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Portada del relato Cuerpos Imaginados
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Fragmento:


En la banqueta junto a la ventana, un hombre de rostro borroso leía un libro sin título. Philippe quiso preguntar la hora pero sus labios no emitieron ningún sonido. El hombre miró sin levantar los ojos: "¿Eres tú, o simplemente otro fragmento de mi espera?", murmuró, y volvió a internarse en las páginas invisibles. Philippe comprendió de inmediato. Él era el huésped, la pregunta y la respuesta, y también la razón por la que nadie recordaba haber visto el sol directamente en ese hotel.

Duración: 04:10

Cuerpos Imaginados
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La linterna de la noche temblaba, incapaz de romper la neblina. Philippe se detuvo en el umbral de la habitación 42: la llave crujió en su mano sudada como si fuésemos nosotros quienes girábamos —no la llave, ni la mano, sino la oscura evidencia de estar durante un instante en el mundo. Lo rodeaba el aire rancio de ese hotel que otrora fue palacio; la madera de las paredes recordaba el color de la duda a la hora del crepúsculo. Supo —pues siempre lo había sabido— que esa noche sería decisiva. Era una verdad tan pesada que se desplomaba en la alfombra con cada paso.

En la banqueta junto a la ventana, un hombre de rostro borroso leía un libro sin título. Philippe quiso preguntar la hora pero sus labios no emitieron ningún sonido. El hombre miró sin levantar los ojos: "¿Eres tú, o simplemente otro fragmento de mi espera?", murmuró, y volvió a internarse en las páginas invisibles. Philippe comprendió de inmediato. Él era el huésped, la pregunta y la respuesta, y también la razón por la que nadie recordaba haber visto el sol directamente en ese hotel.

Toda su vida estuvo signada por la búsqueda de absolutos. Quiso ser profesor, quiso ser amante, hijo, cuerpo útil entre los otros cuerpos. Sin embargo, una sombra seguía sus acciones: la sospecha de que cada deseo era una trampa tendida por sí mismo. Frente a la silla vacía, osciló entre sentarse o marcharse, y ese gesto, tan sencillo, se multiplicó como un eco: ¿quién decide sentarse realmente?; ¿es la determinación o el miedo quien conduce la carne hasta el mueble?

En el pasillo, el reloj antiguo era una boca que devoraba segundos con una voracidad enfermiza. Desde algún lugar, una radio gemía una melodía sin intérprete, notas extraviadas que parecían surgir de la garganta de la neblina. Philippe se atrevió a mirar por la ventana: vio niebla, solamente niebla, como una tela de fondo proyectada para ocultar la ausencia del decorado. Para él, el mundo siempre había sido así: ofrecía objetos y escenarios, pero apenas se retiraba la atención, todo se desvanecía hasta ser simple posibilidad.

El hombre de rostro borroso se levantó, dejando pasar una brisa fría. "¿Recuerdas tu llegada a este lugar?", preguntó. Philippe se esforzó. Recordó un andén desierto, una maleta demasiado liviana, y la certeza de que alguien —¿quién?— le había gritado que la vida sólo era soportable mientras fingíamos no entender su mecanismo. Llegó a la conclusión de que la memoria era también un conjunto de elecciones: decidir qué fue real, y qué no lo fue; a veces, lo real es lo que más duele, otras veces es lo que menos.

Ambos hombres se sentaron frente a frente, y la luz oscilante de la lámpara se esforzó por delimitar sus perfiles. "Quizá somos el sueño de un tercero —dijo el hombre sin rostro— que juega a inventar significados dentro de esta niebla". Philippe asintió. Había leído, alguna vez, que ciertos dioses se aburren y forjan habitaciones de hotel para ver cómo los hombres fracasan al intentar elegir.

De pronto, un mosquito se posó sobre la superficie reluciente de la mesa. Philippe lo vio debatirse, incapaz de decidir si posarse o seguir huyendo. Por un momento, se identificó: sintió el absurdo de la libertad, el terror de una decisión que no podía delegarse. "La duda —pensó— es la única certeza digna de respeto". A lo lejos, los relojes seguían tragándose campañas de minutos. Fuera, la niebla invadía las grietas de la ciudad invisible.

Estalló la risa del hombre de rostro borroso —una explosión que llenó la estancia de ecos— y, como respuesta, el techo comenzó a fundirse con el suelo, hasta que ambos quedaron flotando en medio de una ausencia llena de posibilidades. Philippe, por primera vez, no tuvo miedo. Extendió la mano y tocó la propia ausencia. No había dios que observara, no había guion que seguir: ni siquiera había testigos. Solo era él, de cara al vacío, inventándose a cada instante. Entonces, por un instante glorioso, comprendió: las puertas solo conducen a más puertas, y el único sentido está en empuñarlas, aun sabiendo que la niebla es lo único que espera tras cada umbral.

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