Fragmento:
Nadie en la ciudad era realmente anciano, porque nadie quería envejecer allí. Los relojes, colgados en hilos de colores, daban las horas que cada uno deseara y, cuando alguien empezaba a ser demasiado adulto, una ráfaga de viento rociaba un polvo de canela y risas sobre sus hombros y todo volvía al principio.
Duración: 03:15
Había una vez una ciudad tan vieja que todos, incluso sus fachadas, habían olvidado sus nombres. Por la noche, las calles se desdoblaban como pañuelos y todo parecía girar en torno a unos rumores misteriosos: en algún sitio había una puerta que nadie veía de día y que sólo se abría para aquellos cuyo corazón no se acomodaba a la certeza.
Nadie en la ciudad era realmente anciano, porque nadie quería envejecer allí. Los relojes, colgados en hilos de colores, daban las horas que cada uno deseara y, cuando alguien empezaba a ser demasiado adulto, una ráfaga de viento rociaba un polvo de canela y risas sobre sus hombros y todo volvía al principio.
En esta ciudad vivía Celso, que encontraba las cosas que los demás perdían. No importa si era una sonrisa atrapada en una taza de té o un calcetín extraviado por la amargura. Un día, entre las grietas de su propio suelo, Celso se topó con una grieta nueva y distinta, una que murmuraba versos en voz baja y olía a papel de caramelo.
Como solo los niños viejos pueden hacerlo, Celso se deslizó bajo la cama y, allí, vio un bosque. Era un bosque empapelado con anuncios perdidos, abrochado con botones de abrigo y hojas de chocolate. “Aquí es donde terminan las cosas tristes y las cosas que preferimos no recordar”, pensó Celso, y avanzó decidido.
Las criaturas del bosque miraban con asombro los pies descalzos de Celso y sus pensamientos enredados en el pelo. Un ciempiés vestido de trapo cosía los recuerdos sueltos para que ninguno pudiera irse sin llevarse la risa de uno de sus días. Un gato llamado Segunda Oportunidad maullaba palabras olvidadas y, de vez en cuando, lamía las lágrimas que aún no sabían si deberían caer.
En lo más profundo encontró una casa construida de galletas un poco duras, con ventanas de menta. Allí, la Sra. Paréntesis tejía bufandas de excusas y guardaba en su tinaja las palabras “pronto”, “quizá”, “mañana”. “¿Por qué has venido?”, preguntó, sabiendo muy bien que una pregunta así siempre es para uno mismo. Celso, con el corazón palpitando de caminos que no había tomado, respondió: “Porque he olvidado de qué color era el miedo y quiero recordarlo”.
La Sra. Paréntesis, con una sonrisa de luna menguante, destapó la tinaja dejando escapar un aire frío y dulce a la vez. “Aquí los miedos se cuidan como flores. Algunos quieren agua, otros solo quieren una canción. Si no los visitas, se quedan pequeños, pero si los miras demasiado, crecen”.
Celso dejó que el miedo, pequeño y tembloroso, le trepase por las venas y entonces supo que todo en la ciudad podía perderse, pero lo perdido siempre encontraba un lugar donde esperar a ser recordado, aunque fuera debajo del piso, aunque fuera en una grieta torcida.
Cuando Celso quiso volver, la cama ya no era cama, sino una puerta envuelta en risas infantiles y hojas de calendario pegadas con chicle. El bosque se deshizo entre sus dedos y la ciudad lo recibió con el perfume a canela de las cosas que regresan sin que sepamos cómo.
Esa noche, en la ciudad, todos soñaron con puertas nuevas y bosques de papel. Celso, sentado junto a su ventana, estaba seguro de que a veces, lo que parece más infantil y trivial es, en realidad, la última y mejor brújula para quienes se atreven a crecer sin dejar de buscar.
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