Fragmento:
Frente a él, el salón entero respiraba una presencia sin origen. Era una de esas noches en que el mundo parece enteramente fabricado a partir de la memoria, y el tiempo se curva como una onda subterránea. Toda la existencia oscilaba entre la leve luminiscencia de un candelabro y la promesa de que, en algún rincón de la casa, la realidad asomaría su rostro de porcelana.
Duración: 04:54
Había una silla. De roble, de tiempo, de todas las maderas posibles que existen en las probabilidades del universo. Sobre ella, yacía sentado un hombre cuyo nombre podría cambiar según la mirada del lector: podría tratarse de Jean, o de Aristide, o de ninguna historia anterior a esta. A sus pies, el suelo se disolvía suavemente hacia la noche, y las sombras no proyectaban más que dudas.
Frente a él, el salón entero respiraba una presencia sin origen. Era una de esas noches en que el mundo parece enteramente fabricado a partir de la memoria, y el tiempo se curva como una onda subterránea. Toda la existencia oscilaba entre la leve luminiscencia de un candelabro y la promesa de que, en algún rincón de la casa, la realidad asomaría su rostro de porcelana.
Jean (llamémoslo así esta vez) colocó una mano sobre su pecho: el corazón latía, sí, pero tan lejos que uno hubiera dicho que son los latidos de otro cuerpo. Cerró los ojos. No tardó en advertir que podía verse desde fuera, en la esquina opuesta del cuarto: allí un observador exacto de sí mismo, con otra mirada y un temblor distinto en la voz.
La escena tenía la nítida precisión de un sueño inducido. Algo titilaba: tal vez un pensamiento prohibido, tal vez el recuerdo de una tarde donde todo era diferente. Las paredes vibraban y, de inmediato, el salón multiplicó su magnitud: una ventana se abrió al abismo y luego se cerró sobre un campo de flores antiguas, volviéndose apenas una rendija por la que un insecto pudiera escabullirse.
Así pasa en el territorio donde las cosas pierden sus nombres y las ideas arrastran la carne. Jean vio, o creyó ver, la forma geométrica más simple que pudiera sostener la complejidad insensata de su mundo: la esfera suspendida entre dos espejos enfrentados. En el primer reflejo, su rostro: un mapa que no reconocía, la calma vacía de un dios en el exilio. En el segundo, la cara borrosa de alguien que sólo podía existir si el pensamiento persistía. Si se eligiera no pensar, si Jean eligiera ceder al silencio, ¿desaparecerían ambos reflejos o tan solo mutarían bajo otras leyes?
El salón entero comenzó a debatirse entre la consistencia y el vacío, entre la neblina de los recuerdos y la ferocidad del instante. La madera crujió: Jean percibió que, al lado de la puerta (en una esquina demasiado real para ser ignorada) lo observaba una criatura de transparencia absoluta. ¿Era un ángel, un autómata de la inteligencia, un simple fragmento de sí mismo separado por la dudosa trama del mundo?
—¿Por qué existes? —preguntó Jean sin voz, sólo con el eco de su ser.
La criatura (la Idea, la Sombra, el Otro) inclinó la cabeza y sonrió apenas, como quien comprende una pregunta que ya ha respondido y olvidado.
—No hay diferencia entre el pensamiento de tu existencia y tu existencia pensada —susurró—. Si dejas de pensarlo, este mundo se pliega sobre sí mismo, y la nada será tu único testigo.
Jean sintió la presencia común del miedo y del asombro, dos hermanos que nunca se separan en la casa del espíritu. Quiso abrir la boca, pero comprendió que allí, en el salón de esa noche interminable, las palabras eran también materia, y al pronunciarlas alteraba la cualidad de los muebles, oscurecía o iluminaba las cortinas, infundía vértigo en la lámpara.
Deseó salir, darse a otro espacio, buscar la huida hacia un corredor o una escalera cualquiera, pero notó, con terror y fascinación, que no había puertas. Nada escapa al pensamiento porque todo otro lugar es anticipado y contenido dentro del ejercicio radical de existir.
Durante aquello que podrían haber sido minutos o siglos, Jean jugó con las posibilidades. Pensó en la silla vacía, y al instante él estaba de pie, mirando la ausencia de su propio peso en el universo. Pensó en una ventana, y esta se abrió, pero tras el cristal…, no había más que la misma habitación, repetida hasta el infinito, habitada por variantes minúsculas de su figura, cada una dudando, cada una temblando bajo otra geometría.
Por fin, al filo de un agotamiento que sólo puede conocerse fuera del tiempo, Jean se rindió. Se sentó. El salón aceptó la nueva certeza y solidificó su estar.
—Quizás todo esto no sea sino el sueño de las ideas —dijo, sin esperar respuesta.
Un lejano trueno pareció reafirmar su suposición. Pero nadie puede estar seguro en esos límites donde el pensamiento se contempla a sí mismo, convertido en prisión y en palacio.
Así permaneció Jean. Sabiendo que la silla y la criatura y la esfera y todos los objetos sólo subsistían en la medida en que su duda, apasionada e infatigable, los alimentaba sin cesar.
Del otro lado del espejo, un dios menor cerró los ojos. No había diferencia entre su sueño y la vigilia de Jean, entre el abismo y la geometría, entre el existir y el pensar.
La lámpara titiló una vez más, como si supiera el secreto: que todo lo que se narra, en el fondo, no es más que el gesto de una mente buscándose en las formas del mundo, inventándose a sí misma, jugando a perderse y a aparecer, abrazada a la eternidad de una sola, lúcida, inabarcable pregunta.
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