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Portada del relato El Último Humo del Domingo
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Fragmento:


Pero esa mañana, la risa no entraba al salón. La noticia había llegado a través de la radio; un chico, uno de los que jugaba a veces con Sunrise en la cancha detrás del supermercado, un chico de ojos ternura y voz grave a pesar de ser joven, ya no estaría allí. La policía, los gritos de anoche, una estampida de pies temblorosos que corrían para esconderse del miedo. Pauline apenas pudo pronunciar el nombre del chico cuando vio a Reggie plegar el periódico con rabia y lanzarlo contra la mesa. Los vasos temblaron. Un silencio de plomo.

Duración: 04:22

El Último Humo del Domingo
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Amanecía roto el silencio en el número 131 de la Calle Walnut, el sol apenas osaba colarse a través de las cortinas raídas que colgaban en las ventanas del piso de Reggie. Todo parecía suspendido en aquel salón pequeño y denso, como si la noche anterior hubiera dejado ahí su aliento, pegajoso, resignado. Pauline se sentó en la esquina del sofá, los pies apenas tocando el suelo, y el brillo de sus zapatos gastados parecía lanzarle reproches mudos a sus medias desgastadas. Aquel era el lugar donde Sunrise, el hijo de ambos, solía correr detrás de un balón invisible, cruzando entre las piernas de Reggie, que siempre lo esquivaba con una risa fácil y suave, la risa de quien sabe que la alegría es breve y hay que agarrarla cuando se asoma.

Pero esa mañana, la risa no entraba al salón. La noticia había llegado a través de la radio; un chico, uno de los que jugaba a veces con Sunrise en la cancha detrás del supermercado, un chico de ojos ternura y voz grave a pesar de ser joven, ya no estaría allí. La policía, los gritos de anoche, una estampida de pies temblorosos que corrían para esconderse del miedo. Pauline apenas pudo pronunciar el nombre del chico cuando vio a Reggie plegar el periódico con rabia y lanzarlo contra la mesa. Los vasos temblaron. Un silencio de plomo.

Reggie se quedó mirando a la puerta. Siempre igual cuando el barrio reclamaba sus muertos, siempre ese tic, ese vaivén del pie izquierdo, como si quisiera huir de su propia carne. Pauline lo acompañó en el silencio, sabiendo que no había palabras que pudieran remendar nada, y en ese espacio entre ambos se colaron, como siempre, las ausencias.

- ¿Vas a ir a trabajar hoy? – murmuró ella, casi sin esperar respuesta.

- ¿Qué sentido tiene? – contestó Reggie, la voz lejana, perdida entre el eco y la promesa de un día mejor. – Van a pasar otro informe, van a decir las mismas palabras y después... después todo igual.

En la habitación contigua, Sunrise escuchaba, los ojos grandes y asustados, con las cortinas cerradas a su alrededor y el corazón palpitando recios tambores. No quería ir a la escuela, no esa mañana, no después de escuchar el llanto de la madre de su amigo desde la ventana. Nadie diría nada en clase, pero todos sabrían. Y al salir, la calle sería la misma pero distinta; el aire, más pesado.

- Mamá... – susurró finalmente, saliendo del cuarto tan despacio, como si pisara cristales – ¿puedo quedarme hoy aquí?

Pauline le acarició la cabeza, con ese instinto en la punta de los dedos que sólo las madres de Walnut conocen. Resignada. Le asintió. No había autoridad, ni horizonte que pudiera negarle a su hijo el deseo de refugiarse.

El día avanzó a trompicones. Vinieron las vecinas, los hombres se apretaron en la esquina para hablar sin mirarse a los ojos, y el eco de la tragedia se les iba pegando al gris del pellejo. Se escuchó el nombre del chico por última vez en la radio, y después nada. Sunrise se acomodó entre las piernas de su madre y juntos pasaron las horas, mientras Reggie salía a patrullar la calle, no por deber, sino por miedo, por impotencia y rabia. Escuchaba a lo lejos los sueños rotos de una comunidad harta de enterrarse a sí misma.

Al caer la tarde, Pauline decidió encender la vieja lámpara, aunque el recibo de la luz apremiaba en el cajón. Casi como si el simple gesto pudiera auyentar los fantasmas, esos que bailan entre noticia y noticia en el barrio. Sunrise, atrapado entre las sombras y el abrazo de su madre, preguntó:

- Mamá, ¿también me va a pasar a mí?

Pauline no supo cómo contestar. Sus ojos buscaron a Reggie, que había regresado en silencio y se había sentado en la repisa, la cara vuelta hacia la ventana cerrada.

- Aquí estamos, hijo – dijo simplemente Reggie. – Aquí estamos. Y no importa cuántos se vayan, nosotros seguimos. Pero hay que mirar dónde se pisa, siempre…

No era consuelo, apenas era un puente de palabras, pero Sunrise se quedó recostado junto al calor materno, escuchando la respiración profunda de los dos adultos, tan cansada y tan viva al mismo tiempo.

Así se hizo la noche en el 131 de la Calle Walnut. Afuera, el bullicio de los autos y el rumor distante de una ciudad que nunca preguntaba por sus muertos. Adentro, una familia peleando cada día contra el silencio y la resignación, abrazados a una esperanza frágil que, como la luz de la vieja lámpara, titilaba y aguantaba, empujando la oscuridad un poco más allá.

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