Fragmento:
Los reclutas no hablaban. No había tiempo para eso, y tampoco ganas; los rostros estaban escondidos tras helados filtros de oxígeno, las miradas perdidas tras visores polarizados. La muerte —cuando llegaba— lo hacía en silencio y, generalmente, desde lejos. Ada tenía trece bajas registradas en los últimos seis días, aunque a estas alturas la cifra carecía de valor. Las máquinas llevaban la cuenta; a los humanos sólo les quedaba sobrevivir.
Duración: 04:57
Eran las 03:41, hora estándar de la colonia. En la luna de Ganymedes la noche era sólo una mentira impuesta por los domos y los reguladores de luz, pero Ada Rybakov había aprendido a tomarse muy en serio hasta las mentiras. Extendió la mano, palpando la rugosidad translúcida de la pared de su celda, dejando que el zumbido cercano —ese pulso rítmico de los estabilizadores de campo magnético— se filtrara en su pecho como una amenaza velada.
El canal lambda, el único permitido para transmitir mensajes entre los pelotones avanzados y el centro de mando, estaba colapsado. Desde que el enjambre se desplegó en la órbita baja, ningún enlace duraba más de cuatro segundos antes de caer sepultado bajo un bombardeo silencioso de interferencia. La guerra, se decía, se libraba ahora entre algoritmos: cada combate era una conversación truncada, cada orden desmembrada en elementos sin sentido.
Los reclutas no hablaban. No había tiempo para eso, y tampoco ganas; los rostros estaban escondidos tras helados filtros de oxígeno, las miradas perdidas tras visores polarizados. La muerte —cuando llegaba— lo hacía en silencio y, generalmente, desde lejos. Ada tenía trece bajas registradas en los últimos seis días, aunque a estas alturas la cifra carecía de valor. Las máquinas llevaban la cuenta; a los humanos sólo les quedaba sobrevivir.
El briefing nocturno fue una coreografía de datos recursivos. El coronel Xu, su rostro pixelado por una mala conexión, apareció entre los parpadeos del proyector central. La orden era clara: recuperar el nodo de transmisión de Fobos antes del amanecer. Los enjambres enemigos —no humanos, diseñados para la destrucción y el olvido— estaban en las inmediaciones. Las probabilidades de éxito, según los cálculos, no superaban el 14%. Pero nadie renunciaba: renunciar era quedarse sin aire, sin órdenes, sin sentido.
Se movieron en la oscuridad artificial, bajando en un andén apenas iluminado por el pálido resplandor de la aurora electromagnética. Los cargadores de tungsteno gemían en las espaldas de los soldados, una sinfonía mecánica que se mezclaba con el ronquido lejano de los drones de reconocimiento. Ada iba en cabeza, los músculos de sus piernas fluctuando entre la fatiga biológica y los impulsos eléctricos de los exoesqueletos. Un paso en falso y el enjambre caería sobre ellos, fragmentando cada partícula orgánica antes de que pudieran siquiera gritar.
En la grieta, surgida tras el último asalto orbital, Ada se acuclilló. Su mano, aún temblorosa, activó el micro-drone de exploración. “Área despejada a cincuenta metros, posibles restos activos de señal enemiga”, susurró al canal interno. La respuesta fue un silencio protocolar. La lengua humana parecía, en estos días, superflua. Todo era pulsos, datos, temores convertidos en estadísticas.
El nodo de transmisión era una estructura titilante, anclada a la roca por columnas de kevlar y cerámica. La defensa automática cayó apenas recibieron la llave binaria codificada; durante un instante, Ada se permitió pensar en victoria. Pero entonces algo —un parpadeo errático en su visor, un retardo minúsculo en el acceso a los canales seguros— la alertó: no estaban solos.
El enjambre no era visible, pero sí palpable: la presión en las sienes, el escalofrío en los dedos, el leve chirrido de los circuitos forzando sus límites. Nadie había visto nunca a los constructores del enjambre; sólo conocían sus efectos. Poliedros móviles, partículas inteligentes, programadas para descomponer moléculas biológicas y reorganizarlas en patrones sin sentido. Guerra a nivel más allá de lo humano.
—Retiro controlado —susurró Ada, mientras la puerta de emergencia flamígera giraba como una escena de pesadilla ralentizada.
El primer hombre—¿Dmitri? ¿Jansen?—cayó antes de que pudiera girar su arma. El enjambre no dejaba rastro: sólo un vestigio de calor, una ausencia. Las alarmas internas del exoalarma chillaron su canto funerario. Ada disparó a ciegas, sabiendo que sólo ralentizaba lo inevitable. Por el canal lambda, apenas un eco distorsionado, la voz del coronel Xu: “Secuencia de evacuación. Ahora”.
Pero alguna parte de Ada, la parte intratable, se resistió. Su mano se cerró sobre la empuñadura de tungsteno, y mientras el tiempo se difuminaba, tomó una decisión simple: quedarse. Bloqueó la puerta desde dentro, arrodillada en la penumbra, mientras el enjambre giraba ya en la atmósfera comprimida de la cámara.
Envió un último mensaje por el canal lambda, sin palabras, sólo una secuencia de datos: el mapa del enjambre, unos latidos biológicos, un código de esperanza.
Fuera, el enjambre ululaba su hambre metálica. Dentro, Ada se puso de pie, lista para el último invierno orbital.
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