De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Dos coronas retorcidas (EDICIÓN ESPECIAL LIMITADA)
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Tras la puerta
La chica del lago
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Portada del relato Los entresijos del espejo
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Fragmento:


Detrás, el objeto rojo. Pequeño, sólido, curva lateral desgastada por un uso impreciso. En la estancia nadie lo mira, pero existe desde antes de la entrada de la mujer y después habrá de persistir. Las huellas digitales de los anteriores habitantes no se detectan con la vista, pero el polvillo en su base—gris, insípido—responde con claridad a la luz indirecta que cae desde la esquina de la ventana. Queda sobre la mesa y parece estar próximo a rodar, pero nunca llega a hacerlo, ni siquiera cuando una ráfaga, leve, insinúa movimiento en los pliegues de la cortina.

Duración: 06:21

Los entresijos del espejo
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Ella se inclina sobre la mesa oscura, los dedos buscan la arista del vaso sin agua. No hay señal de que la noche se haya marchado: las rendijas de la persiana sólo dibujan líneas discontinuas sobre la piel descubierta. El objeto, el vaso, existe antes que la sed. Hay dos cigarrillos en el cenicero, uno consumido, el otro roto. La mesa es rectangular, fría, sostenida por cuatro patas metálicas; sólo tres de ellas visibles, porque el ángulo—este ángulo—anula la cuarta. Ningún ruido desde la habitación vecina, sólo el zumbido inconstante del frigorífico, y el reflejo, en la punta de los pies, de la lámpara apagada.

La lámpara es una ficción; su interruptor jamás accionado, la bombilla modelo antigua, los cables de tela trenzada rozando sutilmente el tapizado de la butaca. Ella avanza un poco la mano, tensa los dedos hasta tocar el borde cálido. El contacto no es lo suficiente ni para encender, ni para decidir apagado. Una sombra suave cubre la muñeca: línea nítida en la carne blanca, difusa sobre el nacimiento de las uñas.

Detrás, el objeto rojo. Pequeño, sólido, curva lateral desgastada por un uso impreciso. En la estancia nadie lo mira, pero existe desde antes de la entrada de la mujer y después habrá de persistir. Las huellas digitales de los anteriores habitantes no se detectan con la vista, pero el polvillo en su base—gris, insípido—responde con claridad a la luz indirecta que cae desde la esquina de la ventana. Queda sobre la mesa y parece estar próximo a rodar, pero nunca llega a hacerlo, ni siquiera cuando una ráfaga, leve, insinúa movimiento en los pliegues de la cortina.

La piel de la mujer contiene varias marcas recientes. En la clavícula, una sombra morada, dispersa. Bajo el muslo, cerca de la curva del glúteo, una línea casi invisible, más sensación que traza. La lengua recorre una y otra vez la cara interna de la mejilla, esperando un sabor. En el suelo, los zapatos. Negruzcos, lustrosos en la puntera, con una mancha oval en el talón izquierdo. Podemos imaginar el ruido de los tacones, pero el relato no lo permite: sólo hay silencio, respiración leve, y el muy débil clic de la uña del pulgar sobre el cristal.

En la estancia los objetos pesan tanto como los gestos. Un movimiento, una respiración detenida. La silla cruje, pero nadie la ha movido. La mujer recuerda—si acaso recuerdan los personajes de esta historia—el instante justo en que la puerta se cerró, pero no quién salió, ni si ella misma fue la que abrió, ni si hubo realmente algún cierre. El color de la madera de la puerta tiene algo de verde, o es simplemente un efecto reflejado de la pared opuesta, donde hay apenas una mancha de humedad, expandida como una galaxia sobre el fondo blanco amarillento.

De la lámpara, pese a estar apagada, desciende una cuerda de polvo: galaxia menor, invisible si la mirada no se alza en ángulo oblicuo. El objeto rojo, mientras tanto, sigue allí, no se comprende su nombre: podría ser un guardapapel, un adorno, un pisapapeles olvidado en su función. Los dedos se apoyan ahora en la madera, un ritmo tenso. Una palabra, sin emitir, recorre el cuello de la mujer, la comisura del labio, el lóbulo de la oreja.

Otra figura—no hay descripción, apenas una sombra mal definida—cruza el espacio entre la ventana y la puerta; la sombra toca, desde la distancia, la silueta de la mujer, atraviesa su perfil, se suma a los paralelogramos de luz oblicua sobre el suelo. No hay contacto, salvo el mental, ni diálogo, porque el diálogo aquí es impensable: sólo la sucesión de gestos, de expectativas físicas, lentas.

A través del cristal vacío, la mujer ve su reflejo, y el reflejo de la sombra. La imagen se deforma: la línea de la mandíbula se curva en exceso, la boca se desplaza, el cuello se alarga. El objeto rojo aparece duplicado, doble, incluso triple, si se observa el fondo de la habitación en el corte del ángulo. Ese doble es más intenso, más denso, quizás más real.

La sombra se sienta, elán imposible, en un lugar desprovisto de silla. Ella siente, algo más que sensación: una tibieza bajo la piel, algo se mueve—sin ser nombrado—desde el centro del pecho hacia el vientre, y luego descansa, expectante, en los muslos. El movimiento es seguro, impreciso: la mano se posa un instante sobre la entrepierna, presiona apenas, el gesto es mitad recuerdo, mitad búsqueda.

Silencio nuevamente. En la casa ningún reloj, pero la luz cambia: los trazos de la persiana se vuelven grises, desplazados unos milímetros hacia la derecha. El cenicero contiene ahora tres colillas; el objeto rojo, igual de inmóvil, exige una explicación, pero sólo la sombra parece capaz de sostenerla. El contacto, cuerpo con cuerpo, aún no existe; sí, en cambio, el cruce de miradas—o de intuiciones—y la respiración cortada.

La mujer se levanta, avanza dos pasos, los pies descalzos sobre la madera fría. La butaca cruje, pero sólo la sombra la ocupa. Ella se inclina hacia la lámpara, la mano duda sobre el interruptor, no lo acciona. La sombra, tras ella, proyecta una mano oscura sobre su omóplato, allí donde la piel se termina.

Y entonces: el giro, el roce existencial, la imposibilidad del nombre. El relato no puede afirmar que hay gemido, sólo simplemente un desplazamiento mínimo de la garganta, una dilatación de la fosa nasal, un pequeño temblor en los músculos de la base del cráneo. El objeto rojo cae, golpea levemente la base del cenicero, y se queda ahí, sin fractura, sin propósito nuevo.

La lámpara sigue apagada. Afuera, la noche ha terminado, pero la escena permanece suspendida entre el deseo y la descripción, en el espacio exacto donde los cuerpos son cosas, y las cosas, cuerpos. No hay conclusión. El tiempo se pliega, la cortina se mueve remotamente. La mano de la sombra permanece sobre la piel, igual que la mancha roja sobre la mesa, igual que el eco imposible del nombre no pronunciado. Nada avanza, salvo la mirada. Todo continúa.

De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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