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Portada del relato Las Hojas que Cayeron en Lantern
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Fragmento:


En el primer claro, bajo las ramas de un tilo centenario, la figura lo aguardaba. Era una mujer, pero no una mujer. Las sombras la traspasaban y el aire relucía al contacto con su piel: pálida como la leche, ojos dorados sin compasión. Su cabellera era el musgo y su boca la herida de una piedra. Cuando habló, la voz fue la de su madre, la de su abuela y la de la propia tierra.

Duración: 04:41

Las Hojas que Cayeron en Lantern
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Las brasas del último fuego murmuraban recuerdos en la gran sala de piedra, allí donde la luna cortaba la oscuridad en delgadas filigranas. Nadie dormía en Tarneth la noche del anuncio. Desde la ventana alta, Elsin observaba el bosque inmóvil: un tapiz hambriento extendido hasta el horizonte, cargado de promesas rotas y juramentos sin cumplir. Era la víspera en la que su familia debía pagar la deuda más honda jamás contraída con los Altos Pilares. Elsin, el menor, no tenía elección ni poder, pero la sangre que ardía bajo su piel no podía dejar de rebelarse.

La anciana Myr concluyó su rezo y el eco llenó el silencio. Nadie osó romperlo hasta que los ojos de Myr, ciegos para el mundo pero no para el pasado, buscaron los de Elsin entre la multitud impasible: «El Bosque viene, niño. Responde tú, como respondieron los tuyos con los pies en el barro y la frente erguida. No temas la sangre. Témela sólo cuando no cante al caer.»

El padre de Elsin apretó los labios, pero asintió. Los otros apartaron la mirada. Ninguna línea reciente de los Aislados había tenido el coraje de ponerse frente al bosque desde la Noche de la Llaga, cuando los árboles se movieron y la familia de Myr fue reclamada. Elsin, lleno de sueños envenenados y promesas incumplidas, apretó su capa raída en torno a sí y salió por la puerta norte, la más antigua, por donde entraban solo los que no esperaban volver.

El sendero abandonaba el pueblo en una curva de barro y helechos rotos, pero Elsin lo siguió sin vacilar. Al fondo, el bosque era más que oscuridad: era memoria materializada, con ramas como dedos de un idioma olvidado. Sentía la vigilancia de mil cosas que no tenían nombre en su lengua. A cada paso, una sinfonía de crujidos y susurros, una cacofonía de hojas muertas y raíces inquietas, lo reclamaba.

En el primer claro, bajo las ramas de un tilo centenario, la figura lo aguardaba. Era una mujer, pero no una mujer. Las sombras la traspasaban y el aire relucía al contacto con su piel: pálida como la leche, ojos dorados sin compasión. Su cabellera era el musgo y su boca la herida de una piedra. Cuando habló, la voz fue la de su madre, la de su abuela y la de la propia tierra.

—¿Por qué vienen siempre los más jóvenes, Elsin de Tarneth?— preguntó, y por primera vez el muchacho advirtió que ella conocía su nombre y la tristeza arrastrada en sus venas—. Aquí las promesas nunca mueren. Vuestro linaje juró recordar, pero lleváis siglos olvidando. ¿Qué traerás tú, oh semilla de amnesia, para calmar el hambre de los Pilares?

Elsin tragó el sabor metálico del miedo. Había traído consigo la daga de iniciación, tallada en hueso de halcón; la canción de su madre; y un puñado de sal de las tierras rotas. Nada de eso parecía suficiente bajo los ojos voraces de la Dama del Bosque.

—Vengo con lo que soy. No es mucho— reconoció al fin, su voz vibrando de ira y de dolor—. Pero traigo memoria, aunque me la hayan arrebatado los labios de muchos ancestros cobardes.

Un arrullo de viento, fragante a humedad y savia, lo acarició. La Dama tendió una mano, pétrea y líquida a la vez. Cuando Elsin la tomó, la vida fluyó entre ambos: visiones de cosechas perdidas, niños engendrados sobre la madera vieja, gritos ahogados bajo la raíz de los sauces, pactos hechos a la desesperada… Elsin sintió cómo le arrancaban los recuerdos de generaciones, cómo le sembraban dentro un peso inaudito.

Pero no murió bajo el torrente. Temblando, soltó la mano y preguntó:

—¿Cómo saldaré la deuda?

La Dama ladeó la cabeza, y cientos de aves invisibles agitaron sus alas en lo alto.

—A veces basta con que una sola semilla recuerde. No huyas cuando los tuyos te llamen traidor. Vuelve, infunde en ellos la memoria. Diles lo que ven aquí tus ojos abiertos; diles que la sangre, lejos de la traición, es el único puente entre la piedra y la hoja.

Elsin se sintió más viejo. Caminó de regreso al pueblo, llevando en el pecho la vibración de todos los juramentos incumplidos y la promesa de uno nuevo, hecho no al bosque ni al linaje, sino al crisol del recuerdo y la esperanza. Y cuando habló esa noche bajo el techo de piedra, ni su padre ni los otros pudieron bajar la mirada. Porque en sus palabras ardía la llama antigua —no sólo la vida recolectada, sino la verdad que jamás podría ser de nuevo ignorada.

Así, la deuda no se pagó con muerte o engaño, sino con el triste y poderoso arte de recordar. Solo entonces el bosque se retiró de los límites de Tarneth, y los ancianos, por primera vez en nueve generaciones, durmieron sin temor a escuchar, en la oscuridad bajo su puerta, el suave y persistente susurro de la sangre antigua llamando.

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