Powerless (edición especial limitada)
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Edición limitada de la novela Anatema.
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Viaje Sin Retorno: (El Proyecto Orfeo, Libro1)
Portada del relato El eco de las ventanas cerradas
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Fragmento:


Amanecía despacio en la calle Mahar. A esa hora, la ciudad parecía olvidada de sí misma, sumida en un limbo de colores grises y murmullos que provenían de alguna parte, tal vez del recuerdo de niños jugando o de madres que llaman a sus hijos desde los balcones. Camila apoyó la frente contra el vidrio empañado, dejando que el vaho formara figuras improvisadas. Su apartamento era pequeño, y cada objeto parecía pesar el doble, como si la pobreza a veces se metamorfoseara en materia.

Duración: 04:02

El eco de las ventanas cerradas
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Amanecía despacio en la calle Mahar. A esa hora, la ciudad parecía olvidada de sí misma, sumida en un limbo de colores grises y murmullos que provenían de alguna parte, tal vez del recuerdo de niños jugando o de madres que llaman a sus hijos desde los balcones. Camila apoyó la frente contra el vidrio empañado, dejando que el vaho formara figuras improvisadas. Su apartamento era pequeño, y cada objeto parecía pesar el doble, como si la pobreza a veces se metamorfoseara en materia.

Esa mañana, el viejo radio sobre la mesa de fórmica murmuraba cifras de desempleo y promesas huecas de políticos que jamás cruzaban el umbral de la calle Mahar. Camila cortó el sonido con un click furioso. Se levantó al baño, encendió la luz parpadeante, y se vio en el espejo: los ojos cansados, el cabello recogido en un moño desprolijo, una arruga nueva en la comisura de la boca. No había drama allí, sólo la vida replicándose día tras día, como esas gotas tercas que caen del grifo sin ser invitadas.

Cuando salió al pasillo, la encontró la vecina del 4B, la señora Adela, ocupada en vigilar a su nieto, que jugaba saltando las baldosas rotas. “¿No debería estar en la escuela?” preguntó Camila, intentando que no le sonara a reproche. Adela suspiró: "Y vos deberías estar trabajando a esta hora, pero aquí estamos." El cruce quedó colgado en el aire, como esas verdades desagradables que nadie quiere mirar de frente.

Camila caminó hasta la panadería y esperó en la fila, mirando cómo llegaban otros, algunos con la cabeza gacha, otros hablando de fútbol o del calor. El panadero, un hombre de mejillas rojizas y manos grandes, le saludó sin alegría. Conocía ese gesto; era difícil sonreír cuando la harina escaseaba y la gente sólo podía pagar medio, no la pieza entera. Derribadas las formalidades, la conversación siempre acababa en más de lo mismo: “¿Supiste que cerraron la fábrica del otro lado?” “Que Dios nos ayude.” “A lo mejor a tu hermano le dan algo en la municipalidad.”

De vuelta en su apartamento, Camila abrió el sobre azul que había llegado esa semana. Era la carta de su hermana, escrita con apuro y sin demasiadas tildes. "Aquí también nos cuesta. Mario perdió el turno de la noche. Los chicos preguntan por qué no hay carne los domingos. ¿Y tú? ¿Vas a regresar, o todavía lo intentas ahí?" Camila dobló la carta, sintiendo que cada frase era una cuerda atada a su pecho. Había venido a la ciudad para encontrar un futuro, pero lo que encontró fue una existencia suspendida, una lucha por mantener la dignidad en el filo del desaliento.

A la noche, el edificio entero vibraba con las distintas formas de la resistencia. El joven del 2A practicaba la guitarra, la madre soltera del 5C cantaba nanas en voz baja, un anciano tosía su soledad en la oscuridad. Camila miró por la ventana otra vez, viendo cómo las luces distantes de los autos cortaban la neblina. Imaginó a todas las personas que, como ella, se preguntaban si el siguiente día traería algo nuevo o sólo la repetición.

Entonces sonó el timbre. Era Jorge, su vecino. Traía un plato de sopa y una invitación simple: ¿Quisieras venir a cenar? Allí, frente a una mesa modesta, las palabras fluyeron: historias de candores perdidos, recuerdos de fiestas en patios de tierra, confesiones sobre el miedo a no ser suficiente para los suyos. Compartieron silencios, que son la forma más honesta del consuelo.

Esa noche, bajo el techo rajado y con el corazón apretado, Camila supo que la verdadera lucha no era sólo encontrar trabajo, ni siquiera la comida, sino mantener viva la esperanza y la ternura. Porque lo que duele no es la miseria, sino sentir que uno está solo en ella. Por eso, cuando regresó a su apartamento y se sentó junto a la ventana, ya no evitó mirar el edificio de enfrente, lleno de ventanas cerradas. Porque detrás, tal vez, había otra mujer, otro hombre, otra vida que también esperaba, resistiendo el peso del mundo y confiando en que tal vez, mañana, el eco cambiaría de forma.

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