Fragmento:
El asunto no había empezado ahí. Ni tampoco después. Ni siquiera después del bisbiseo de las paredes filamentosas donde suelen agazaparse las teorías de escape. Hay que situarse, digamos, dentro de un ascensor en reversa: un ascensor que no se eleva ni desciende, solo multiplica los pisos, abriéndolos como abanicos o páginas secretas. Y allí, en la duplicidad infinita de espacios que no existieron o que existirán solo bajo administraciones más crédulas, los asistentes —tan exclusivos como irrepetibles— comenzaron a sentir una compulsión por el relato.
Duración: 05:14
Así, en una noche aún sin fecha (las noches verdaderamente aburridas suelen, de algún modo, no pertenecer al calendario), la Sra. Foxglove, con sus tacones de gel y su chaqueta de lana en espiral, deslizó la mano por la baranda de la planta nuclear. Netamente, preguntó: “¿Qué día es?”. Pero la pregunta flotó, encendida como neón torcido en la mente de todos los presentes, pues nadie supo si el calendario había seguido funcionando después del apagón de las 17:07. Por costumbre, el hombre del sombrajo cromado, apodado “el Magnético”, tosió, tragó una nuez, y se colgó brevemente del marco de una puerta mientras la sangre le colgaba también, igual que una campanada rebelde en la catedral de San Menisco.
El asunto no había empezado ahí. Ni tampoco después. Ni siquiera después del bisbiseo de las paredes filamentosas donde suelen agazaparse las teorías de escape. Hay que situarse, digamos, dentro de un ascensor en reversa: un ascensor que no se eleva ni desciende, solo multiplica los pisos, abriéndolos como abanicos o páginas secretas. Y allí, en la duplicidad infinita de espacios que no existieron o que existirán solo bajo administraciones más crédulas, los asistentes —tan exclusivos como irrepetibles— comenzaron a sentir una compulsión por el relato.
El objeto materia era simple: una caja. La caja, también duplicada, aparecía en cada piso, contenido fluctuante según el observador. Algunos decían haber visto dentro un saco de nubes ácidas; otros, una cita de Wittgenstein escrita con semillas de mostaza flotando en agua destilada. Para aquellos menos dados a la metafísica, todo era un paquete gubernamental. “Probablemente contiene formularios”, musitó el Magnético, ya con los guantes manchados de nuez.
Sucedía, además, que los individuos reunidos —la Sra. Foxglove, que había trabajado en la Oficina de Ventanas Tardías; el Magnético, que ofrecía talleres gratuitos de paranoia avanzada; y un tercer personaje, cuya identidad era variable y se definía momento a momento— reunían entre sí el talento suficiente para destruir una ciudad o, al menos, sabotear un sistema de mensajería postal. No se conocían de antes. Pero no importa: nadie se conoce de antes en la noche sin fecha.
La Sra. Foxglove abrió la caja. O creyó abrir la caja. Porque la caja, en realidades donde los ascensores lograban dejar de imitar a los relojes, abría de regreso a la que la abría. Fue así que la sala, antes delimitada por las cuatro paredes legítimas de la planta nuclear, se reveló como una proyección mercurial del interior de la propia Sra. Foxglove. Eso produjo cortocircuitos de percepción: el Magnético, de repente, olía a ozono y disculpas viejas; el tercer invitado —un cartel publicitario con miedo escénico— empezó a pronunciar eslóganes en arameo.
No todos los presentes sobrevivieron el giro. Algunos, por ejemplo, eran solo versiones previas de sí mismos, y perecieron con la dignidad de quien no sabe si va o viene, enredados en los tentáculos de un guion que se volvía —precisamente entonces— borroso. La caja, cada segunda, escupía una hora distinta; la planta nuclear, iban sabiendo, era ya una maraña de relojes atómicos forzados a contemplarse mutuamente. En algún recoveco, una rata iluminada con neón rumiaba mantras gubernamentales.
Pero el mayor prodigio se presentó en la forma de una interrupción: una vibración contenida en el aire, de esas que anuncian noticias o tormentas, atravesó la estancia-sujeto-caja. En ese instante, por la puerta (¿había siempre habido una puerta?) entró la mismísima ministra del Azar, que traía consigo un sello de goma y una ristra de resultados de laboratorio que no correspondían a ninguna disciplina científica reconocida. Se detuvo, midió con la mirada la situación (poca gente queda inmune al escrutinio de la ministra del Azar), y con voz de megáfono antiguo declaró: “Es la hora de los termómetros blandos”.
El Magnético, detestado por la ministra desde la infancia pero ignorante del rencor por protocolo, fue el primero en reaccionar: “Los termómetros blandos no miden nada, ministra. Solo recuerdan materia”. La ministra, sonriendo con un diente de proa, dio la vuelta y salió. Los termómetros blandos comenzaron a derretirse, como corresponde, sobre las manos, las ideas, los objetos inertes y los recuerdos sentados en las sillas. Nadie supo si era medicina o condena. En cualquier caso, la caja se evaporó en un vaho impuro, dejando tras de sí una serie de cifras aleatorias que descendieron como lluvia binaria sobre todos los que todavía, de alguna manera, estaban allí.
Al salir, o intentarlo, la Sra. Foxglove se sorprendió de que el mundo hubiese seguido girando sin pedirle permiso. La última sensación se resumió en la textura elástica del aire, suave como el interior de un secreto, mientras el Magnético recogía sus nueces y el tercer asistente —mutante ya sin forma ni idioma— salía por una grieta en la lógica.
Al final, se conservó un rumor, algo entre un silbido y un telegrama incompleto: “Esta vez, la experimentación fue contigo”.
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