Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Fragmento:


La televisión escupía un canal que ninguno de nosotros había pedido: una pareja sin rostro follando encima de un libro cerrado, las páginas doblándose con cada embestida. Alguien en la habitación contigua abrió la boca para preguntar la hora y del hueco sin dientes salieron peces vivos: peces con titulares de periódicos pegados a las aletas, peces con fragmentos de mi pasado escritos en las branquias. Cerré los ojos para pensar si ahora era la hora en la que morí la primera vez, pero en la oscuridad las palabras no tenían secuencia; la memoria buscaba conexiones pero sólo encontraba agujeros, túneles horizontales en los que el cuerpo se deslizaba hasta que perdía la forma.

Duración: 04:46

Nombres sin anatomía
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Cuando abrí la puerta, no supe a cuál habitación del hotel había entrado, porque el pasillo sangraba derecho hacia un no-lugar. El pasillo era el libro y el libro todavía no se había escrito. Traía conmigo las piernas de la chica que se llamaba Susan, aunque a veces (cuando el sexo crecía en el lado equivocado) yo era también Susan y mis piernas sentían la huella de un tatuaje que vi en el sueño de la recepcionista. Me decían que el hotel era nuevo, que las paredes aún olían a palabras recién pintadas, pero yo sólo percibía el ardor mudo del deseo inarticulado: un grito bajo el papel tapiz, una máquina de escribir oxidada girando dentro del pecho, teclas pegajosas, marcas en la piel.

La televisión escupía un canal que ninguno de nosotros había pedido: una pareja sin rostro follando encima de un libro cerrado, las páginas doblándose con cada embestida. Alguien en la habitación contigua abrió la boca para preguntar la hora y del hueco sin dientes salieron peces vivos: peces con titulares de periódicos pegados a las aletas, peces con fragmentos de mi pasado escritos en las branquias. Cerré los ojos para pensar si ahora era la hora en la que morí la primera vez, pero en la oscuridad las palabras no tenían secuencia; la memoria buscaba conexiones pero sólo encontraba agujeros, túneles horizontales en los que el cuerpo se deslizaba hasta que perdía la forma.

En la habitación 7, Susan era un hombre y yo era su espejo. Nos besábamos intercambiando pronombres y líneas de diálogo robadas, cada beso una página arrancada de cualquier novela barata. Al fondo de la habitación veía mi reflejo guillotinado en el espejo, la cabeza hablando sola en un idioma ensamblado entre la pornografía y la teoría crítica. “Eres una alegoría”, le decía a Susan. Ella respondía con sus dedos dentro de mi cuerpo, deletreando nombres que ya no recordaba. Cada orgasmo: un flashback falso.

Flashback a la playa donde leí por primera vez a Genet, mis pies enterrados en arena que olía a gasolina, la lengua de Susan (de ese día, o de otro día, o de una Susan anterior o futura) escribiéndome frases de Ulises en la espalda. “Nadie aquí tiene piel verdadera”, me susurra, pero yo todavía intento recordar qué había olvidado: cuál era mi nombre ese verano, quién me había poseído en el baño de la estación de tren, qué había sentido cuando perdí el control de la narración y una jauría de perros literarios me lamió las rodillas.

Regreso al hotel, o tal vez nunca salí. En el ascensor, una anciana con vestido de encaje recoge del suelo mis recuerdos desperdigados: imágenes distorsionadas, fotos Polaroid de amantes sin cabeza, extractos de cartas que nunca envié. “Para recomponerte hay que desarmarte”, dice mientras presiona todos los pisos a la vez. El ascensor se disuelve, caen las letras, caen los significados; floto hacia la planta baja donde sólo hay cuerpos, cuerpos, cuerpos: vísceras y estética, poesía y semen. Dibujamos mapas en la piel ajena, sin saber ciudad ni país ni fecha.

En la habitación 3, una voz narra mi historia en orden aleatorio: “Primero moriste ahogada”, “tu madre te llama pero tú te masturbas en la biblioteca”, “olvidaste quién eras después de la cirugía”, “la persona que amas sólo existe como literatura”. Me masturbo mientras escucho, porque el placer y la memoria se confunden; el sexo se convierte en un archivo corrupto, los gemidos se fusionan con la sintaxis rota de un poema experimental. “Todo relato es un error”, masculla la voz, autocomplaciéndose con mi culpa. Me vengo y después me borro.

Fuera del hotel, si es que existe un afuera, hay una sala de espera donde las protagonistas esperan ser llamadas por su número: Susan, Suzan, Suzanne, Susan.x. Allí me reescribo: pecho plano, pene de alquiler, cicatrices derivadas de una narración sin piedad. Una de ellas viene y me besa —no sé si soy yo misma en otro tiempo—, me dice que todos los libros al final devoran a sus propios autores, que el sexo es la única narrativa suficientemente caótica.

Me despierto en la página 17, incorpórea, mutilada, ladrando oraciones inconexas. Un crítico literario me lame los pies. “Eres sólo ficción”, murmura, con la voz llena de dientes rotos. Mi cuerpo diseccionado, reescrito, reamado. En la página 35 soy la secretaria de Susan, tipeando cartas incendiarias a amantes anónimos. Somos todas la carta y ninguna. En la página última no hay desenlace; sólo resacas de memoria, vértigo de carne, alegría y asco.

Salgo a caminar por el pasillo que es el libro y el libro que es el pasillo. Los nombres me persiguen, las habitaciones se borran detrás de mí. No importa. No hay un solo lugar al que regresar. Sólo habitaciones llenas de deseo y palabras que muerden.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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