Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
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Portada del relato El alambique de los sentidos
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Fragmento:


Por ejemplo, esa alfombra roja; no sabe usted cómo murmura. Cuánto ha callado esta alfombra, y no por miedo al pie, sino por la humedad de las voces que la han cruzado. Pudiera jurar que anoche, mientras la luna no la miraba, una de sus fibras se desenroscó y, como lengua de reptil, deletreó un nombre —el suyo, Aminta, pero en espejo, para evitar que se manche en las esquinas del polvo.

Duración: 05:16

El alambique de los sentidos
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Pasan —he de confesarlo, señora Aminta— las horas como el polen invisible que al rozar la mesa no deja rastro ni perfume. Sobre mis papeles, infames de tanto buscar su propio paréntesis, ha caído la novedad de una quinta estación que solo me concede escribir cuando los relojes duermen de pie, abrazados a un bostezo. He hallado, en este estado de media vigilia, que los objetos cobran gramática y pierden peso, girando entre líneas como actores embriagados por un papel ajeno.

Por ejemplo, esa alfombra roja; no sabe usted cómo murmura. Cuánto ha callado esta alfombra, y no por miedo al pie, sino por la humedad de las voces que la han cruzado. Pudiera jurar que anoche, mientras la luna no la miraba, una de sus fibras se desenroscó y, como lengua de reptil, deletreó un nombre —el suyo, Aminta, pero en espejo, para evitar que se manche en las esquinas del polvo.

No se engañe con mi ternura, ni la tome por enfermedad; estos signos de exclamación son cardúmenes atrapados entre dos párrafos, y las comas rezuman aguardiente en la comisura de mi entresueño. Me detengo, para no avanzar de costado, y sin embargo sólo así consigo ser honesto: la sinceridad es de los cangrejos y los maestros relojeros. Anoche, por ejemplo, no pude encontrar la llave para cerrar la tapa de la tetera china, y se desbordó la infusión, no de té sino de palabras sin vocales, burbujeando como repiques tímidos de campanas con vértigo.

Toda mi habitación parece observarme. El perchero, viudo de abrigos, ladea su cabeza de madera hacia las cartas que escribí sin intención de enviar: cada carta es un vestido para los jueves, pero los viernes se los llevan los ratones, grandes lectores, por cierto, de novelas encuadernadas en miga de pan. Usted dirá que deliro, y puedo concedérselo si acepta que la lógica no es más que una linterna apagada en la boca del túnel, y que nos orientamos, acaso, por la grafía del perfume que deja una sonrisa ausente.

He recibido, esta mañana, una carta sellada en azul. No es azul tinta, es azul recuerdo: la clase de azul que filtra la memoria cuando llueve sobre las estaciones de tren desiertas. Apenas la abro, las sílabas caen al suelo, corretean como insectos, se esconden detrás de la silla, de los retratos invertidos (guardo uno donde usted ríe de espaldas y el marco es el reverso de una pecera). Estas sílabas, si tuviera valor de atraparlas, serían la confesión de una vejez temprana: la del deseo que cambió sus zapatos por paraguas.

El deseo, madame, se cuela en los huecos de las palabras gastadas, como la humedad se instala en las botas de un soldado ajeno a la batalla. Me canso de oírlo reptar por mi pecho, y a veces, en gestos torpes, lo miro convertirse en pájaro o en ceniza —todavía más ambicioso: en aire antes del aire, sordo a la tos del insomnio. Mire usted qué imagen más fatigada, y aun así, qué levemente impúdica: el deseo, devorando el lenguaje, despluma adjetivos y tiñe de mármol la exuberancia de los sustantivos.

No he dormido, y eso me alimenta. Salgo a la calle, impulso a la ciega un paraguas invertido. Nadie lo mira. Sucede que, bajo la lluvia, es más fácil equivocarse de dirección y así, en medio del tránsito, me detengo frente a la vitrina de sombreros. Allí, el reflejo es la sombra de mi sombra; el dependiente me pregunta en broma si busco mi cabeza. Le respondo que busco el desayuno multiplicado por cuatro columnas dóricas, o una esquina donde cada palabra que pronuncie se escuche como gemido en el lomo de una frase inerte. El dependiente sonríe, suda, me entrega un sombrero azul celeste (cómo insisten los colores en perseguirme). Lo rechazo, porque pesa como un sábado sin cartas.

Aminta, vuelvo a casa y la noche ha recargado sus fusiles: disparan las horas en sentido contrario, y cada minuto robado es una galleta adulterada con polvo de ausencias. Pienso entonces en su perfume (que es el asedio de la ciudad por la niebla) y en el exquisito martirio de los que escriben a nadie: escribir, señora, como usted y yo aprendemos, es incendiar de a poco la tela de araña que sostiene el techo de nuestra propia desdicha. No por esperanza, sino por vértigo.

Perdón por la extensión. Nada tan indecente como la carta que, por amor al buque y no al puerto, se convierte en archipiélago. Es la hora (la hora imprecisa que se adhiere detrás de la rodilla) de cerrar. Con el dorso de la mano sigilo el espectáculo: apago la lámpara negra, dejo al río de retazos celebrar su propia corriente. Al fin, en la copa de vidrio, mi reflejo se disuelve como un adjetivo sin objeto.

Si llegas a leerme, señora Aminta, titubea. Solamente quienes titubean conducen al lenguaje hasta la vera del deseo. Los que vacilan, los que manchan el papel, los que tropiezan en el umbral del sentido: todos ellos, por un instante, fundan la gramática de la piel bajo una lámpara que ya no existe.

Eso, señora. Y adiós.

Su seguro tartamudo de los placeres experimentales,

L.

(Post-scriptum: si usted encuentra esta carta, no la responda. Guárdela en el revés de su pluma, allí donde todo es víspera y cada signo, una promesa de fiebre.)

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