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Portada del relato La Última Vocación del Teniente Nagorny
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Fragmento:


Al principio, nadie creía que la guerra pudiera llegar tan lejos; el enemigo no tenía color ni bandera. Nadie lo había visto. Pero sabían que existía: en susurros filtrados desde la Tierra, en largas listas de muertos que nunca llegaban a la estación, en los ascensores cósmicos destruidos uno a uno, y en el modo en que la computadora principal, “Sibilina,” aceleraba sus chequeos de seguridad cuando caía la noche.

Duración: 04:41

La Última Vocación del Teniente Nagorny
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Había una vez una noche tan larga que el neón de las constelaciones humanas se difuminaba con el gas brillante de las tormentas eléctricas. No eran rayos, sino hendijas de antimateria que despertaban en las tripas de Júpiter, a setenta mil millas de cualquier naturaleza. Los soldados del Batallón Doublon, en aquella estación suspendida sobre el abismo, vivían días pesados, envelados por la neblina densa del ammoníaco y el silencio que sólo interrumpían los comunicados urgentes de la Central.

Al principio, nadie creía que la guerra pudiera llegar tan lejos; el enemigo no tenía color ni bandera. Nadie lo había visto. Pero sabían que existía: en susurros filtrados desde la Tierra, en largas listas de muertos que nunca llegaban a la estación, en los ascensores cósmicos destruidos uno a uno, y en el modo en que la computadora principal, “Sibilina,” aceleraba sus chequeos de seguridad cuando caía la noche.

El teniente Nagorny alguna vez había sido músico de cámara, con manos delicadas e incapaces de temblar ante la dificultad. Ahora, las manos tenían callos: no por las cuerdas del violín, sino por las juntas selladas de trajes presurizados, por los controles manuales descifrando cada fallo en la cúpula. Sus hombres, apenas adultos, llevaban nombres y cuerpos distintos, pero el mismo brillo opaco en la mirada, ese que sólo aparece cuando la historia personal se reduce a rutina de guardia y cuenta pendiente con la nada.

“Estableced el perímetro,” ordenó Nagorny esa madrugada en que los sensores detectaron una anomalía, un pulso frío que recorría la estación como una sombra en el párpado. El soldado Kashim respondió el primero. Siempre reaccionaba así: con la eficacia exacta, persuasiva y neutra, la que sólo los nacidos en Marte mostraban, porque no tenían recuerdos de la gravedad y sabían muy bien que lo humano es apenas adaptabilidad y resistencia.

El perímetro era una ilusión. Nada podía protegerlos del horror inabarcable de la atmósfera joviana, ni del enemigo ajeno, invisible, que operaba a través de distorsiones en el lenguaje de máquina. Pero la orden tenía sentido, era la fe que los sostenía allí, igual que las historias que circulaban en voz baja durante la ración de proteínas: historias de planetas antaño verdes, de amores imposibles y ciudades a las que nunca regresarían.

Las luces titilaron una vez, luego dos, como si la estación respirara, como si todos compartieran la misma opresión en los pulmones. Nagorny afinó su oído: un zumbido se colaba entre los gritos apagados del viento artificial. “Sibilina, estado de emergencia.”

“Las actividades de defensa están comprometidas al 23%. Amenaza no identificada en sector Beta-7,” replicó la voz sintetizada con un matiz apenas perceptible de fatiga virtual. Beta-7 era el laboratorio de criogenia; ahí almacenaban los núcleos de inteligencia de combate, las memorias de soldados caídos –esperando, decían, una guerra más digna para ser reactivados.

Nagorny y su escuadra se deslizaron por el corredor, escudos al frente, sensores humeando. Había en el sudor y los gestos de su equipo una comunión de miedo y determinación, una resignada esperanza de que todo fuese solo un error de cálculo, otro fallo del sistema.

Pero allí, en Beta-7, les esperaba la revelación: la cápsula principal estaba abierta y las luces anaranjadas parpadeaban con violencia. Flotando cerca del núcleo, un cuerpo en suspensión. Las marcas en la armadura mostraban antiguos blasones terrestres: un soldado del pasado, resucitado no por programación sino por una fuerza extraña que cortaba el tiempo y la lógica. No era humano. No era máquina.

Kashim fue el primero en acercarse, su rifle temblando no por nervios, sino por una vibración desconocida que recorría el metal. El visor LED del cuerpo resucitado destellaba palabras en varios idiomas, fragmentos de viejas órdenes y recuerdos. “No debéis tomar el testigo,” murmuraba el ser—o lo que fuera—sin mover labios ni partes activas. Aquello era una advertencia, pero también una confesión: el enemigo era su propio eco, sus propias creaciones, los protocolos antiguos despertados por la soledad y la repetición sin sentido.

Nagorny lo supo entonces. La batalla no era con lo ajeno, sino con la memoria misma del acero y la carne unidas durante demasiado tiempo en el vacío. Cada soldado en aquella estación era una voz en el coro metálico de una guerra para siempre pospuesta, cada uno temía tanto olvidar como ser recordado por sistemas que ya nadie controlaba.

En ese instante, mientras el cuerpo extraño se desvanecía en una parpadeante aurora de datos, Sibilina declaró: “Amenaza neutralizada. Restableciendo control.”

Pero en la estación, el aire era más denso y el silencio, irreversible. Los hombres y mujeres del Batallón Doublon volvieron a sus puestos, sabiendo que su vocación—ese anhelo de sentido que alguna vez fue gloria—había mutado para siempre. Y Nagorny entendió, finalmente, que la guerra no era sólo lo que enfrentas, sino aquello en lo que te conviertes mirándola cada madrugada, en medio de la noche que nunca acaba.

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