Fragmento:
[2] Antes de la tarde, mucho antes (¿cuánto antes?, ¿días, años?), estaba sentado en una cafetería leyendo una carta anónima que decía: “No te apresures a encajar las piezas. Ya estabas advertido.” No recordaba haber recibido la carta, ni por qué la caligrafía bailaba como el humo; pero recordé un pasaje de mi infancia —la voz de mi madre pronunciando con delicadeza un imposible acertijo, la risa de mi padre en habitaciones donde las lámparas olían levemente a moho— y sentí el peso de un presagio vago, como calor en la nuca.
Duración: 03:18
[1] El azulejo se cayó, casi al final de la tarde, rompiéndose en cinco trozos que aún conservaban restos del adhesivo y un leve olor a jazmín, como si la memoria de la casa se filtrara por la rajadura. Desperté —o eso creí— mirando la baldosa rota, sintiendo que algo debía interpretarse ahí, en la ruptura, pero sin idea de qué, mientras la luz del crepúsculo cortaba la habitación en diagonales inciertas.
[2] Antes de la tarde, mucho antes (¿cuánto antes?, ¿días, años?), estaba sentado en una cafetería leyendo una carta anónima que decía: “No te apresures a encajar las piezas. Ya estabas advertido.” No recordaba haber recibido la carta, ni por qué la caligrafía bailaba como el humo; pero recordé un pasaje de mi infancia —la voz de mi madre pronunciando con delicadeza un imposible acertijo, la risa de mi padre en habitaciones donde las lámparas olían levemente a moho— y sentí el peso de un presagio vago, como calor en la nuca.
[3] El mismo azulejo, entero, aparece otra vez. Pero esta vez sostiene una copa de vino sobre sí. Estoy acostado a lado del tapete, la copa en la mano, mi reflejo apenas distinguible en el fondo del cristal; sé que en cualquier momento el vino caerá, manchará la forma del azulejo, y luego será tarde. Alguien, fuera de cuadro, me observa. A veces soy yo.
[4] Pienso en los fragmentos. La carta reaparece en el bolsillo del abrigo en situaciones insólitas: tras la lluvia, bajo la almohada, mojada de sudor y saliva. En ella otra frase: “Alguien ya puso esto aquí.” El tiempo gira en círculos concéntricos: sé que encontraré el azulejo antes de verlo caer, que leeré la carta antes de recibirla. El presagio destiñe todo hasta la irrealidad.
[5] En una fiesta, conversaciones dispersas, máscaras de carnaval y una niña que arma un rompecabezas en la mesa; no le faltan piezas, pero insiste en cambiar de lugar las esquinas. Cada tanto me mira, como si supiera que busco una clave entre las piezas dispersas. Elena está a mi lado —o al menos una mujer que se llama Elena, o cree hacerlo— y me cuenta, mitad broma, mitad confesión: “Siempre aparecen las señales antes del desastre, pero nunca tienes el contexto hasta mucho después.” El vino, la risa, el zumbido de una lámpara vieja.
[6] Recuerdo (¿imagino?) los nombres de las piezas: amor, amnesia, lluvia, premonición, pérdida. Cada una parece aislarse —como islas en la mesa rota— pero la carta reconstituida encaja, al fin, en el rompecabezas de la niña: “Cuando completes la imagen, no te gustará lo que veas.” Pero la imagen cambia cada vez que parpadeo: una vez una mano tendida, otra, una habitación vacía.
[7] Noche cerrada. El mismo azulejo, ahora en mi mano. Podría pegarlo, recomponer la línea, pero sé que el pegamento nunca seca. El jazmín desvanecido. Sé que mañana despertaré antes de romperlo por primera vez. El ciclo, anticipado y reescrito, nunca resuelve del todo el secreto, solo lo fragmenta en una promesa: las piezas, quizás, solo encajan verdaderamente fuera del tablero.
El reloj gotea segundos en mi oído. El fragmento final es siempre el primer presagio.
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