Fragmento:
Cuando el hombre sin rostro preguntó la hora, el reloj ya se había derretido en la acera. Nadie se inmutó: los oficinistas cruzaron la avenida, las pantallas gigantes seguían su desfile estático de gráficas y rostros pixelados, alguien perdió un paraguas entre las alcantarillas. Piensas en volver sobre tus pasos, pero el espacio se resiste; la ciudad es una secuencia de espejos rotos, y cada fragmento resplandece con un retazo de memoria. En 1978, la radio repetía una palabra incomprensible; la escucho aún, resguardada bajo el humo, mezclada con el chillido del tráfico.
Duración: 03:10
Cuando el hombre sin rostro preguntó la hora, el reloj ya se había derretido en la acera. Nadie se inmutó: los oficinistas cruzaron la avenida, las pantallas gigantes seguían su desfile estático de gráficas y rostros pixelados, alguien perdió un paraguas entre las alcantarillas. Piensas en volver sobre tus pasos, pero el espacio se resiste; la ciudad es una secuencia de espejos rotos, y cada fragmento resplandece con un retazo de memoria. En 1978, la radio repetía una palabra incomprensible; la escucho aún, resguardada bajo el humo, mezclada con el chillido del tráfico.
Saltamos al presente, o a su eco: ¿te acuerdas del edificio verde en la Plaza de los Ciclistas? El ascensor nunca llegaba al décimo piso, los peldaños se descomponían mientras los subíamos, y los gritos de fondo (una madre, quizás, en otro apartamento) atravesaban la delgada pared de yeso húmedo. Quizá fue la misma noche que soñaste con túneles flotantes, ladridos metálicos y una ventana vibrando con una luz color sodio. Me asomo, no hay nadie. Me asomé en 2003 y tampoco.
Alguien deja un vaso de agua sobre la mesa. El círculo que deja, la condensación, parece reenviarme a otros años: la oficina donde escribiste cartas que jamás enviaste, el bar hondo de luces rojas, una ciudad submarina pasada por el filtro de tu ansiedad. La mesa puede estar arriba, abajo, a la izquierda de una sala donde un hombre de camisa beige repite tu nombre y nadie responde. Si miro bien alrededor, advierto vestigios de conversaciones suspendidas, latas vacías, un zapato solitario, y unas hojas mecanografiadas con tachones rabiosos.
En tu infancia, la televisión emitía discursos de líderes extranjeros. Imágenes de maremotos en blanco y negro; el sonido siempre era el mismo, un rumor que te alcanzaba desde la cocina, mezclado con cacerolas y carcajadas breves, y el rugido interminable de un aparato de aire acondicionado. Pasan los años, quedan los ecos adheridos a los “buenos días” que repetimos como autómatas en las oficinas grises. De fondo, tras la puerta del baño, escucho la voz de otro, o quizás la mía, distorsionada y multiplicada por azulejos empañados.
Regreso a la avenida donde el hombre sin rostro preguntó la hora. La tienda de relojes ha cerrado, una barrera de madera improvisada tapa la vidriera. Los peatones han cambiado de ropa, parecen otros, pero también repiten las mismas palabras: “No sé, no tengo hora, no llevo reloj”. Afuera llueve, como en todas las ciudades. O quizás no llueve, sino que las luces distorsionan el aire; gotas simuladas, residuos de una memoria que no me pertenece, un archivo reescrito con cada parpadeo.
Es domingo, o martes, o ambos. Pienso en la carta que nunca envié. Pienso en la posibilidad de que todas las líneas de tiempo, todos los caminos y los pensamientos bifurcados, converjan en una única sala blanca, donde alguien –yo, tú, cualquiera– aguarda la señal inequívoca para levantarse y salir al pasillo, atravesando grietas de luz y polvo, en esa dirección donde los relojes, todavía, aún no se han derretido del todo.
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