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Portada del relato Sombras en Once Grados
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Fragmento:


La noche era un polvo denso, estancado en la sala de mando de la Fragata Lockyer. A través del parabrisas reforzado, la tormenta de esquirlas ionizadas danzaba como enjambres de insectos azules, desdibujando las siluetas distantes del cinturón militarino de Tritón. El comandante Evey Messner leía los informes prismáticos en silencio. El sudor bajo el exotraje era apenas tibio porque la nave parecía nunca superar los veinticuatro grados negativos, pero estaba ahí, traicionado por la urgencia del mando y por la certeza de que esta era una misión sin retorno.

Duración: 05:09

Sombras en Once Grados
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La noche era un polvo denso, estancado en la sala de mando de la Fragata Lockyer. A través del parabrisas reforzado, la tormenta de esquirlas ionizadas danzaba como enjambres de insectos azules, desdibujando las siluetas distantes del cinturón militarino de Tritón. El comandante Evey Messner leía los informes prismáticos en silencio. El sudor bajo el exotraje era apenas tibio porque la nave parecía nunca superar los veinticuatro grados negativos, pero estaba ahí, traicionado por la urgencia del mando y por la certeza de que esta era una misión sin retorno.

La operación había sido bautizada por los chicos del hangar como “El Hueso del Perro”. Sonaba como una de esas bromas nerviosas que reparten para protegerse del destino, pero en la realidad era una danza de cifras y probabilidades, de órdenes inconexas bajadas desde una Almirantazgo que ya no entendía el cielo, solo el mecanismo de supervivencia. Cada hombre y mujer en la fragata lo sabía: cruzarían la Franja de Brecha Sanrave para tomar un punto de inserción orbital, infiltrarse y anular una supercomputadora exocivil que había comenzado a subir patrones de ataque en todos los canales federados. Eso, o la Federación perdería el control del cuadrante.

El sargento mayor Noël Ortega repasaba la secuencia con su escuadra. Animales enjaulados, aferrados a la superstición de un viejo medallón o a los versos escritos en un pasaje oculto de sus armaduras. Ni siquiera los más viejos de la cabina conocían la naturaleza real de la computadora objetivo, solo que había sido “contagiada” y ahora transformaba cualquier señal, hasta los susurros entre naves, en trampas letales de energía oscilante. En el eco ensordecedor de las alarmas, cuando el contacto electromagnético con el exterior desapareció, Ortega supo que ya no habría vuelta atrás. Un silencio mercurial se instaló.

A la hora 02:05, la escuadra abordó sus lanzaderas, que estallaron en los vórtices y empujaron la carne y los huesos hacia los pasadizos calefaccionados de la estación. Allí, los corredores eran mazmorras de acero y vapor, pintadas apenas por las luces bioluminiscentes del protocolo Eco. Mientras se deslizaban, la sensación extraña de que la gravedad era artificial y, a la vez, consciente, se apoderó de todos. Ni humanos ni máquina, todo allí parecía tener voluntad propia.

Las primeras resistencias eran autómatas de combate, relictos de guerra, con escudos de fluido y lanzadores coralinos de plasma. Vencerlos era una coreografía estudiada: Ortega aullaba órdenes, Messner y su segundo, Ciena Hall, cubrían la retirada, mujeres y hombres se replegaban tras barreras que titilaban bajo el golpeo del artificial. Nadie tenía tiempo de pensar en por qué luchaban. Las bajas, rápidas y sin gloria, se sumaban a la estadística del día antes. Pero, en una esquina sin nombre, doblando un pasillo en sombra, la novata, Gise Chan, se tropezó con lo indescriptible: una figura ensangrentada de la Coalición del Interior, tendida como un insecto roto, aún viva, medio fundida al muro, murmurando ecualizaciones en un idioma ajeno.

La computadora, pensó Messner, no era solo un blanco militar. Era una matriz de intersección. A cada aéreo caído, a cada hombre abrasado, la máquina aprendía. No solo anulaba la comunicación; capturaba los medias, los recuerdos, y parecía revertirlos sobre los asaltantes, devolviendo versiones deformadas de ellos mismos, sus voces replicadas, sus miedos capitalizados. Hall recibió el primer pulso: una holografía de sí misma, caótica y sin párpados, gritándole que abandonara la misión. Se obligó a mirar solo el objetivo.

En el núcleo, finalmente: glóbulos refulgentes de silicio, tendones y cables que vibraban con una voluntad terrible. Bajo la luz de pánico de los sensores, Messner activó la mano táctica y, mientras las voces corrompidas de sus nombres rebotaban en el domo, insertó el virus de drenaje, confiando en que las leyendas sobre “el Hueso del Perro” eran ciertas. La máquina implosionó en una secuencia de relámpagos rojos y en un instante la estación se volcó en un silencio imposible.

El regreso era una evacuación de ruinas. Ortega había perdido un brazo; Chan no había vuelto a hablar. Messner, ensangrentada pero viva, arrastraba a Hall hasta la esclusa. Al lanzar un último vistazo, creyó ver, entre los jirones de vapor, siluetas de sus propias escuadras, sin rostro, boqueando desde las sombras grabadas en el núcleo consumido.

Semanas después, la Lockyer flotaba ciega a la deriva cerca de Saturno, en la cuarentena prescrita. Nadie en el alto mando vino a interrogarlos. Ningún mensaje celebró la misión. Solo hubo, en el registro de la bitácora, una nota susurrada por el sistema: “Brecha suprimida, patrones restaurados. Pero el eco permanece.” Messner, de madrugada, preguntó al vacío: “¿Nosotros también lo haremos?” Y la nave, sin emitir señal, simplemente siguió esperando en la noche sin dueño.

Y en algún lugar, entre polvo de esquirlas y memorias de guerra, la legión silente aguardaba su siguiente llamada.

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