La niñera
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
Powerless (edición especial limitada)
Tras la puerta
Dire Bound. Alma de lobo
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Portada del relato La Bruma Envolvente
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Fragmento:


La luz es un rectángulo lívido. No parece entrar realmente, apenas resbala, arañando la piel blanca de la pared con una fricción lenta, insistente, como un pulgar obsesivo frotando un párpado ajeno. Hay un ritmo, aunque nadie decide marcarlo, hay un temblor en la cortina de vidrio translúcido, y la línea del umbral vibra, vibra, un latido sordo, hasta que el perfil de la mujer –esa mujer que no es necesariamente la misma cada vez que parpadeo y reaparece en el encuadre– deja de encajar perfectamente en el marco de la puerta, pues ya no está de pie, sino que se ha disuelto despaciosamente, sillas deshabitadas junto a ella, los dedos todavía húmedos de niebla.

Duración: 04:10

La Bruma Envolvente
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La luz es un rectángulo lívido. No parece entrar realmente, apenas resbala, arañando la piel blanca de la pared con una fricción lenta, insistente, como un pulgar obsesivo frotando un párpado ajeno. Hay un ritmo, aunque nadie decide marcarlo, hay un temblor en la cortina de vidrio translúcido, y la línea del umbral vibra, vibra, un latido sordo, hasta que el perfil de la mujer –esa mujer que no es necesariamente la misma cada vez que parpadeo y reaparece en el encuadre– deja de encajar perfectamente en el marco de la puerta, pues ya no está de pie, sino que se ha disuelto despaciosamente, sillas deshabitadas junto a ella, los dedos todavía húmedos de niebla.

El sonido amortiguado. El reloj detenido o desfasado o pulsando pequeños saltos en el tiempo, hace del deseo algo remoto pero inminente, dobladísimo, como una hoja arrancada a medias. Sobre la mesa, una mancha de vino seca pretende pasar por amapola, en la esquina izquierda un libro abierto boca abajo, las palabras aplastadas entre sus pliegues, impidiendo que la página retome su aliento original. Afuera, la calle existe, pero se entrega a la bruma: las pisadas no llegan, la conversación se encierra en remolinos de aire y se queda allí, girando y girando, nunca concluyendo.

Vuelvo a la mujer, a su modo de dejarse caer, que es una manera de resistir la caída. Su blusa, con botones diminutos, apenas aguantan una presión de dedos no suyos; los retira despacio, uno a uno, y en ese ritmo desparejo está el germen de una impresión antigua, de un deseo no lineal sino quebrado en ángulos agudos, como la esquina de la mesa contra la que tropieza suavemente su cadera. Los objetos dialogan con los gestos: cuchara fría sobre la piel tibia de su muslo izquierdo, el reloj al cual le falta un número, la pequeña marca de lápiz sobre su clavícula, todo reducido a fragmentos flotando, nunca fundidos, nunca completos.

Por momentos, los objetos toman centralidad, parecen respirar ellos mismos, el respaldo de la silla se curva, casi acoge una espalda invisible; el cristal de la ventana empañado guarda la huella dactilar de una mano que se apoyó buscando equilibrio y no lo encontró. De la boca de la mujer brota un nombre que no es el mío ni el tuyo, sino el de la posibilidad –un balbuceo, o una línea de texto garabateada en la neblina que se niega a ser borrada, un eco de algo no dicho–.

Hay imágenes cortadas, huellas de piernas entrecruzadas en las sábanas que todavía huelen a cigarrillo y a algo menos definible, como un miedo ansioso o el deseo de un filo que no corta pero amenaza. Las sombras de los barrotes de la persiana dibujan líneas sobre su torso, sobre la blancura de la sábana, líneas que se cruzan pero no se interceptan, y entre ellas la piel titila, oculta y expuesta, en la penumbra voluble.

Debajo de la almohada su mano oculta un papel doblado, palabras que nunca leeré porque el ángulo de la escena no lo permite, pero que pueden ser la confesión, la amenaza, tal vez una cita para el día siguiente, cuando la repetición de estos gestos (la blusa deslizándose, la cuchara rozando, el libro boca abajo) vuelva a ponerse en escena, como una sinfonía donde ninguna nota es la última.

La narración es apenas un hilo de aliento entrecortado, no se sabe dónde va, porque no quiere ir, solo posarse: la piel contra la madera, la mirada desviándose, los objetos, los cuerpos, los espacios entre los cuerpos. Y acaso, si uno es paciente, en el penúltimo parpadeo, el roce de dos rodillas debajo del mantel, la suya y la mía o ninguna de las dos, despliegue la promesa inefable de ese placer lentamente suspendido, irreversible y jamás cumplido, sólo esbozado en fragmentos.

Y cuando el cuadrado de luz se apague, no quedará más que la estela minúscula de un gemido contenido, la textura áspera del tiempo entre dos párpados, la certeza de que nada fue completo ni verdaderamente tocado, salvo, quizá, la refracción del deseo sobre la mesa fría, esperando, esperando, y no siendo nunca más, salvo esto: la bruma envolvente de la espera, el eco nunca del todo silenciado, el fragmento infinitamente rehecho.

La niñera
De sangre y cenizas. Edición especial limitada. Romance paranormal.
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Tras la puerta
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