Novela romántica Antes del amor
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
La grieta del silencio
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
La inspectora gitana
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)
Portada del relato Esquirlas sobre la Aurora Helada
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Se desplegó el escuadrón al alba. Avanzaron cubiertos por placas digitales, camuflados en el lenguaje de las tormentas. Stross pudo ver a los enemigos aproximándose en la penumbra—formas que recordaban a panteras formadas de líneas y ángulos, conjunciones de materia y código. Se auguraba un combate breve y letal. Antes, la guerra exigía de uno arrojo, carne y músculo. Ahora solicitaba metamorfosis perpetua; adaptarse era el privilegio último.

Duración: 04:22

Esquirlas sobre la Aurora Helada
-a / +A

En el año 2174, la aurora bailaba sobre los desiertos de óxido de Marte como una cortina de lavas azules. Allí, donde el hombre había levantado fortificaciones en la roca y cúpulas para sorber el oxígeno raro, la guerra nunca había sido tan íntima; la carne y el acero ya no se diferenciaban, y los antiguos códigos de honor se deslizaban, líquidos, entre la fibra y la sangre de los nuevos combatientes.

Gavril Stross descendió la escalera de corindón presintiendo que los sensores ocultos, en lo profundo de las paredes, lo miraban con un apetito antiguo. Cuadrillas de soldados pululaban por el corredor—algunos humanos, otros de caparazón traslúcido, otros con remiendos de cristal y músculos impresos. Pantalones blindados, rostros abotonados de electrodos, miradas sin sueño: las generaciones posteriores a la primera colonización ya no soñaban con retornar a la Tierra, sino con sobrevivir al próximo asalto.

El comandante de la fortaleza, una mujer llamada Sanjana, aguardaba en la ápice de la sala de mando, rodeada de interfaces como vitrales de catedral. Su voz flotaba como un rumor:

—Hoy cruzarán el Limen. Las señales infrarrojas muestran agrupamientos en el cañón Borealis. No es un ataque masivo esta vez. Es una intrusión quirúrgica; vendrán a buscar uno de los nuestros. Y lo harán con elegancia y horror—su boca formó una mueca de ironía—. Como nosotros les enseñamos.

Se desplegó el escuadrón al alba. Avanzaron cubiertos por placas digitales, camuflados en el lenguaje de las tormentas. Stross pudo ver a los enemigos aproximándose en la penumbra—formas que recordaban a panteras formadas de líneas y ángulos, conjunciones de materia y código. Se auguraba un combate breve y letal. Antes, la guerra exigía de uno arrojo, carne y músculo. Ahora solicitaba metamorfosis perpetua; adaptarse era el privilegio último.

Los proyectiles comenzaron a chisporrotear—no balas, sino enjambres de fragmentos programados para cambiar de dirección en el último instante, buscar arterias, implantar mensajes de locura. El aire se volvía una sopa de frecuencias invasivas, tablas de datos invisibles que golpeaban contra los lóbulos cerebrales y erosionaban el coraje.

Stross, blindado y tan sólo, corrió entre las ruinas con su rifle memético. Visualizó la sombra de un enemigo: una figura con el rostro cubierto de ecos, cuyas extremidades parecían estirar el espacio. Disparó una ráfaga y vio cómo el otro se desdoblaba en criaturas menores: tropas en miniatura, infectando las partículas del aire como virus ancestrales.

De pronto, la visión se retorció. El enemigo había propagado la nevo-reina: un software parásito que se infiltraba por las ranuras del casco y tejía falsas memorias, paisajes imposibles, promesas de redención. Stross mordió la ampolla de antídoto, selló su alma a las órdenes de la cadena de mando y disparó su protocolo de limpieza interna, expulsando de sí los fantasmas ofrecidos.

Había gritos mezclados con chillidos que ninguna boca humana podía emitir. Los caídos no dejaban cadáver—solo disonancias en el campo electromagnético. La muerte ya no era una tumba sino una migración, un abandono rápido de la conciencia.

El enfrentamiento duró veintitrés minutos, según los registros. Pero dentro de Stross, el tiempo se había quebrado en mil aristas. Cuando la niebla recesó, el terreno estaba cubierto de residuos: fractales luminosos, estandartes digitales partidos, trozos de piel que no eran piel. Sanjana, por los altoparlantes, susurró órdenes y condolencias, como una madre ante una cuna vacía:

—Recuperad a los dispersos. El enemigo llevó algo, pero no sabemos si era lo que buscaba—dijo—. Y preparaos. En las noches polares, sólo sobrevivimos quienes aprendemos a cambiar de forma antes que de ideales.

Stross recogió los restos de su propio uniforme, reparó los segmentos desconectados de su memoria y miró hacia el horizonte, donde la aurora aún destellaba por encima de las cúpulas. Sabía que la próxima batalla sería distinta, más cercana, más adentro. Ninguna fortaleza, ya en aquel siglo, era de piedra o acero: todas las murallas se levantaban ahora en la mente. Y él, con todos sus remiendos, seguiría empuñando la vigilia de hierro, mientras quedase cualquier resplandor por encenderse en la noche eterna.

Novela romántica Antes del amor
Trilogía de libros de bolsillo Dímelo
La grieta del silencio
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
La inspectora gitana
El aliento de los Dioses: Una novela del Cosmere (Ficción)

Copyrights © 2025 Ficcionalia.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.