Dire Bound. Alma de lobo
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Edición limitada de la novela Anatema.
Novela El calendario del amor
La niñera
Portada del relato El Silencio tras los Portales
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Fragmento:


“Todo lo que recuerdas es una pregunta, nada es respuesta,” afirmó el murmullo. “¿Serás tú el que pregunta, o eres tú mismo la respuesta que espera entre los nombres?”

Duración: 04:34

El Silencio tras los Portales
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Era un mediodía sin horas cuando Némesis despertó en la sala circular. Las paredes, de un blanco imposible, se curvaban sobre sí como si hubieran olvidado lo que la geometría enseña; parecía más una insinuación de espacio que un recinto real. No recordaba cómo había llegado, ni si alguna vez había existido antes, y apenas pudo acoplar la sensación de angustia a su propio ser porque ni el nombre era seguro, sino una palabra que flotó, sin contexto, en su mente.

En el centro de la sala había una mesa de obsidiana con seis caras idénticas, y en cada una reposaba una esfera de cristal. Némesis acercó la mano a ellas: en la primera, un fugaz estremecimiento le sacudió como una reminiscencia olvidada. Miró a través del cristal y vio el reflejo de un paisaje desolado: una llanura infinita donde las sombras caminan solas buscando a quienes las proyecten. En el segundo orbe, vislumbró la multitud de los que duermen; cada uno suspiraba nombres que Némesis comprendía y desconocía al mismo tiempo. En el tercero, un mar sin agua pero con olas de pensamientos ajenos.

Némesis supo de pronto—o creyó saber—que debía elegir uno, y que la elección determinaría aquello que llamaría “realidad” para siempre. No obstante, la sala giraba sobre una ausencia: ninguna puerta era visible, y la luz provenía ni del techo ni del suelo, sino quizá de una grieta en la sustancia misma del mundo. Había perdido ya la cuenta de los latidos desde que había despertado, cuando una voz, reunida de miles de ecos indeterminados, habló desde detrás de todas las paredes.

“Todo lo que recuerdas es una pregunta, nada es respuesta,” afirmó el murmullo. “¿Serás tú el que pregunta, o eres tú mismo la respuesta que espera entre los nombres?”

Con una mezcla de determinación e incertidumbre, Némesis tocó la cuarta esfera. Esta vez no hubo visión, solo un vacío helado que lo absorbió, y en ese vacío comenzó a desmembrarse la noción de individualidad: era ya la sala, la mesa, los orbes, el vacío, y al mismo tiempo ninguna de esas cosas. Comprendió que la realidad no era sino un pacto provisional entre los deseos y los miedos de una conciencia: no hay mundo más allá de la interpretación, ni hay yo que exista más allá de lo que interpreta.

Y, sin embargo, el terror de perderse en ese mar sin orillas fue acompañado por una lucidez sin precedentes. Si el mundo era tejido a partir de sus percepciones y preguntas, quizá estaba condenado, o privilegiado, a reimaginar y destruir contextos sin fin. La sala, que parecía cerrada, era un nodo entre infinitas posibilidades: cada esfera no era sino la promesa de una narrativa distinta, y elegir era el acto de crear límites al abismo.

Fue entonces cuando otra figura apareció a su lado. Era idéntica a Némesis y, sin embargo, completamente ajena. Sonreía con compasión y extrañeza. “He sido tú tantas veces que ya no distingo cuándo fui otra cosa. ¿Qué deseas encontrar aquí, si todo lo que existe lo traes escondido en tus dudas?”

Némesis respondió sin palabras, solo con la mirada que cruza los espejos al atardecer, cuando uno no sabe si lo contemplado es imagen o reflejo. La figura asintió y, de pronto, ambas compartieron recuerdos superpuestos: nacimientos en mundos sin nombres, sacrificios hechos en nombre de ideales que nunca existieron, huidas de cárceles tejidas con pensamientos propios.

Salieron de la sala antes de que supieran cómo; el exterior no era menos ambiguo. No existía horizonte, ni arriba ni abajo, solo la vaga sensación de transitar una cuerda suspendida sobre el olvido. Allá a lo lejos, persistía la promesa de otra sala, otros orbes, nuevas alternativas para aquel que se cuestiona y se transforma con cada pregunta.

Quizás, pensó Némesis, la existencia es este perpetuo tránsito entre habitaciones imposibles, donde cada elección es una renuncia, y cada certeza, un nuevo velo sobre el misterio. Quizás, incluso, no haya verdad última, sino el placer o el horror de descubrirse a cada instante diferente, multiplicado en infinitos posibles. Quizás todo relato sea solo un puente, y cruzarlo la única justificación de la conciencia.

En ese momento, la figura gemela se disolvió en una sonrisa, y un eco de risa, quedo y plural, envolvió el vacío. Némesis acarició la idea de que, al final, ser y no ser eran solo travesuras de una misma voluntad insondable; y, mientras avanzaba hacia la siguiente pregunta, comprendió que incluso preguntar era una forma de crear el mundo a cada paso.

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