Fragmento:
Palabras desenhebradas flotan de la radio rota—Zurich, 1916, dicen, pero también podría ser la Calle Cuarenta, donde Stephen busca—con las manos atadas tras la espalda—la forma intacta del padre jamás conocido pero siempre sentido, como una niebla apretando las costillas. ¿Dónde termina el padre y comienza la soledad? Un fondo de cuchillos lavados, escurridos, hierve luz de media tarde embarrada de infancia; olor a trementina, a cartas no enviadas, a escamas de pintura prendiéndose del aire. El eco de la palabra “madre” se multiplica: a veces grito, a veces oración, siempre eco. No hay hilo de oro para unir las escenas. Martha al desayuno. El zumbido estridente de la luz eléctrica cayendo en cascada—luz que corta el tiempo en gajos, que dice “fue”, “será”, “es” a la vez. La magdalena que lloraba en la boca, ¿fue Martha o Stephen quien la tragó?
Duración: 04:33
—Llueve. Llueve aún, y los trillos de agua resbalada en el alfeizar tocan la inanidad del tiempo mismo—, piensa Stephen, o tal vez no es Stephen, sino Martha con sus manos ásperas recogiendo pétalos del suelo gris de la cocina, allá donde el reloj carece de manecillas y marca siempre el antes. Cruje un muelle oxidado—lo mismo podría ser Martha lentamente meciéndose, anidando años, o Stephen de niño arrullado (¿por ella?) cuando la tarde era un monstruo rojo, ululante. Ventanas: una, dos, tres; en una, el reflejo del rostro hueco, envejecido más allá del nombre; en otra, la barca invertida de los sueños mojados; en la última, sólo un silencio de caracoles empotrados entre las venas de la madera.
Palabras desenhebradas flotan de la radio rota—Zurich, 1916, dicen, pero también podría ser la Calle Cuarenta, donde Stephen busca—con las manos atadas tras la espalda—la forma intacta del padre jamás conocido pero siempre sentido, como una niebla apretando las costillas. ¿Dónde termina el padre y comienza la soledad? Un fondo de cuchillos lavados, escurridos, hierve luz de media tarde embarrada de infancia; olor a trementina, a cartas no enviadas, a escamas de pintura prendiéndose del aire. El eco de la palabra “madre” se multiplica: a veces grito, a veces oración, siempre eco. No hay hilo de oro para unir las escenas. Martha al desayuno. El zumbido estridente de la luz eléctrica cayendo en cascada—luz que corta el tiempo en gajos, que dice “fue”, “será”, “es” a la vez. La magdalena que lloraba en la boca, ¿fue Martha o Stephen quien la tragó?
El hombre rubio de la plaza, el que fuma junto al quiosco, ¿es un amante, un desconocido, un eco del propio Stephen cincuenta años después? La mujer del segundo piso observa a través de persianas muertas—¿busca el paraguas perdido o la infancia incinerada? Stephen camina con un breve dolor en el talón derecho, Martha escribe en margaritas que nunca crecen, la lluvia hace círculos en el charco, círculos infinitos, y en cada uno, un destello de posibilidad y miedo.
En la habitación próxima, las cosas suceden, se repiten, se burlan del reloj: la tetera chirría pidiendo auxilio. Alguien olvida una canción en la almohada, y duerme sobre notas agrias. Stephen—o un recuerdo de Stephen, hilo inconcluso en la trama—escucha, huele, ve: Martha ríe blanda y temblorosa, joven en el instante de la risa, vieja en el eco que nunca termina. ¿Cuándo, piensan, empezó a disolverse la frontera entre sus cuerpos, entre sus años? Afuera, los gorriones picotean migas que fueron desayuno, que serán olvido.
Hay un retrato en la pared: el marco esculpido con algas, los ojos del retratado siguen a quien pasa pero, a veces, cierran los párpados y sueñan mares en el techo, perlas rodando por la sien, desastre en el almanaque. Martha plancha una camisa de rayas azules, y piensa en barcos que van y nunca regresan, en palabras no dichas que deforman la lengua, en secretos como peces muertos bajo la cama. Stephen mira el tulipán podrido; un dedo le sangra. No sabe de dónde viene esa herida, si no es de un tiempo anterior al lenguaje, de una madre que no era Martha, de la patria de los cuerpos rotos.
En el parque, un niño (¿es Stephen? ¿es el hijo nunca nacido?) dobla con esmero avioncitos de papel y los lanza hacia un horizonte de niebla que gotea verdes y violetas: hay destellos de futuro allí, y pavor y risas—la certeza siempre de estar repitiendo, de que el charco no conoce fondo, de que las palabras se rompen como botones arrancados a la prisa. Un piano desafinado suena desde una ventana lejana, la melodía cojea, se quebranta, se escinde en pequeños cristales afilados que Martha recoge y esconde bajo la lengua.
Lluvia, de nuevo, pesada; en el ático se confunden pasos y remordimientos, y la madera cruje—cuida tus sueños, Stephen, parecen decir las vigas. En el refilón de luz, una sombra se desliza: ¿es el pensamiento de huir?, ¿el deseo de regresar?, ¿la posibilidad de existir fuera de los bordes de Martha? La carta nunca escrita sigue allí, adherida a la puerta de la heladera, letras borradas, saliva muda. Llueve. Siempre llueve. Martha mece, Stephen sueña; el tejido del tiempo se enrolla y desenrolla, y los relojes se ríen, ciegos, cómplices, en la herrumbre de las horas.
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