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Fragmento:


Un niño, muchos años atrás o mañana temprano, arranca una etiqueta de una botella de ron barato y se la pega a la frente; ahora es el dios de los recuerdos apócrifos. Canturrea un mantra de sílabas indescifrables mientras un insecto de metal le corretea por el antebrazo, dejándole ácido en los poros. El hombre que no está recuerda vagamente haber sido este niño en alguna ciudad evanescente, aunque sólo le asaltan fragmentos: una risa seca en el fondo de un inodoro, el parpadeo de una linterna en la boca de un túnel sellado, el aliento de una prostituta cansada que mastica fósforos.

Duración: 04:17

Comprobaciones Serpenteantes
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La noche recoge en su vientre los fragmentos disueltos del vapor amarillo que sube, como en sueños malhumorados. Hay un hombre –no lo hay– que camina; a la vez arrastra sus propias piernas echadas de mercurio, y éstas le devuelven la mirada, se encogen, traicionan. Una lámpara, pegada al suelo como musgo siniestro, parpadea las instrucciones que la ciudad ha urdido durante siglos en sótanos infestados de ratas obsesivas: “Reposo y constancia, utilizad agujas limpias”.

Afuera los taxistas pelean por una forma perdida de tiempo y de espacio. NOTA SANGUINARIA: el reloj del vestíbulo gira hacia atrás, la segunda mutilada intenta escapar del huso horario, sangra por las costuras del propio instante. Las bocinas atolondradas desfilan en la memoria química del visitante, flamante y burlón, que todavía balancea una maleta repleta de páginas carbonizadas. Las palabras se diseminan por las calles bajo el disfraz de palomas, cada ala bate un verbo prohibido.

Un niño, muchos años atrás o mañana temprano, arranca una etiqueta de una botella de ron barato y se la pega a la frente; ahora es el dios de los recuerdos apócrifos. Canturrea un mantra de sílabas indescifrables mientras un insecto de metal le corretea por el antebrazo, dejándole ácido en los poros. El hombre que no está recuerda vagamente haber sido este niño en alguna ciudad evanescente, aunque sólo le asaltan fragmentos: una risa seca en el fondo de un inodoro, el parpadeo de una linterna en la boca de un túnel sellado, el aliento de una prostituta cansada que mastica fósforos.

Saltos:

Ahora hay un sargento de pelo verde, arrastrando la memoria de la mujer desaparecida cuya piel estaba tatuada con los nombres de todos los clientes. Cada nombre un surco, cada surco un canal donde navegan pequeños barcos de papel llenos de promesas rotas. El sargento anota todo en un cuaderno de tapas rugosas, mordisqueado por los dientes de una rata mítica –a cada mordisco, la ciudad desboca una manzana podrida en alguna esquina.

Un hombre, no otro, busca en una máquina de escribir oxidada el principio del mensaje: “Esta es la imagen más precisa de lo que no sucedió”. Lo repite como muletilla hasta que el polvo le asfixia la lengua, pero el aire nunca se libera del olor a éter. Desde una ventana se ve la silueta de una mujer—o sombra de hombre con vestido—que apila relojes estrangulados junto a radiografías de pájaros prohibidos. A ratos ambos personajes se confunden, evaporándose en la humedad fétida del baño contiguo.

Fragmentos de cartas ilegibles aparecen encajonados en resquicios bajo la tarima: “No sueñes con trenes eléctricos, solo trenes de carne, y los billetes siempre te los come el revisador”. Un moribundo en la cama 16 vomita un puñado de sellos postales, su único testamento son las direcciones nunca entregadas. A la vuelta de la esquina, alguien disimula un sollozo mordiendo la manga en el silencio de un ascensor detenido, los cables gotean tinta azul: el lubricante de las confesiones inadvertidas.

Surgen, como parábolas afiladas, los vendedores de insectos, traficantes de lenguas ajenas, que ofrecen cajas con bisagras donde guardar los miedos recortados cada mañana antes del desayuno. Vienen hombres con caras derretidas, de los barrios húmedos donde crecen hongos en los interruptores. Traen consigo la noticia –siempre renovada– de que el tiempo está embalsamado, y que algún niño aún está pegándose la etiqueta en la frente para reinar entre los mutilados.

Y entonces, en la unidad de vigilancia –un lugar a la vez hospital, estación y burdel– alguien se entrega a la aguja, que es también lápiz y cuchillo. El lenguaje gotea de los cuerpos apilados, la gramática sangra entre incongruencias; al pasar por el colador de la narración, sólo quedan retales: una risa en el lavabo, un correo nunca leído, un camión de basura que canta números de teléfono de antiguos amantes.

La terminal sigue allí, aunque nadie recuerde el momento en que dejó de ser un sueño y empezó a oxidarse: los hombres arrastran alguna pierna prestada, el niño canta una última consigna antes de disolverse en murmullos. La lámpara por fin se apaga. Los encargados del turno de la noche abren las ventanas para dejar ir las últimas oraciones arrugadas.

Y se reparten los tiques de regreso, sin decir adiós.

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