Hay algo malo en casa
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
MEMENTO MORI: Las Tumbas
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Powerless (edición especial limitada)
Tras la puerta
Portada del relato Las Botas de la Señorita Plum
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Fragmento:


La casa de la señorita Plum era la última antes del campo, con un tejado siempre chirriante y las paredes cubiertas de afiches viejos de circo. Dos perros paticortos, Caramelo y Ciruela, ocupaban el jardín, aunque algunos decían que eran zorros disfrazados en tiempos de luna llena. Aquel lunes por la mañana, la bruma olía especialmente a vainilla y a misterio. El cartero, el señor Trelawney, dejó en la puerta una caja sin remitente, cubierta de sellos que jamás había visto. La señorita Plum salió en bata y botines, la recogió con una sonrisa tan inmensa que los lirios del jardín la miraron de reojo y cuchichearon entre sus pétalos.

Duración: 04:32

Las Botas de la Señorita Plum
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Había una vez un pueblo pequeño y algo grisáceo llamado Balbuceo, donde casi nada crecía excepto los niños y las historias. En este pueblo vivía la señorita Plum, una señora bajita con el cabello tan azul como el mar de un cómic, y unos ojos así de abiertos y curiosos. Nadie sabía de dónde había venido la señorita Plum ni cuánto tiempo llevaba en Balbuceo, pero todos los vecinos coincidían en algo: donde ella pasaba sucedían cosas extraordinarias, casi siempre revestidas de un barniz de ordinariez tan sutil que solo los corazones jóvenes –o lo suficientemente osados– lograban rascarlo.

La casa de la señorita Plum era la última antes del campo, con un tejado siempre chirriante y las paredes cubiertas de afiches viejos de circo. Dos perros paticortos, Caramelo y Ciruela, ocupaban el jardín, aunque algunos decían que eran zorros disfrazados en tiempos de luna llena. Aquel lunes por la mañana, la bruma olía especialmente a vainilla y a misterio. El cartero, el señor Trelawney, dejó en la puerta una caja sin remitente, cubierta de sellos que jamás había visto. La señorita Plum salió en bata y botines, la recogió con una sonrisa tan inmensa que los lirios del jardín la miraron de reojo y cuchichearon entre sus pétalos.

El rumor de la misteriosa caja corrió por el pueblo más rápido que las chismosas hermanas Ribas pueden engullir un plato doble de natillas. En la escuela, los niños Mordisco y Lila, inseparables exploradores de lo improbable, juraron encontrar la manera de colarse esa tarde en la casa de Plum. La oportunidad se presentó antes de lo imaginado: Caramelo y Ciruela, con una carta atada en el collar, llegaron a la plaza del pueblo y dejaron caer el sobre justo en manos de los dos amigos. Dentro había una tarjeta: “Te invito a una merienda especial. Trae una cucharilla, una pregunta extraña y muchas ganas de volver asombrado. Srta. Plum.”

Cuando llegaron, la sala olía a mermelada tibia y a algo ácido y curioso, como los lunes de septiembre. Sobre la mesa descansaba la caja abierta, y dentro... no había más que cinco galletas de aspecto anodino, salvo por los colores que cambiaban como piel de camaleón bajo la luz de la lámpara. “Son galletas de preguntas”, explicó la señorita Plum, sirviendo limonada humeante. “No sirven para saciar el hambre, pero si tienes una pregunta deslumbrante, y la comes, te conducirá hasta la respuesta de la forma más improbable.”

Mordisco y Lila se miraron, luego buscaron entre sus mentes aquella pregunta digna de una galleta.

Lila rompió el silencio: “¿Por qué mamá guarda siempre la llave de la buhardilla en el bolsillo del delantal verde?”. Mordisco, llenándose de valor, preguntó: “¿Qué hacen las sombras cuando nadie las ve?”. La señorita Plum aplaudió sin hacer sonido. Les dio una galleta a cada uno y les hizo prometer que, pasara lo que pasara, volverían antes de la puesta de sol.

Lila mordió su galleta, que supo a miel, a polvo y a una pizca de suspense. De repente, se encontró delante del delantal de su madre, colgado del perchero junto a la puerta de la terraza. La llave brillaba en el bolsillo. Y de pronto lo entendió: cada vez que la madre la usaba, recordaba a su tío abuelo, el único que había construido aquel desván polvoriento con sus propias manos. Nadie más lo sabía, pero la llave era mucho más que metal: era un recuerdo de esperanza.

Mientras tanto, Mordisco, que apenas había tragado la mitad de su galleta, sintió que el suelo se ondulaba y, sin darse cuenta, se volvió sombra. Caminó entre los pliegues de la cortina, allí donde la luz nunca entra, y espió el raro mundo de las sombras: jugaban a las chapas, inventaban idiomas secretos y tejían sombreros con polvo de olvido. Cuando volvió en sí, sentía que ya no temería nunca más al anochecer.

Así siguió la tarde con las galletas restantes. La señorita Plum enseñó a los niños a hornear preguntas, a escuchar el crujido de las respuestas y a distinguir en las historias el regusto de la verdad y el embuste. Cuando el sol cayó tras los álamos, Mordisco y Lila regresaron a la plaza, con la promesa de guardar en secreto la receta y el deseo insaciable de buscar, siempre, preguntas aún más asombrosas.

Y dicen que, desde entonces, en Balbuceo la bruma huele más seguido a vainilla, y si prestas atención, el lamento del viento parece traer retazos de nuevas preguntas por resolver. Algunos adultos, por la noche, aún sueñan que comen esas galletas, y despiertan con ganas de atreverse a preguntar, aunque sea al gato, aunque nunca hayan tenido el coraje de morder una galleta mágica.

Hay algo malo en casa
Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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