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Fragmento:


La compuerta exhaló un vaho helado. Más allá, la superficie del satélite era un cementerio de metales reptantes y nubes ácidas. La atmósfera artificial parpadeaba, sostenida por estaciones de mantenimiento automáticas y crepitantes relés que portaban el esqueleto de una colonia abandonada. Cada paso era un eco de guerra antigua, miradas de drones oxidados y fantasmas de vigilancia aún al acecho.

Duración: 04:31

Víctimas del Albedo
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Pensaron que sería una misión sencilla, como tantas otras. El comandante Norton repasó la orden en el virtualizador: “Infiltración sigilosa en el sector de transferencia. Recuperen y extraigan.” Las órdenes militaban en la soledad del módulo de mando, escritas con la frialdad de luz azul en el aire polvoriento. Seis soldados, uniformes translúcidos con polímeros de camuflaje, exoesqueletos silentes y cargadores magnéticos llenos. Habían aprendido a no preguntarse qué había al otro lado de la puerta, ni por qué los jefes de comando nunca los esperaban despiertos a la vuelta.

El transporte descendió oculto por la interferencia solar del ventisquero espacial. Su nave tenía la forma de una hoja seca, deslizándose entre los caudales de oscuridad. La inteligencia no les había dicho que los habitantes del sector Omega once yacían ya fusionados con sus máquinas desde la guerra anterior, hace una generación. Norton solo supo que debía regresar con la “carga” y sobrevivientes. O al menos traer la carga, sin importar nada más.

La compuerta exhaló un vaho helado. Más allá, la superficie del satélite era un cementerio de metales reptantes y nubes ácidas. La atmósfera artificial parpadeaba, sostenida por estaciones de mantenimiento automáticas y crepitantes relés que portaban el esqueleto de una colonia abandonada. Cada paso era un eco de guerra antigua, miradas de drones oxidados y fantasmas de vigilancia aún al acecho.

Marla, la exploradora, fue la primera en notar el pulso intermitente, una nota grave que retumbaba bajo la roca y la escarcha metálica. Se agachó junto a la marca tallada en el suelo: una runa de la lengua híbrida que Norton apenas podía descifrar. “Bienvenidos a casa”, susurró la voz inyectada en sus implantes auditivos. Pero ninguno de ellos tenía historia aquí. Solo órdenes.

Avanzaron en formación, cubriéndose el uno al otro, lanzando sondas de microfibras que se disolvían en el viento ácido. Veían, a través de los filtros de sus visores, el espectro infrarrojo de las firmas vivas: formas indistintas que no respiraban, que no sangraban, pero sí miraban. El sargento Lau comenzó a recitar, de espaldas a sus compañeros, una letanía de nombres de ciudades perdidas.

Al llegar a la cámara central, el aire vibraba con una melodía que parecía querer resonar en sus huesos. Allí estaba la “carga”: no un objeto, sino un niño, o su imagen perfectamente replicada. Tenía grandes ojos y ningún miedo. Los sensores de Norton marcaron una disparidad: la figura era de carne, pero a la vez no tenía registro biológico.

“¿Cuál es tu designación?” preguntó Norton en el canal de misión. La figura sonrió. “Soy la promesa fallida”, susurró el niño, con una voz compuesta de mil tonos iguales, como si hablara por la boca de todos los soldados muertos en la guerra antigua.

Marla avanzó, tendiendo una mano enguantada. La melancolía de la música retumbaba; Lau retrocedía, mordiéndose los nudillos; el recluta Moisés apuntaba el arma, mirando de reojo el panel de control mental que indicaba una creciente descarga emocional jamás vista. El niño replicante alzó la mano. Todo se detuvo por un momento. La misión cambió desde adentro, como una célula infectada.

Norton tuvo la certeza, nítida y brutal, de que ya nadie regresaba de allí sin dejar algo detrás, sin perder una memoria, una certeza, un fragmento irremplazable. El niño dio un paso, ofreció la información esperada. “No pueden llevarme – dijo. – No pueden abandonar. Ninguna de las dos rutas sirve.”

El protocolo dictaba eliminar lo incomprensible. El deber dictaba regresar con la carga. La humanidad, en cambio, solo pedía mirar: ver en el otro una sombra propia, un eco del error. Marla bajó el arma. Detrás de ellos, el satélite temblaba bajo el peso de una huella que todos compartieron, ahora, sin palabras: la promesa, la traición, el retumbar de una canción en la noche, esperando la próxima misión imposible.

El comandante suspiró, notando en sí una grieta. La “carga” quedaba atrás, caminando despacio entre la niebla. Ellos volverían; siempre volverían, porque el ciclo era la ley, y ningún deber podía rescatar a un soldado de lo inacabado de su propio pasado. Mientras emprendían el regreso, la nave se sentía más pesada. Detrás, los ojos del niño brillaron. Las guerras del futuro, pensó Norton, siempre serán esta misma guerra, repetida con otros nombres, otros rostros, pero idéntico y devastador regreso.

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