguibles ya fuera de la ropa) pensó que el auténtico experimento era ése: qué parte de uno sigue con uno mismo una vez se quita la tela y qué partes se quedan rezagadas, colgando de los ganchos, acechando la madrugada mientras alguien, horas después, abotona sin mirar una camisa, pensando, sin saberlo, en las manos que —ayer— la desabotonaron.
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