Fragmento:
La vecina del tercero había dejado una carta, deslizada bajo la puerta, primer testimonio en semanas de que quedaba alguien al otro lado de la pared. Decía: “No he podido dormir. ¿Has oído también los pasos?”. La frase, escueta, llevó a tu memoria el sonido, apenas sordo, de alguien avanzando por el pasillo común dos noches atrás, a la misma hora en que suele sonar la última campanada de la iglesia cercana.
Duración: 04:18
Era lunes cuando finalmente decidiste quedarte en casa. La luz entraba desde la rendija de la cortina y el polvo bailaba en el haz del sol como si supiera que solo tú lo mirabas. A lo lejos, el ruido de los camiones que descargan víveres en la tienda de la esquina era el único indicio de movimiento ajeno; aquí, en cambio, cada respiro tuyo se multiplicaba en la sala vacía. Sobre la mesa quedaban las tazas de ayer, aún con marcas de labios, y sobre el respaldo de la silla colgaba la chaqueta que solías llevar cuando salías al parque, antes de que los motivos para salir se evaporaran como el café frío.
El teléfono no había sonado en tres días; las noticias llegaban por destellos en el televisor, pero hacía tanto que habías comprobado el eco del mundo que ya no confiabas en nada que no pudieras tocar. Te levantaste, con pereza, y cruzaste el pasillo. En el espejo de la entrada, la imagen de alguien que comenzabas a desconocer devolvía la mirada: el pelo en desorden, los hombros algo más caídos que antes, unos ojos que parecían pequeños ante la anchura de la estancia.
La vecina del tercero había dejado una carta, deslizada bajo la puerta, primer testimonio en semanas de que quedaba alguien al otro lado de la pared. Decía: “No he podido dormir. ¿Has oído también los pasos?”. La frase, escueta, llevó a tu memoria el sonido, apenas sordo, de alguien avanzando por el pasillo común dos noches atrás, a la misma hora en que suele sonar la última campanada de la iglesia cercana.
Guardaste la carta en el cajón de la mesilla, junto a otras: recibos, recordatorios, algún recorte de periódico con titulares de otras ciudades. Sabías que la vecina del tercero no esperaba respuesta, ni tú podías darla. Había entre vosotros un acuerdo tácito: intercambiar pruebas de vida, nunca impresiones; compartir señales, nunca la interpretación.
Preparaste té. Se derramó un poco sobre la encimera, acentuando la costumbre de descuido que venía pegada a los días sin propósito. El vapor dibujó en la ventana una pequeña mancha turbia. Miraste a través de ella y te pareció ver en el edificio de enfrente una figura —o quizá era una sombra arrimada a la barandilla. Pensaste en lo fácil que sería desaparecer entre los reflejos, pasar un día entero siendo solo eso: un borrón en el cristal.
Entonces pensaste en Víctor. Su risa seguía viva en tu memoria, como una melodía malograda. No era fácil rehuir las palabras que flotaban aún en el aire después del último encuentro, ni la rigidez de sus manos al despedirse, como si supiera —como tú— que aquello era un adiós sin pronunciamiento. Guardabas su taza favorita, sin lavar, como un recordatorio absurdo de los vínculos que se resisten al tiempo y a la distancia.
Te sentaste junto a la ventana abierta y contaste, por cuarta vez aquella semana, los pasos mínimos de la plaza de abajo. Un hombre, una joven, dos niños discutiendo por una pelota, la anciana del chihuahua vestido que todos saludaban pero nadie visitaba. Era un desfile de rutinas ajenas, y en ese inventario te diste cuenta de la paz y la violencia que hay en estar solo: la protección de nadie que irrumpe, el roce helado de no ser interrumpida.
La tarde avanzó hasta volverse del color del bronce. Hubo un momento —apenas uno— en que pensaste llamar a tu hermana. Estaba su número, siempre el primero de la agenda, pero los dedos no obedecieron. Recordaste el último mensaje que ella dejó sin contestación, una pregunta simple: “¿Cómo lo llevas?”. Demasiado peso para un pronombre tan pequeño.
Anochecía cuando llegó el ruido de una puerta, lejana, y la certeza de que el día había pasado sin sobresaltos. La soledad puede no tener estridencias, pero en el silencio prolongado crecen cosas difíciles de arrancar. Pensaste en los pasos del pasillo, en la carta nueva bajo la puerta; pensaste en Víctor; en la vecina, cuyo nombre apenas recordabas aunque habías visto tantas veces su figura doblada por el corredor.
Cuando la ciudad se rindió finalmente a la oscuridad, cruzó tu mente una idea. Mañana, te dijiste, escribiré yo una nota. Algo breve, casi un suspiro en papel: “He escuchado los pasos también”. No era mucho, pero tal vez bastaría para que, al otro lado de la pared, la vida se reconociera en el eco y la noche tuviese, por fin, una grieta.
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