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Portada del relato La balada de la luna errante
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Fragmento:


En el corazón de un viejo bosque, donde los árboles susurran secretos entre sus hojas centenarias y las aves regresan noche a noche para soñar bajo las estrellas, vivía un hombrecito cuya historia casi ningún humano recuerda. Se hacía llamar Silvano, aunque en otros tiempos y otros lugares tuvo mil nombres: trovador, cuentacuentos, bufón, poeta y, en ocasiones, simple vagabundo con una sonrisa y una flauta. Lo cierto es que nadie conocía su verdadera edad, y en sus ojos había la luz de todas las lunas y los eclipses, la añoranza de todos los otoños y la frescura de todos los amaneceres.

Duración: 04:46

La balada de la luna errante
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En el corazón de un viejo bosque, donde los árboles susurran secretos entre sus hojas centenarias y las aves regresan noche a noche para soñar bajo las estrellas, vivía un hombrecito cuya historia casi ningún humano recuerda. Se hacía llamar Silvano, aunque en otros tiempos y otros lugares tuvo mil nombres: trovador, cuentacuentos, bufón, poeta y, en ocasiones, simple vagabundo con una sonrisa y una flauta. Lo cierto es que nadie conocía su verdadera edad, y en sus ojos había la luz de todas las lunas y los eclipses, la añoranza de todos los otoños y la frescura de todos los amaneceres.

Silvano no temía a la muerte, pero tampoco la buscaba. En cada pueblo que visitaba aprendía una nueva canción y, en pago, dejaba un recuerdo o una fábula imposible. Surgía entre la niebla a la entrada de cualquier aldea, con su capa azul gastada y su sombrero de plumas, y se sentaba en la plaza más grande para esperar a que las gentes huyeran de su cotidiano hastío; sólo entonces, cuando las campanas se callaban y el pan estaba a medio cocer, comenzaba a tocar las melodías que dormían en los bolsillos del tiempo.

¿Quién era Silvano? Un muchachito le preguntó una vez, mientras recogía moras en la orilla del sendero. “¿Eres un mago?”, quiso saber, con ese asombro tan propio de los niños y los sabios. Silvano rió, y de su risa se desprendieron notas de sal y miel. “Soy quien cuenta lo que nadie recuerda, niño mío. Y a veces, soy también aquello que no se olvida”.

No tenía hogar, o más bien, todos los hogares le pertenecían sólo por una tarde. Quizá fue rey en un reino diminuto de mariposas; tal vez príncipe en el palacio de alguna nube. Pero en la tierra de los hombres electos por el peso de los años, Silvano era únicamente un juglar que no conocía el fin de los caminos.

Los adultos lo miraban con resignación, a veces con cierta envidia. Porque Silvano conservaba esa chispa que les fue arrancada junto con los dientes de leche y las rodillas peladas. Se preguntaban en silencio cómo podía cantar sin importar la lluvia, o reír cuando el mundo parecía una orquesta desafinada. Pero entonces, al caer la tarde, cuando los mayores duermen con los ojos abiertos, llegaba el juglar a sus puertas.

Tenía una historia para cada dolor guardado, una copla para cada corazón herido. Decía, por ejemplo, que la luna no está presa en el cielo; cada noche, baja envuelta en un mantón gris, y es ella quien le enseña nuevas canciones. A veces, la luna lo besa en la frente y le susurra: “Tu vida nunca se apagará, porque tienes la labor más antigua: recordar a los hombres que soñar es un deber tan importante como vivir”.

Pasaron inviernos y veranos. Silvano atravesó pueblos arrasados por la melancolía y ciudades donde los edificios se soñaban gigantes de acero y olvido. Nadie supo nunca de dónde venía ni por cuánto tiempo permanecería. Él era, a la vez, testigo y cronista: el único capaz de ver cómo en los surcos del tiempo florecen las historias olvidadas y los secretos que nunca se atreven a brotar en voz alta.

Y así, cuando parecía que el tedio o la pena se volverían insuperables, Silvano volvía a aparecer, como evocado por el deseo colectivo de la belleza. Con sus instrumentos polvorientos y su voz ataviada con años de sabiduría y ternura, llenaba el aire de relatos que hacían respirar profundo incluso a los viejos de corazón cansado.

Hubo quienes aseguraban que conoció a los dragones dormidos bajo las colinas o que danzó con las náyades de los estanques. Otros juraban que había amado a la dama de la niebla, y que ella, en agradecimiento, le otorgó el don de no morir mientras hubiera un alma dispuesta a escuchar.

Pero la verdad, la única que Silvano aceptaba, era mucho más simple: tanto había narrado y cantado, que los siglos mismos se fueron enredando en sus cabellos claros, y cada palabra suya era un nuevo hilo en la vasta y sutil tela del mundo. “No me busques en los monumentos”, decía con dulzura. “Busca en tus sueños; allí, a veces, me encuentro”.

Silvano cruzó océanos de tiempo. Testigo de bodas y funerales, celebró con la misma devoción la primera risa de un niño y el último aliento de un anciano. Aprendió a tocar el laúd y el arpa invisible del viento, domesticar historias salvajes y cantar versos que arropan en las pesadillas. Conoció la gloria efímera de ser escuchado y el olvido espeso de ser ignorado. Nunca pidió compañía, pero nunca caminó solo: en algún rincón de cada corazón, sus cuentos, sus coplas, seguían latiendo.

Y fue así cómo Silvano el Juglar, sin decir adiós ni buscar aplausos, permaneció en los linderos de cada vida, inmortal no por la carne o los huesos, sino por esa chispa irrepetible: el poder de hacer nacer mundos enteros con un susurro y devolver a los hombres la memoria de lo imposible.

A veces, cuando la luna se llena y la noche es propicia, algunos creen escuchar sus pasos y el eco de una risa despreocupada. Y si cierran los ojos, y escuchan con el alma de los niños y la esperanza de los viejos sabios, pueden jurar que todavía —tal vez para siempre— Silvano sigue ahí, bordeando el horizonte, urdiendo las historias de cada vida bajo el amparo de la luna errante.

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