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Portada del relato El eco de las cinco lunas
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Fragmento:


Sintiéndose como una raíz expuesta a la helada, Laniel corrió. Pero la barcaza giró sobre la aldea y, en un estallido de luz, un haz de energía azulada envolvió su cuerpo. Sintió cómo su piel ardía hacia dentro. La gravedad dejó de existir salvo aquel centro instantáneo de su dolor y pánico. Los gritos humanos y el rugido del viento se difuminaron; la realidad, centrifugada, pasó a ser una mera sospecha, hasta que solo quedó silencio.

Duración: 05:07

El eco de las cinco lunas
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Laniel nunca se acostumbró al temblor de la atmósfera cuando las cinco lunas se desanudaban sobre los campos de Korlis. Desde la atalaya de piedra blanca, observaba cómo la tempestad ferrosa rompía la quietud de la noche. Había sabios que decían que en esas tormentas podía uno oír el eco de los dioses antiguos departiendo, y necios que juraban haber visto estrellas caer como semillas llameantes.

Pero la noche de su vigésimo quinto renacer, Laniel vio algo distinto. Más allá del sangrado de los rayos y la danza salvaje del viento, una sombra zigzagueó entre las nubes, evaporando la luz. No era pájaro ni draco. Era demasiado rápida, demasiado sinuosa. Cuando el primer trueno desgarró el silencio, un relámpago la iluminó lo suficiente para ver las alas translúcidas y las extremidades alargadas: una barcaza de los Yssir, los ladrones de mundos, los antiguos cazadores de semillas estelares.

La tormenta descendió sobre Korlis como una vengativa lengua de los cielos, arrasando trigales y destrozando molinos. Los soldados huían, aunque ningún ejército enemigo cruzaba las fronteras; lo que caía del firmamento era mucho peor que cualquier infantería mortal. Laniel, heredero de la Casa del Polvo, supo entonces que la tormenta no venía a por simples mortales, sino a cumplir un objetivo cósmico.

Sintiéndose como una raíz expuesta a la helada, Laniel corrió. Pero la barcaza giró sobre la aldea y, en un estallido de luz, un haz de energía azulada envolvió su cuerpo. Sintió cómo su piel ardía hacia dentro. La gravedad dejó de existir salvo aquel centro instantáneo de su dolor y pánico. Los gritos humanos y el rugido del viento se difuminaron; la realidad, centrifugada, pasó a ser una mera sospecha, hasta que solo quedó silencio.

Despertó en un espacio oscuro, tan grande que parecía contener galaxias enteras. Luces flotaban a cientos de pies sobre su cabeza, inalcanzables, bellas y mortíferas. Custodiados por esos fuegos gaseosos, los Yssir se desplazaban como gatos entre cañas, sus cuerpos de vapor y hueso reflejando la tenue luminiscencia de las estrellas flotantes. Laniel apenas podía moverse; raíces etéreas salían del suelo y le sujetaban las piernas.

Uno de los Yssir habló, y el idioma le penetró en los tímpanos como un vendaval de mil notas quebradas. “Has sido elegido, portador de semilla.”

El corazón de Laniel saltó. Durante generaciones, los nacidos en su casa portaban un fragmento de estrella, un grano que, propagaban las leyendas, era sido implantado por las propias diosas de la creación. Se decía que esa semilla podía convocar la vida en mundos muertos. Se decía también que los Yssir la deseaban más que cualquier oro o sacrificio mortal.

“Devuélvenos la semilla y no morirás,” prosiguió la criatura, la voz fluctuante entre súplica y amenaza.

Un millar de historias corrieron por la mente de Laniel. La rebelión de los Cielos, la gran quema de Tormenta. Siempre llegaba a la misma conclusión: nadie, jamás, había regresado después de ser llevado durante la tormenta. Quizá su última elección sería la más importante de todas: el fin de la línea o la traición de los cielos.

Mientras la presión invisible aumentaba en su pecho y veía cómo otras figuras humanas —atrapadas como él— eran arrastradas, comprendió que la semilla podía extraerse solo con un acto de voluntad. Y también, que si cedía el grano estelar, los Yssir podrían propagar su estéril dominio sobre decenas de mundos.

Se aferró al recuerdo de su madre plantando el primer cereal de la primavera. Recordó la luz cayendo entre las hojas. El calor de la vida luchando contra el frío. Dejó que todos esos recuerdos formaran una raíz interna, anclándole al presente. Y cuando los Yssir trataban de arrancar la semilla con sus misteriosos sortilegios, Laniel concentró todo pensamiento en protección, en férrea resistencia.

Estalló la semilla. No en el pecho de Laniel, sino hacia el vacío que lo rodeaba. Una luz iridiscente brotó de su cuerpo, recorrió las raíces y se extendió en olas hacia los Yssir. Uno a uno, cayeron al suelo, vaporosos cuerpos disolviéndose bajo el fulgor dorado. Cuando la última figura sucumbió, el espacio se rasgó. Laniel cayó, aullando, a través de los umbrales fugaces que la tormenta abría entre las realidades.

Aterrizó sobre la colina donde había empezado todo, envuelto en cenizas arremolinadas. La tormenta había cedido. Las cinco lunas, alineadas, observaban en silencio. Alrededor suyo, la hierba crecía más alta, más verde que nunca, y en la palma de su mano brillaba un pequeño fragmento de luz: una semilla estelar renacida.

Laniel supo entonces que, en cada ciclo de abducción y resistencia, la vida encontraba una grieta en la tormenta. Y así, las leyendas seguirían alimentando los campos y la esperanza, aún bajo el acecho de las barcazas yssir.

El eco de las cinco lunas resonó esa noche sobre Korlis: un juramento en la tormenta, una promesa de vida en cada semilla estelar. La épica de una sola voluntad, resistiendo incluso ante el hambre infinita del cosmos.

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