Fragmento:
Nunca hubo una línea recta. Ni para el cuchillo, ni para mi memoria. Te busqué en los pasillos de la Facultad, reconocí tu risa detrás de la mueca de las camisas blancas y pulcras del profesorado, pero en realidad ya estabas en la habitación conmigo, follando en el suelo crujiente bajo el peso de mi madre sentada en la silla de ruedas olfateando el amor como si fuera a encontrarlo en el colchón, entre restos de almíbar caído y sangre menstrual. Pude haber sido tuya, podrías haber sido mío, pero fuimos la suma de males nutricionales y la resta de todas las comidas que no compartimos.
Duración: 04:07
Fui una mujer y fui tres hombres y fui el remolino. Había un cuchillo grande en la habitación, pero no lo usábamos para cortar carne; usábamos el cuchillo para afilar la idea de nosotros mismos, cada filo un deseo, una herida, una boca. Todo sucediendo a la vez: la infancia de mi padre en la sombra negra de una bata de hospital, la última palabra que no logró pronunciar mi abuela cuando el espasmo del pulmón se tragó la voz, el temblor de muslos que crecen levemente juntos en la primera madrugada. No sé si alguna vez aprendí a llorar correctamente, pero calculo el desborde con una exactitud matemática y dejo que los números sean los dientes, los dientes las palabras, las palabras la carne.
Nunca hubo una línea recta. Ni para el cuchillo, ni para mi memoria. Te busqué en los pasillos de la Facultad, reconocí tu risa detrás de la mueca de las camisas blancas y pulcras del profesorado, pero en realidad ya estabas en la habitación conmigo, follando en el suelo crujiente bajo el peso de mi madre sentada en la silla de ruedas olfateando el amor como si fuera a encontrarlo en el colchón, entre restos de almíbar caído y sangre menstrual. Pude haber sido tuya, podrías haber sido mío, pero fuimos la suma de males nutricionales y la resta de todas las comidas que no compartimos.
La ciudad tenía un útero y me lo metí en la boca. Caminé por las aceras abiertas en canal, husmeando entre las tripas de los que aún no han nacido ni muerto. Detrás de cada ventana, escuché la risa de los niños que no fuimos, la tos de los amantes interrumpidos, la rodilla raspada de la nostalgia. De repente, todo ocurre: mi mano se cierra y muerde el cristal mientras un avión atraviesa el cielo del '77, justo antes de que desaparezcan los nombres escritos en la libreta azul bajo el piso de la casa de mi tía. Tus dedos entre las teclas del teléfono de disco amarillento, pidiendo permiso para gritar.
Yo era la mosca. Yo era la luna llena sobre el cuerpo dormido de Judith. Yo era la Judith que se cortaba el cabello en cada cambio de estación, compitiendo con el calendario y perdiendo frente a la manía del calendario. El relato se me cuela en los huesos, escurre lujurioso entre cada articulación. Y tú, quieto otra vez en el borde de la cama, eres mi teoría del tiempo fracturado: tus ojos pueden contener la guerra de los Balcanes y también aquel picnic sobre la hierba, allí donde el azúcar nunca cristalizó.
A veces, la memoria es solo una colección de huesos mal catalogados. Abro la puerta de mi casa y estoy en 1982 otra vez, huele a sopa sobre la lumbre, mi abuela está muerta y todavía no se ha ido; me fijo en cómo susurras mi nombre en sueños, en cómo tu mano se cuela en mi braga. Después vuelvo al pasillo de hospital, mi hermano aún por nacer, y los enfermeros fuman bajo el neón amarillo, invisible el futuro. El reloj gira, se parte, se disuelve en la sangre impregnada de las sábanas desechables. Nadie me pregunta por qué me crecen alas bajo los omóplatos.
La piel es un mundo retrocediendo en espiral sobre sí mismo. Vuelvo a escribir tu nombre con los senos pegados al teclado, la entrepierna húmeda, las uñas de tus fantasmas arañando la madera donde me masturbo. Cada página es un intento de anularte, de inventarte, de amarte en los pliegues interiores prohibidos. Te llamo con otros nombres: Sodoma, Mandíbula, Rencor, Vía Láctea. Los grafitis en mi tórax se lavan con tu saliva, se pegan con la mugre de tu recuerdo.
He sido puta, sido niño perdido, neolengua, excremento y fragmento de canción. La noche en que tú lloraste en los brazos de la otra, yo mordiqueé una naranja agria bajo el farol, los jugos cayendo sobre la falda gris, imaginando que el ácido me quemaba la culpa. No hay perdón, no hay fin. Solo animales aullando en el corredor que somos. Me arrastro porque las piernas. Me masturbo porque los dientes. Me arranco las pestañas porque la falta de tu mano entre mis muslos. El mundo da vueltas, mi cuerpo es el eje estúpido. Donde no hay amor, hay carne. Donde no hay carne, hay palabra. Donde no hay palabra, hay cuchillo. Y la herida es el único manifiesto.
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