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Portada del relato Tejados bajo la calima
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Fragmento:


Nada ocurre en la sala. Afuera, la noche se acerca apenas, con lentitud casi táctil, como si el espacio entre los objetos hubiera comenzado a absorber los colores con una avidez minuciosa. Hay sillas —cuatro— de madera barnizada, todas dispuestas en torno a la mesa, aunque los surcos en el polvo sugieren que una silla ha sido retirada, desplazada, devuelta luego a su alineamiento imperfecto. Más tarde —¿minutos, horas antes?— usted levanta la vista y, por la transparencia de la puerta, ve una sombra desplazarse por el pasillo. Es la suya, eso es seguro, aunque responde a otra postura, otra inquietud, otro día quizá.

Duración: 04:37

Tejados bajo la calima
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La puerta está entornada. La luz, cortada en fragmentos rectos y agudos por las persianas, fija en el aire partículas de polvo, suspendidas, oscilando apenas con el leve movimiento de la brisa. Usted se detiene allí, en el umbral, sin decidirse a entrar. Algo dentro le pertenece o, quizá, fue suyo alguna vez. A través del cristal esmerilado, una forma amarilla y vibrante, tal vez la parte superior de una lámpara, se recorta: nunca se enciende, siempre sugiere la promesa de un encendido.

En la mesa de mármol, huellas, redondas y oblicuas, parecen superponerse. ¿Es de la taza de porcelana o de la transpiración de una mano? Usted se inclina, tratando de descifrar la cronología, pero la cronología rehúsa ser identificada. El libro con la sobrecubierta en ruinas, abierto en la página sesenta, ofrece una oración a medias; alguien debió interrumpir su lectura por una palabra desconocida, por un sonido ajeno en el pasillo, o, quizás, para intentar entender la imagen insoluble formada por los reflejos.

Nada ocurre en la sala. Afuera, la noche se acerca apenas, con lentitud casi táctil, como si el espacio entre los objetos hubiera comenzado a absorber los colores con una avidez minuciosa. Hay sillas —cuatro— de madera barnizada, todas dispuestas en torno a la mesa, aunque los surcos en el polvo sugieren que una silla ha sido retirada, desplazada, devuelta luego a su alineamiento imperfecto. Más tarde —¿minutos, horas antes?— usted levanta la vista y, por la transparencia de la puerta, ve una sombra desplazarse por el pasillo. Es la suya, eso es seguro, aunque responde a otra postura, otra inquietud, otro día quizá.

La lámpara, sin embargo, insiste. Su volumen amarillo permanece en idéntica vibración, inmutable. La promesa de encenderla existe sólo en los gestos no realizados: el dedo casi toca el interruptor, la uña rosa casi roza el latón, pero algo desvía la voluntad, y usted, o alguien que podría ser usted, se pregunta si la luz modificaría las formas o únicamente sus perfiles.

Se agacha. Bajo la mesa hay una huella más, apenas perceptible, como si un vaso hubieran dejado, pero no hay vasos; tampoco hay agua en la superficie y no hay, en verdad, la menor humedad. Recuerda la primera vez —¿fue hoy, fue otro año?— que cruzó ese umbral. El sonido de la puerta entornada, una llamada breve que resuena aún, como si desde el pasillo un eco prolongara contrariando todas las leyes de la acústica. O quizá el silencio es sólo un pliegue del tiempo, una vacilación entre dos instantes contiguos.

En la estantería, un jarrón sin flores, de cristal lechoso, refleja en su costado la sombra de una de las sillas. La sombra se deforma cuando la luz cambia; parece moverse, aunque ni la silla ni el jarrón ni la lámpara se han desplazado jamás. Usted camina alrededor de la mesa, el ruido de los pasos sobre la tarima evoca otro ritmo, lejano y sincopado. En la distancia se escucha, tal vez, el clic de un encendedor, pero ninguna llama aparece en las escenas recordadas; apenas un olor tenue, resabio de tabaco, se mantiene en la atmósfera.

Una línea blanca —una marca de pintura antigua, accidente en las tablas del suelo— conduce su mirada hasta la pared, donde el empapelado presenta la doblez de un cuadro retirado. ¿Qué imagen allí colgaba? No hay fotografías en la habitación, ni retratos, pero el rectángulo más claro indica presencia y ausencia al mismo tiempo. Véase: una huella, la falta de una cosa, la memoria del marco en la memoria de las paredes.

Tal vez la tarde haya terminado varias veces antes. O ha comenzado otra, distinta, más allá del umbral, más allá de la lámpara que puede o no encenderse. De cuando en cuando, la respiración modifica el polvo suspendido: figuras minúsculas, como galaxias infinitesimales, que aparecen y desaparecen en la verticalidad del haz de luz. Es posible que este instante sea el mismo todos los días, o tal vez ninguno; que la lámpara destile una promesa nunca cumplida; que los surcos en el polvo narren una historia en que los objetos se desplazan no por las manos, sino por el recuerdo de las manos.

Usted sale al pasillo, contempla la línea discontinua del suelo, sigue, se detiene, gira una vez sobre sí mismo, como si una pregunta antigua —formulada en otro idioma, por alguien que podría haber sido usted— aguardara una respuesta suspendida en el aire denso de la sala sin tiempo.

La puerta sigue entornada.

La luz apenas cambia.

Todo, por un instante, parece posible.

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