Fragmento:
Piezas de tiempo colgaban del techo cuando entré en la peluquería, como si alguien hubiese decidido que la gravedad era una sugerencia más que una ley. Dos sillas de barbero giraban solas en la penumbra, atadas a la pared con cadenas de caucho agrietadas. El suelo crujía cada vez que el humo azul pasaba bajo mis zapatos; el polvo se inventaba nuevas geometrías sólo para escapar a mi mirada. En el espejo, me encontré de niño, llorando con la cara cubierta de papel aluminio.
Duración: 03:46
Piezas de tiempo colgaban del techo cuando entré en la peluquería, como si alguien hubiese decidido que la gravedad era una sugerencia más que una ley. Dos sillas de barbero giraban solas en la penumbra, atadas a la pared con cadenas de caucho agrietadas. El suelo crujía cada vez que el humo azul pasaba bajo mis zapatos; el polvo se inventaba nuevas geometrías sólo para escapar a mi mirada. En el espejo, me encontré de niño, llorando con la cara cubierta de papel aluminio.
El barquero —demasiado flaco para estar vivo o muerto— me indicó un tarro con formol y entre sus palabras una mosca cayó. La mosca me habló de la resurrección del General, y de la importancia de desterrar a los relojes de carne. No entendí, ni lo intenté, me limité a observar los grabados en la tapicería: mapas de venas en desplome, abecedarios mutilados, un tren parado en una estación sin nombre ni salida.
En la calle afuera, las mangueras de gas reptaban por los charcos como perros mudos. Entre parpadeos me cruzó un hombre con una oreja cosida a la frente. Le pedí fuego. Me extendió una nuez en vez de cerilla y luego puso rumbo a la casa de las cuerdas, ondeando la mano con cinco dedos que no se ponían de acuerdo sobre la verdad. Al intentar partir la nuez, la escena saltó de sitio y me vi encaramado a la lámpara de la estación.
Cambiaban los paisajes. Un hospital sellado por dentro como una muñeca rusa. El ascensor subiendo solo con manchas de tinta fresca en los botones. Las camas, hundidas bajo peso invisible, susurros de un idioma que sólo entienden las paredes de goma. Una enfermera vestida de saco de patatas me dejó pasar a la sala sin puertas; allí las camas giraban sobre sí mismas, lentes de aumento torcidas observaban mi núcleo, esa semilla podrida en torno a la que orbito aún cuando duermo.
Y en medio de ese centro, una carta se dictaba a sí misma sobre la mesa: “La cifra del animal es siete. El pasaje hacia la ventana está empedrado de dientes. El reloj derretido esconde la foto. Respira una vez más”. Alguien, con dedos de piel de cebolla, tarareaba fragmentos de una ópera cortada a cuchilla. Masticando una palabra tras otra, escupiendo sílabas ensangrentadas; no sabíamos si reír o echar a correr por el agujero en la pared que había el espejo de la peluquería.
El pasillo olía a madera mojada, pero también a ozono y orina vieja, a los días que terminan sin haber comenzado. Me detuve ante una verja, detrás risas enlatadas, el chillido de mil abrelatas desollando el aire. El General aparecía de nuevo, flaco, ceniciento, portando un sobre donde cabía toda la música de un siglo. Me ofrendó el sobre; dentro, miembros desparejados de muñecas rotas y un organigrama dibujado con sangre de lagarto. Encima, la consigna: “recuerda, la ferretería solo tiene salida en el sueño de los mancos”.
Probé a abrir la boca. Del paladar me colgaban ticketes de apuestas, números doblados que si los desenrollabas formaban nombres de hombres que nunca existieron y direcciones de hoteles cuyo teléfono correspondía con el de mi infancia. Marqué el número. Al otro lado la operadora pronunció mi primer apellido, sólo mi primer apellido, y colgó después de susurrar “los huesos son para el que espera las campanas, no para el que sale a buscarlas”.
Y así van desgranando mis recuerdos, peldaños arrancados de una escalera que jamás alcanzó el último piso. Afuera, el cielo trozado por un tendedero de batas; el barquero sigue esperando su pago y yo continúo descifrando los símbolos rotos en el reverso de los espejos. El humo azul se disuelve y el polvo baila mi nombre, acentuando la certeza: no fue nunca mi historia, pero alguien tenía que soñar este cutis gastado, estas palabras que se archivan —fragmento a fragmento— en la tráquea muda del recuerdo.
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