Novela El calendario del amor
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Powerless (edición especial limitada)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)
Portada del relato La Casa con Escaleras al Revés
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Gregor siempre había sospechado que la vida poseía una textura diferente a la que dictaban los sentidos, pero la presencia del Morador convertía esa sospecha en una evidencia cruel. A su alrededor, las sombras recitaban nombres: dolor, amor, tiempo, identidad, dichos en una lengua que era la suya y, sin embargo, desconocía.

Duración: 06:40

La Casa con Escaleras al Revés
-a / +A

El hombre llegó a la casa una tarde de agosto, cuando la luz, derramándose en languidez de oro gastado, ofrecía a las cosas una gravedad ausente en la severidad de otras estaciones. Era una mansión en las afueras, discreta pero colosal, de arquitectura imposible: toda línea parecía burlar el sentido común, los ángulos eran la sonrisa burlona de un niño cruel y, sobre todo, las escaleras, muchas, estaban dispuestas de modo que el descenso se hacía ascenso, y viceversa. El hombre –llamémoslo Gregor, nombre que es nombre y también hueco– acudía allí convocado por una misiva estrafalaria que, más que invitar, exigía su presencia para una entrevista con su dueño, a quien la carta llamaba únicamente «El Morador».

El vestíbulo olía a madera vieja y a destino. Gregor pensó, en ese instante, en las palabras que no existen para designar los sentimientos previos a los acontecimientos importantes: no era miedo, no era esperanza, no era siquiera incertidumbre. Era otra cosa, una vibración en la existencia. La criada lo condujo sin pronunciar palabra por un pasillo donde las sombras parecían prolongarse más allá del espacio físico de la pared, y las ventanas mostraban jardines que no coincidían, en sus perspectivas, con el lugar arquitectónico donde deberían estar. Avanzaron, o retrocedieron –Gregor comenzó a dudar– por una escalera que ascendía, pero daba la nítida sensación de bajarlo unos peldaños en la jerarquía del ser.

La puerta del despacho era negra, como si absorbiera la luz y el significado. Le abrieron. El Morador estaba sentado ante un escritorio imposible de abarcar, extendido en dirección a un punto de fuga que no se situaba en ninguna de las direcciones cartesianas conocidas por el hombre. No levantó la vista, pero su voz, cuando habló, no parecía proceder de su garganta, sino de los labios de los objetos inmóviles en la sala, de las manos en los cuadros, y hasta de las sombras, que a Gregor le pareció ver mover los labios con las palabras:

—Ha llegado usted, señor Gregor, como sospeché que haría.

—No por gusto —respondió Gregor—. Vine porque no he podido evitarlo.

El Morador, envuelto en algo que recordaba a una toga de una antigüedad indeterminada, ni rió ni se sintió ofendido. Depositó una pluma sobre la mesa y lo miró, finalmente, con unos ojos donde Gregor vio la profundidad vertiginosa de un pozo sin fondo.

—Nadie viene aquí por gusto. La casa sólo permite el paso a quienes están a punto de caer por la escalinata del entendimiento. Aquí, las escaleras mienten, Gregor. Subes para bajar, y bajas para subir. Pero no están pensadas para los pies: son peldaños para la conciencia.

Gregor siempre había sospechado que la vida poseía una textura diferente a la que dictaban los sentidos, pero la presencia del Morador convertía esa sospecha en una evidencia cruel. A su alrededor, las sombras recitaban nombres: dolor, amor, tiempo, identidad, dichos en una lengua que era la suya y, sin embargo, desconocía.

—¿Por qué estoy aquí? —preguntó, abriendo las palmas de las manos, desnudas, sobre la madera fría del escritorio.

—Porque buscaste lo que no sabía que buscabas —respondió el Morador—. Eres un hombre hueco de certezas; buscas sostenerte sobre la inestabilidad del significado. Esta casa fue construida para ti, aunque no eres el primero ni serás el último que intenta vivir en ella.

Afuera, el sol menguaba. Dentro, el reloj apenas marcaba un temblor, no el paso del tiempo. La criada, aún presente, permanecía en el umbral, pues era costumbre que los asistentes quedasen para guiar de vuelta a los visitantes que sí lograban regresar. En la Casa, no todos podían salir: algunos se quedaban, no por decisión, sino porque alguna escalera inversa los atrapaba en el movimiento perpetuo de la comprensión sin final.

El Morador se levantó. Su figura era casi artificial, como si cada movimiento fuese una cita sacada de antiguo manual sobre la gestualidad humana. Se acercó a una ventana, y Gregor comprobó horrorizado que no reflejaba su silueta en el vidrio. Sólo estaba el marco, y tras él una imagen: un jardín que se derretía en mariposas negras.

—Te preguntaré lo mismo que todos responden —dijo el Morador, sin mirarlo—: ¿Te animas a preguntar lo que viniste a saber?

—No sé lo que vine a saber —susurró Gregor.

—Eso es —asintió el Morador— la respuesta primordial. El que sabe a qué vino, miente o está perdido de antemano.

En ese momento, una de las sombras se levantó del rincón y se unió a Gregor, posándose sobre su hombro. Sintió un frío y una dulzura que ningún recuerdo podía significar. Entonces, comprendió que, en su vida, jamás había formulado una pregunta auténtica; todas habían sido muecas en la superficie del agua. Aquí, en la Casa, la pregunta debía surgir del vértigo y el abismo. Dejó que la sombra entrara en él, y por primera vez no sintió miedo.

—Creí que las respuestas eran lo importante. Que conocer era alcanzar la cima —dijo, saliendo de sí mismo, hablando desde el vértice de una escalera que ascendía, pero lo arrojaba, como un sueño recurrente, siempre al mismo punto de partida—. Pero ahora veo que la pregunta es la casa. Habitar la pregunta es la única forma de ser real.

El Morador sonrió apenas, lo suficiente para que Gregor imaginara los ladrillos y las maderas formando boca, colmillos, labios en la arquitectura misma. La casa tembló con ese gesto: todos los cuadros parpadearon, todas las lámparas respiraron lentamente.

—Puedes irte —dijo el Morador—, pero nunca saldrás del todo. Una vez que entras en las escaleras, aunque bajes y creas salir, un fragmento tuyo se queda subiendo. Y al final, somos todos fragmentos que suben y bajan de sí mismos. ¿Lo entiendes?

Gregor no sabía si asentía o si parpadeaba, si era él quien se marchaba o una sombra suya la que ocupaba el cuerpo. La criada lo tomó del brazo y lo condujo, una vez más, por los pasillos y escaleras. Esta vez, al mirar por las ventanas, vio su rostro reflejado, pero de espaldas, y en sus ojos la pregunta intacta, la pregunta que es casa y huésped, escalera y caída.

Al salir por la puerta, comprendió que la ciudad, el mundo y cada instante contenían una arquitectura invisible de escaleras invertidas. Y que sólo los que perdieron el pudor de la certeza podían atreverse a vivir preguntando, aun cuando cada respuesta no fuera sino otro peldaño descendiendo hacia la luz improbable del entendimiento.

Y afuera, era agosto, y la tarde, lo mismo que al principio, contenía un oro envejecido, como si fuera la primera vez que todo ocurría, y la última.

Novela El calendario del amor
El Archivo de las Tormentas (estuche con los tres volúmenes)
Powerless (edición especial limitada)
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Aún no estoy muerta (edición especial limitada) (Contraluz)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.