Fragmento:
Nos hicimos escándalo, cicatriz que nunca cierra. Agua podrida en el zócalo: crecimos alimentándonos de lo que exudaba de las paredes, leche minimizada, trozos de lengua despegados con navajas, suspiros arrancados a fuerza de represión. Aquella madre nos embarazó sin amor, solo por la necesidad de barrer su útero limpio, para después rellenarlo de escarabajos. Nuestro padre no era hombre, tampoco bestia: era un sistema, un enjambre. Nos insertó sus dedos de plástico, nos programó, repetíamos algoritmos de guerra, copulación y mentira. Así avanzábamos, partidas de ajedrez donde las reglas cambian con cada movimiento.
Duración: 04:41
Empieza con la puerta de piel roja. Por dentro, los nombres son imposibles, el eco vuela y se estrella en las costillas. Una madre, o algo, se agita en el umbral: su aliento olía a hollín y leche agraz. Río con cuchillos, ella dicta, no hay ni sol ni lógica: merodeo un filamento, entre el semen de quienes masticaron las reglas cuando éstas todavía parpadeaban.
Sueños de roedores, palabras se deslizan por el perímetro, lamidas y luego escupidas de vuelta por gargantas sin dueño. La ciudad hecha carne, huesos con nombres de satélites: Nacimos en la explosión, no del amor. Nuestra paternidad: la ruina, el crujido de un tren descarrilando mientras eyacula polvo de huesos sobe nuestras bocas hambrientas. Alguien – mi hermano, mi hermana, ni sexo ni nombre ni forma – se inserta una bandada de pájaros por la oreja izquierda. Gime. Soñamos juntos, en la fábrica abandonada, rastros de óxido con los que pintamos nuestros penes y vulvas, nos besamos hasta estallar encajonados por la ley de la entropía.
Nos hicimos escándalo, cicatriz que nunca cierra. Agua podrida en el zócalo: crecimos alimentándonos de lo que exudaba de las paredes, leche minimizada, trozos de lengua despegados con navajas, suspiros arrancados a fuerza de represión. Aquella madre nos embarazó sin amor, solo por la necesidad de barrer su útero limpio, para después rellenarlo de escarabajos. Nuestro padre no era hombre, tampoco bestia: era un sistema, un enjambre. Nos insertó sus dedos de plástico, nos programó, repetíamos algoritmos de guerra, copulación y mentira. Así avanzábamos, partidas de ajedrez donde las reglas cambian con cada movimiento.
Yo soy la llamada X24, aunque nadie usa mi nombre. Tuvimos coitos múltiples, sangramos y gritamos, porque era el idioma de la casa: chillido y sal. Cuerpos híbridos, genitales duplicados, un hermano con dos pussys y la mandíbula de un armadillo. Lo queremos a pesar de su hedor. El caos, decimos: así se crea el amor. Nosotros follamos para destruir lo heredado, quemamos biblias con frases de hojalata. Los policías huelen nuestro semen en el aire: populares y tristes, huyen de la verdad babosa de nuestras orgías. Algún día, decimos, pariremos a nuestros padres de nuevo, con nuevas aberraciones: quizás nos salga uno con alas, o el cerebro minúsculo, abatido por tanto grito ancestral.
Nada se repite, salvo la rabia. Follar sobre los escombros, lamer el sudor ajeno, compartir el moco seco y la risa turbia. Los libros se retuercen bajo nuestros cuerpos, palabras antiguas mueren y nacen, como si el diccionario eyaculara en círculos sobre un colchón electricista. El placer huele a basura, el dolor a carne tierna. La diosa con diez pechos nos observa, paladea la espuma y nos invita a cavar túneles en el lomo de la tierra. Nos unimos a ella, la llenamos de escupitajos y poemas truncos, la mente abierta a la linterna: “Seremos huevos, y nunca pollos”, sentencia.
Una vez intentamos amar sin guerra, pero el sueño se volcó en nuestras tripas, nos revolcamos sobre el asfalto, nos llenamos de cicatrices. Uno lloró lágrimas de petróleo, la otra se masturbó con un vidrio y parió un espejo. Todo lo que escupimos germinó, salvaje, con olor a sangre menstrual y gasoil. Nos abrazamos, hijxs de ninguna parte, rumiando el estallido: picos en las manos, sombra de colibrí entre los dientes. Nuestros besos saben a revolución. “No somos familia; somos torbellino.” La vida, el amor, el odio: difusos, equívocos, translúcidos.
Al final amanecemos, desparramados, mosaico de salivas, muslos raspados, cabelleras manchadas de esperma y jugo de motor. Afuera, el sol apuñala, pero dentro, todavía somos manada. Reímos. Nos contamos historias de objetos imposibles: penes de vidrio, úteros de oro, lenguas calendáricas. Nadie pregunta quién es la madre, quién el padre. Saltamos una y otra vez al fango, porque preferimos la asfixia a la repetición. La ciudad ruge, el caos balbucea un nuevo himno. Nosotros respondemos con saliva y dientes y letras: “El amor es esto: golpear la forma hasta hacerla vibrar, morderla hasta escucharla gemir.”. Nos volveremos a multiplicar, uno, dos, cientos, millones.
Cierro los ojos, invento otra puerta, otra madre: la nuestra. Hacemos fila y entramos juntos, gimiendo risas en todas las lenguas, listxs para nacer de nuevo, entre el chillido y la flor.
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