Dire Bound. Alma de lobo
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
MEMENTO MORI: Las Tumbas
La niñera
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Portada del relato Universo En Sombra
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Fragmento:


En la casa de ladrillo rojo al final de la calle, Clara lloraba lentamente sobre la almohada. Las lágrimas trepaban del tejido a sus ojos, apilando tristeza en lugar de dejarla fluir. Recordaba —o tal vez olvidaba— las visitas de su hijo, Raúl, que siempre llegaba devolviendo abrazos, como if sustrayendo con precisión quirúrgica el consuelo dado. En ese mundo al revés, las discusiones comenzaban con una reconciliación y terminaban en un escozor contenido, imposible de expresar. Decir “te amo” significaba un principio, no un destino; y así, la esperanza era la primera en escaparse por la ventana, retornando solo cuando nada podía hacerse.

Duración: 05:31

Universo En Sombra
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En una ciudad donde el sol salía a medianoche y amanecía en lo más profundo de la tarde, la gente caminaba hacia atrás por las aceras pulidas de la plaza. Si entrabas en una cafetería, oías las cucharillas chocando en tazas a contrarreloj, pues el café se enfriaba a medida que subía hacia las bocas, y la espuma se aglutinaba en pequeñas olas blancas que brotaban del borde para sumergirse en la bebida. Los camareros recogían monedas del fondo de los platos y las devolvían, con una inclinación de cabeza, a los bolsillos de los clientes, quienes retrocedían, con las palabras “gracias” desvaneciéndose en la comisura de los labios.

Maximiliano, un hombre de edad indefinible —su rostro alternaba la tersura de la niñez con las grietas de una vejez silenciosa—, solía sentarse de espaldas a la fuente, viendo cómo el agua caía hacia arriba y se reunía en las bocas de los leones de piedra. Nadie tenía memoria de por qué la vida había comenzado a invertirse ni cuándo, pero todos habían aprendido a aceptar el flujo inverso de las cosas. La muerte precedía al nacimiento; los jubilados caminaban con paso ágil hacia sus primeros días de trabajo, y los niños, con un misterio propio de oráculos, cantaban fragmentos de un futuro que nadie oía.

En la casa de ladrillo rojo al final de la calle, Clara lloraba lentamente sobre la almohada. Las lágrimas trepaban del tejido a sus ojos, apilando tristeza en lugar de dejarla fluir. Recordaba —o tal vez olvidaba— las visitas de su hijo, Raúl, que siempre llegaba devolviendo abrazos, como if sustrayendo con precisión quirúrgica el consuelo dado. En ese mundo al revés, las discusiones comenzaban con una reconciliación y terminaban en un escozor contenido, imposible de expresar. Decir “te amo” significaba un principio, no un destino; y así, la esperanza era la primera en escaparse por la ventana, retornando solo cuando nada podía hacerse.

Un día, Maximiliano se encontró a Clara mientras sus pasos los llevaban, inevitablemente, hacia su primer y único encuentro. Un saludo se desvanecía entre ellos antes de nacer, pero ambos sabían que el silencio estaba impregnado de un adiós nunca pronunciado. Caminaron juntos hacia sus respectivos pasados, repasando una conversación que aún no había tenido lugar; las palabras formaban paisajes imprecisos, elocuentes en su ausencia, como si el drama entre ellos se tejiera más en la expectativa que en el acto.

En las fábricas, los obreros desmontaban máquinas que un día funcionaron sin error. Cada tuerca retirada era una pregunta retroactiva: ¿quién forjó este metal? ¿Quién revirtió la chispa que encendió el motor? El ruido de las herramientas era una música de descomposición, donde el progreso se medía por la pérdida y el trabajo por lo que se deshacía. Los tablones regresaban de la carpintería en forma de árboles, de nuevo sumidos en la quietud, esperando ser semillas de algo que nadie sembraría.

En los teatros, los actores comenzaban con una última ovación y desandaban los roles, hasta que sus caras se sumían en máscaras ambiguas, imposibles de traspasar. El público, vestido de sombras, no sabía si reír o llorar cuando la obra terminaba con los focos encendiéndose en vez de apagarse. Los aplausos eran ecos de una gloria que siempre estaba llegando y nunca partiendo.

A veces, en las esquinas apartadas del barrio, los jóvenes revolucionarios repartían panfletos que volvían a sus manos, una tras otra, llenándose de consignas que debían olvidar. Las protestas se disolvían en manadas dispersas, invisibles, sin voz ni eco. Había quienes intentaban recordar el mundo anterior: se sentaban alrededor de mesas, murmurando con la febril esperanza de que, si decían las palabras justas, tal vez el rumbo pudiera cambiarse otra vez.

Pero el tránsito era inexorable. El amor se fragmentaba antes de formar recuerdos; las casas se alzaban mientras su historia retrocedía en el barro; las cartas, nunca enviadas, se llenaban de anhelos que escapaban del papel en dirección a las manos olvidadas. Fue entonces cuando Maximiliano, en una de esas tardes invertidas, encontró un papel en blanco junto a la fuente. Se lo llevó al pecho, como si guardara un secreto que aún no conocía. Cuando miró el cielo, las nubes parecían desplegarse hacia dentro, devorando la luz que nunca había llegado.

Pasaron los días, corriendo hacia atrás. Los rostros conocidos se desdibujaban, el lenguaje se condensaba en monosílabos, la vida se replegaba en sí misma. Clara, frente al espejo, vio cómo sus lágrimas retrocedían hasta que la tristeza le fue extraída, deslizándose suavemente fuera de ella. Finalmente, comprendió: el dolor y la alegría, y todo lo vivido, eran fragmentos que nunca volverían a ser reunidos del mismo modo.

En la última noche, mientras la ciudad se sumía en un atardecer invertido y azul, Maximiliano y Clara se cruzaron por última vez, o tal vez por primera. Sus miradas se encontraron fugazmente, y en aquel instante se reconocieron en el reverso del mundo: dos figuras hechas de ausencia y deseo, caminando hacia lo que fue y lo que no podría ser.

Cuando el reloj de la catedral tocó la última campanada al revés, el mundo, por un brevísimo, imposible segundo, se detuvo. Y por primera vez, todos pensaron al unísono: ¿Y si, por un instante, el tiempo nos permitiera avanzar? Pero la pregunta misma se disolvió, reabsorbida por el silencio, mientras el universo continuaba su descenso, inmutable, hacia el lugar donde la razón y el recuerdo nunca habían existido.

Dire Bound. Alma de lobo
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
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