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Portada del relato Los Caminos de Lengua Olvidada
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Fragmento:


Una noche de lunas dormidas, cuando los cielos mudaban de color y la estepa florecía hilos blancos, Rein se separó del grupo. Dicen que lo llamó una voz: un eco de lengua perdida, surgido entre los juncos eléctricos de un lago estancado, ruinas de algún arte antiguo. Se acercó con cautela y vio en la orilla a una mujer vestida de claros y sombras. Su piel era un mapa, cuadros de noche y de día, hendiduras marcadas por la soledad.

Duración: 04:16

Los Caminos de Lengua Olvidada
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En la larga estepa donde la hierba azul le llegaba a la cintura y el viento parecía susurrar nombres olvidados, Rein aprendió a caminar sin dejar huellas. Su clan de nómadas, conocidos como los Filamentados, vivía cruzando los mil caminos de la franja tardía —una tierra bordeada por ruinas de ciudades sumidas en el polvo, bajo el ojo pálido de un sol distante y escaso. La promesa de sus antepasados era siempre la misma: ningún lugar es nuestro, ninguna morada sino el tránsito.

Los Filamentados cantaban canciones de pasos y despedidas, y no construían hogar; su única herencia era la memoria de trayectorias invisibles. Rein, apenas joven, había oído más de una vez el cuento de los viajeros que, al intentar permanecer demasiado en un lugar, caían bajo el Maleficio del Viajero: una condena invisible, tejida en el tejido mismo del tiempo, que borraba la memoria de quien osaba asentarse. Nómadas perpetuos, sus mentes y recuerdos eran maleables y volátiles, más duraderos cuanto más en movimiento.

Una noche de lunas dormidas, cuando los cielos mudaban de color y la estepa florecía hilos blancos, Rein se separó del grupo. Dicen que lo llamó una voz: un eco de lengua perdida, surgido entre los juncos eléctricos de un lago estancado, ruinas de algún arte antiguo. Se acercó con cautela y vio en la orilla a una mujer vestida de claros y sombras. Su piel era un mapa, cuadros de noche y de día, hendiduras marcadas por la soledad.

—Te conozco —dijo la mujer—. No por nombre, sino por sendero.

La voz era la esperanza de reconocer, pero también la amenaza de perderse. Rein sintió el vértigo del Maleficio —una sombra en la raíz de la lengua que casi olvida cómo pronunciar el propio nombre.

—¿Por qué sigues andando, si nada termina por recordarte? —preguntó la mujer.

Rein contempló el reflejo del propio rostro, sólo para ver cómo el agua lo distorsionaba: identidad inestable, memoria frágil como la bruma en aurora roja.

—Debo andar, —dijo— porque esa es mi historia, aunque se me escape. ¿Acaso recuerdas tú algo que detenidamente observaste?

La mujer sonrió. Un instante, la brisa aulló y huele a ceniza.

—Yo fui igual a ti, nómada. Hasta que deseé hogar. Hasta que el Maleficio hizo su obra: quise recordar y fui olvidada. Ahora tengo eco, pero no cuerpo. Puedo contarte los nombres, pero ninguno es mío.

La tristeza era espesa, pero Rein sentía otra cosa: la tentación de quedarse, de adherirse a la orilla junto a la mujer, de buscar raíces y dejar que el hechizo hiciera de su mente una laguna de quietud.

Pero los Filamentados tenían leyendas; sabían que el Maleficio nunca obsequiaba reposo real, sólo la paz viciada del puro olvido.

—¿Cuál es la lengua olvidada? —preguntó Rein—. ¿El habla que nos liga a la tierra?

La mujer asintió; mostró sus palmas, y eran pálidas, deshabitadas.

—Esa lengua nombra sitio y pertenencia. Pero quienes caminan nunca la aprenden completa.

Rein avanzó un paso más hacia la mujer, y fue como hollar el filo de un abismo.

—¿Qué hay más allá de la condena de andar y la maldición de echar raíces?

Entonces la mujer, en la lengua mezclada de los viajeros perdidos, musitó palabras que sólo los nómadas del futuro podían escuchar:

—La promesa final es que cada trayecto no es solo fuga, sino creación. No de hogar, sino de horizonte. El Maleficio puede arrasar la memoria de lugares, pero no la huella que has dejado en el camino. Somos caminos, no destinos.

Rein volvió esa noche al clan, los ojos llenos de destellos lejanos. A cada siguiente atardecer, contaba la historia de la mujer de lengua olvidada; y aunque olvidaba detalles y paisajes, nunca olvidó del todo el núcleo: que la libertad del viajero es siempre también un hechizo, pero uno que nutre el paso siguiente, no lo encadena.

Así la estepa se llenó de sus pasos sutiles, caminos que nadie podía ver pero todos seguían. En cada huella, una historia; en cada historia, una promesa: moverse es recordar, y recordar es no sucumbir del todo al Maleficio. Entre el viento que canta nombres nuevos, Rein y los suyos siguen —nómadas de un futuro que nunca es igual, hechizados, sí, pero aún libres sobre la faz mutable del mundo.

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