La grieta del silencio
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Dire Bound. Alma de lobo
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Portada del relato Cenizas Del Horizonte
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Doce kilómetros hasta el objetivo —informó el sargento Rovaks, emergiendo de una maraña de cables rotos y pasto sintético, su brazo derecho ahora plastificado con vendajes de nanotela.

Duración: 07:00

Cenizas Del Horizonte
-a / +A

Para cuando el sol emergió más allá de lo que alguna vez fue el Mar de Shatsk, los huesos metálicos de las flotas caídas ya se disolvían en la bruma volcánica. El rojo sutil del amanecer no era sino una máscara para la devastación que había transformado el horizonte en una ciencia ajena. La tierra no gruñía; callaba, como todos después del asalto del día anterior.

El capitán Varra se despojó de la cobertura ambiental de su casco, dejando que el aire nauseabundo rozara las cicatrices de su frente. Su primer pensamiento fue dónde estaría Dykov. Su segundo, cuántos seguirían vivos esta mañana. Detrás de ella, los soldados aguardaban; apenas figuras entre la hojarasca cibernética y el humo corrosivo. Cada rostro parecía perderse bajo la película de polen radiactivo que caía de los drones dispersores, que ahora bailaban en el cielo como viejas aves sin propósito.

El microcomunicador vibró en su muñeca izquierda. “Baliza dos a cinco operativo”, susurró la voz ajena de una IA, carente de emoción, y Varra pulsó la respuesta automática sin pensar. Miró a sus hombres: todos con el uniforme estándar de bioarmadura, algunos con quemaduras visibles, otros con la mirada demasiado fija en el barro sangriento para tener esperanza. No eran la vanguardia gloriosa que la propaganda transmitía en la Red Nexo. No eran héroes. Eran humanos, heridos, asustados y aterradoramente reales.

—Doce kilómetros hasta el objetivo —informó el sargento Rovaks, emergiendo de una maraña de cables rotos y pasto sintético, su brazo derecho ahora plastificado con vendajes de nanotela.

—¿Contacto enemigo? —susurró Varra.

—Escaneos infrarrojos —respondió Rovaks—. Hay movimiento. Algo grande.

Varra cerró los ojos. ¿Qué más podía ser grande, después de lo que había caído la noche anterior? El cielo nunca parecía vaciarse del todo.

Adelantaron a través de la tierra negra, entre escombro que fue ciudad apenas seis ciclos atrás. Restos de juguetes, torsos de maniquíes y los cascarones de naves ligeras quebradas por el fuego orbital señalaban el trayecto como si la muerte misma hubiese plantado sus trofeos.

Después de una hora, los sensores de Varra titilaron: energía aumentada, 200 metros al sureste; siluetas que no coincidían con las propias. Ordenó formación dispersa. Bajos, compactos, sin emitir calor suficiente: BioSoldados modelo Z-12, remanentes de la defensa automática local. Sin su controlador, únicamente rondaban en búsqueda de sentido. Los dejaron pasar, como perros que han olvidado a qué amaban.

El verdadero peligro llegó cuando alcanzaron los campos de siembra hidropónica: un enjambre de microdrones de reconocimiento, primero puntos en la neblina, luego líneas afiladas de datos, y finalmente, grillos mecánicos que chisporroteaban al rozar a los soldados. Las bioarmaduras respondieron con descargas electromagnéticas. Alguien gritó. Dos caídos, entre convulsiones.

Varra marcó posición, se arrastró hasta los límites de la plantación y espió con sus sensores ópticos. Allá estaba el objetivo: estación relé, enterrada hasta la mitad en fango, la estructura apenas reconocible entre las enredaderas mutadas por la radiación y las placas solares cubiertas de líquenes fluorescentes. De ella emanaba una señal, la misma que marcaban como superviviente del asalto orbital, fuente de las coordenadas que les enviaron a infiltrarse hasta allí.

Pero antes de que Varra pudiera comandar avance, el barro mismo pareció rugir. Emergiendo desde la podredumbre, surgieron tres Atlas: máquinas de combate bípeda, diseño modular, blindaje variable. Enormes, casi burdos. En sus unidades óticas titilaba el azul de la muerte asegurada.

—Dispersión —gritó Varra—, máximo camuflaje refractivo, a mi señal con un pulso EMP.

Los soldados se esfumaron contra el entorno, fundiéndose con la degradada naturaleza. Las Atlas abrieron fuego inmediato: cañones de plasma que tallaban la tierra, fundían el acero olvidado y lanzaban a dos hombres, ya irreconocibles, varios metros atrás, reduciéndolos a fragmentos promiscuos de humanidad y armadura.

Varra se deslizó hasta un poste corroído, encendió el módulo EMP y disparó la primera carga. Uno de los Atlas se detuvo, convulsionó y cayó. El segundo giró su sensor y lanzó una descarga de microcohetes contra las posiciones de los suyos. Rovaks, rápido como siempre, apuntó su lanzador portátil, pero el Atlas lo pisoteó, aplastando no solo a él, sino parte del terreno que aún sustentaba vida.

Varra sintió el pánico anidar en su pecho, pero lo ahogó, transformándolo en rabia. Liberó la segunda carga, esta vez directo al núcleo del Atlas más cercano. Cuando la criatura metálica se derrumbó, chisporroteando y gritando con una voz que parecía humana, Varra corrió hacia la estación relé.

Había visto demasiadas veces la muerte como para sorprenderse. Y sin embargo, dolía. El tercer Atlas se tambaleó, sus sensores obtusos rastreando el movimiento. Varra forzó la entrada del relé, deslizándose dentro mientras el Atlas disparaba de nuevo, derribando la torre de comunicaciones y lanzando una lluvia de vidrio sobre la sala de control.

Dentro, el aire era aún peor, espesado por el sudor y la descomposición de un operador olvidado, adherido a su terminal por cables biotecnológicos. Varra se acercó, revolviendo en su memoria aquel entrenamiento: entrar, apoderarse de datos, sobrevivir si es posible. El operador tenía los ojos abiertos, la boca congelada en una súplica muda.

Un mensaje pulsaba aún en la consola, ondulando en la pantalla de hule:

“Proyecto Horizonte. Última directiva: transmitir código génesis.”

Varra reconoció el código: era una secuencia de activación para una zona de defensa orbital, capaz de desatar la última salva de misiles AS-12 sobre lo que fuera que quedara en el planeta. ¿Aliados? ¿Enemigos? Varra dudó. Escupió sangre de la boca quebrada y pulsó grabar.

—Aquí capitana Varra, unidad Ikarus-7. Solicito evacuación inmediata. Hostiles aún presentes. Decisión pendiente sobre transmisión de código génesis. ¿Confirman supervivientes en cuadrante once?

Silencio. Afuera, el tercer Atlas arrancaba el techo de la estación como si desplazara la capa superior de una lata. Varra miró a los ojos muertos del operador, buscando en ellos el coraje para decidir.

Al final, solo quedaba una respuesta adecuada a la pregunta que la guerra siempre formulaba. Pulsó el envío del código y se arrojó cubierta, cubriéndose la cabeza con el torso del operador.

Arriba, los portales orbitales comenzaron a relampaguear, atravesando la atmósfera como martillos colosales. En el momento previo al estallido, Varra pensó que quizás, si el horizonte debía arder, sería mejor que lo hicieran bajo el testimonio de alguien que aún recordaba los nombres de los caídos, aunque fuera en silencio.

El resto es fuego y memoria.

La grieta del silencio
Black Bird Academy: Amor a la muerte
Cuarto Mundo 1983 (Trilogía del Cuarto Mundo vol.1)
Dire Bound. Alma de lobo
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.