Dire Bound. Alma de lobo
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Saga completa en castellano. Edición limitada.: 1-6 (Saga Blackwater)
Tras la puerta
Portada del relato Tratado breve sobre el movimiento de los objetos
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Fragmento:


Imagina un pajar, un moño, y la ceniza de una vela, mezclados con la evaporación de la memoria – es decir, del todo confusos y aireados, una historia cuya sustancia deambula entre los estantes del tiempo igual que mis pensamientos saltan entre párrafos, líneas, digresiones y ventanas abiertas de par en par dentro de una noche de luna dudosa. Aquí no te prometo comienzo, sólo algún tipo de rápida confianza: ¿él soñó a su madre en el huerto, cortando ciruelas? ¿O fue la madre quien, antes de hornear bizcochos, vio aparecer al hijo envuelto en niebla como quien apenas recuerda el nombre con que fue bautizado por el cura de la aldea?

Duración: 04:06

Tratado breve sobre el movimiento de los objetos
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Imagina un pajar, un moño, y la ceniza de una vela, mezclados con la evaporación de la memoria – es decir, del todo confusos y aireados, una historia cuya sustancia deambula entre los estantes del tiempo igual que mis pensamientos saltan entre párrafos, líneas, digresiones y ventanas abiertas de par en par dentro de una noche de luna dudosa. Aquí no te prometo comienzo, sólo algún tipo de rápida confianza: ¿él soñó a su madre en el huerto, cortando ciruelas? ¿O fue la madre quien, antes de hornear bizcochos, vio aparecer al hijo envuelto en niebla como quien apenas recuerda el nombre con que fue bautizado por el cura de la aldea?

Me contaron, o tal vez lo leí, o quizás lo imaginé un martes por la tarde, que en un rincón de la taberna de la Calle Ancha cierto caballero de opiniones extravagantes – con bigote delgado y bolsillos llenos de botones viudos – escribía notas al margen de cada acontecimiento de su vida, y enseñó a su sobrina a leer el reverso de los posavasos, como si cada mancha del vino formara un nuevo universo de escenas y charlas fugaces. Saltamos, pues, a la alcoba donde la señora Bridget cubre con polvos una carta prohibida, mientras por la ventana el reloj de la torre se equivoca de hora – porque en este relato los caminos y las horas jamás llegan a buen puerto ni a promontorio seguro.

El joven de los botones recibe entonces una visita inesperada: el tartamudo reverendo – que acaso nunca aprendió a rezar dos veces igual – entra con los zapatos llenos de terrones y agua, y anuncia que alguien ha desaparecido, aunque no se atreve a explicar quién, por miedo a equivocarse de nombre y provocar el llanto de la vieja criada que en la cocina conversa con las gallinas sobre los peligros de la sopa demasiado temprano. Deténgome aquí a decir, querido lector, que si buscas lógica hallarás el tejado antes que la puerta; que todo lo acontecido puede ya haber sucedido o estar por ocurrir entre las líneas de esta página o el sueño de cualquier personaje secundario.

Años antes, o después – pues no hay manera cierta de decidirlo – el mozo que acarrea los tarros de la leche tropezó en los mismos escalones donde Toby, mi querido tío (señor de la persistente jaqueca), resbaló en la víspera en que la tía Susannah perdió la paciencia por no recordar si el puchero hervía o amanecía. En un rincón contiguo del universo (me refiero no a otro país, sino a la vuelta de un pensamiento) nació la gallina negra de manchas azuladas que predijo la confusión de la mañana, y que guiñó un ojo a la hija del posadero justo cuando almorzaban arenques.

Retrocedo: la carta de la alcoba era en realidad un recorte del almanaque, donde la luna de octubre baila con el nombre de un desconocido, y la tinta, emborronada por una lágrima involuntaria o quizá por la lluvia, viaja de párrafo en párrafo hasta que la señora Bridget la olvida en el fondo de su cofre. Nada tiene causa en este mundo, dice el botones mientras guarda en el ojal una espina, que encontró en el sitio exacto donde la criada rezó por el regreso del tartamudo reverendo, cuya ausencia provoca que los gatos se sienten en círculo a conversar sobre la suerte de las ánforas vacías.

El hijo, a media noche, recuerda la voz risueña de su madre, y decide cambiar el final, o quizá el inicio, de la tarde. Sale sin sombrero al huerto y, tentado por la aparición de una moneda (o fue una nube lo que vio?) formula el deseo de desandar el tiempo hasta el primer bostezo del gallo, pero tropieza con la escoba olvidada del mozo de la leche y descubre que el futuro está plagado de los mismos desvaríos que el pasado; ambos se confunden como los papeles que el tío Toby tira al viento cada vez que intenta ordenar su tratado sobre el movimiento de los objetos imposibles.

Así, mientras la señora Bridget forra en pergamino su carta perdida y el posadero duerme con un ojo abierto (por miedo a los ojos cerrados), el relato gira, saltándose conclusiones, descartando moralejas, desdibujando la frontera entre la noche y el día, remolino cuyo centro es la última palabra de una oración que nadie ha terminado de decir, porque la vida – y sus historias – son meros bocados de un pastel que ni siquiera la más diligente de las criadas logra servir entero en ningún plato conocido.

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