El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. SabÃa que al cruzar la esqu...
La noche se deslizaba, lenta y pegajosa, sobre las murallas de Sigr-Anhar, igual que una hoja oxidada quemando la piel de un condenado. En la quinta almena del extremo norte, entre parapetos resquebrajados y charcos de lluvia salobre, Beshir escupiÃ...
Se dice en las tierras vivas de Erazin que hay una hora, apenas oÃda en las alas de los zorros alados y en la zambullida de los peces sin sombra, donde aún arde la posibilidad de la piedad. En esa hora, casi ningún mortal vela, casi ningún dios ...
El crepúsculo descendÃa como una maldición sobre las ruinas de Starn. Las nubes se arremolinaban, negras y preñadas de lluvias venenosas, sobre los tejados colapsados, las calles anegadas de charcos espesos y oscuros. Nadie que no estuviera dese...
La noche se estrellaba violenta contra las paredes ruinosas de la posada. Afuera, los perros ya no aullaban; sabÃan, como saben los animales que aún tienen instinto, que es mejor ser cobarde cuando la luna brilla roja. Dentro, el aire olÃa a vino...
La entrada a la taberna es baja, exigiendo reverencia a todo el que traspasa el umbral, aunque sea sólo ante las vigas viejas que crujen con los inviernos. Afuera, la nieve sigue cayendo pesadamente, cubriendo el barrio obrero de una ciudad sin nom...
HabÃa una vez (como si las veces pudieran medirse, y acaso esto fuese un reino donde los relojes se construyen de acuerdo con las leyes estrictas del sentido común) un imperio en el que el sol era una creencia, y las sombras, una ofensa personal. ...
El viento en las Tierras Abolladas llevaba siempre consigo el olor rancio de las costras viejas de sangre y cerveza. Nadie lo notaba más allá de los muros de Garbón, la ciudad que solo soñaba por encargo y en la que los deseos con frecuencia ves...
La lluvia habÃa caÃdo toda la noche, incesante y morosa, dibujando surcos en el lodo del poblado. Allá, acurrucado bajo un alero desvencijado, se encontraba Édrik, con la capucha empapada cubriéndole el rostro y los dedos entumecidos por el frÃ...
En el corazón de los Nueve Reinos, donde las montañas sangran oro y los rÃos arrastran anillos de olvido, se alzaba la Torre de Raigmore; negra como el carbón y tan afilada como la satisfacción de un contable tras las fiestas de impuestos. Nadi...
En la ciudad de UmbrÃa los edificios viejos nacÃan como lÃquenes entre el neón y las arterias de concreto, y aún conservaban sus cicatrices de otra era: frontis carcomidos, aldabas enojadas. Era octubre, y el olor a castañas asadas se mezclaba...
El viento ululó por los angostos pasillos de Kareth, la fortaleza olvidada en los mapas y en las plegarias, donde la piedra rezuma humedad y los ecos de palabras no pronunciadas aún llenan las cámaras. HabÃa llegado ahà huyendo de mi pasado, a...
Antaño, la ciudad de Tern pasó un invierno tan largo que los gritos de los muertos siguieron flotando en las calles hasta bien entrada la primavera. Pero aquel año se avecinaba uno peor, lo decÃan las nubes jadeantes, el olor a ceniza en la lluv...
Aún no habÃa llegado el invierno, pero la niebla cubrÃa las colinas como si la estación, cansada de esperar, hubiese decidido instalarse antes de tiempo. En la frontera entre los reinos de Ardogan y Lys, allà donde los rÃos se retuercen como a...
El rugido del crepúsculo deshilacha los muros, pero en la aldea de Gálif, la noche es sólida y huele a hierro frÃo. Las hogueras mueren pronto aquÃ; es costumbre ancestral no tentar a las sombras, ni dejar que las historias se enfrÃen en los l...
En una ciudad donde la fiscalidad era cosa seria y los ladrones nunca mentÃan sobre sus ingresos, la vida se levantaba cada mañana justo un poco fuera de la legalidad, pero claramente dentro del margen concedido por la costumbre. Ralph era portero...
Delante de la catedral consumida por hiedras sangrantes, Lyrisin se detuvo, respirando el aire agrio que flotaba sobre el Lago Perennal. TenÃa la mano enguantada envuelta en los pergaminos antiguos que durante meses la habÃan conducido, página tr...
La lupa de la luna ni siquiera podÃa atravesar del todo la espesura de las ramas que protegÃan al Bosque del Iceberg, una de las muchas paradojas del continente olvidado. El suelo retumbaba levemente, como si la tierra respirara de nuevo tras sigl...
La niebla danzaba, espesa y blanca, entre los robles centenarios de Tor Erylth, cubriendo el suelo como la seda de una araña colosal y olvidada por los dioses. El silencio era penetrante, roto sólo por el lejano ulular de una corneja cuyas alas pa...
No habÃa nacido en la ciudad, pero no podÃa recordarse en otra parte que no fuera esta marea de tejados y humo reclamando el horizonte. Se llamaba Alina, aunque poca gente se molestaba ya en preguntar nombres. En cambio, preguntaban la hora, pregu...
La puerta se cerró con más suavidad de la que pensaba. HabÃa dejado atrás el eco extenuante de las calles, el burbujeo tÃmido de la lluvia sobre los árboles. En el recibidor olÃa a lino húmedo y a cera de abejas, y una alfombra de nudos torp...
HabÃa una vez, mucho antes de las eras sobre las que la gente canta, una tierra que nadie recordaba en los cuentos junto al fuego. AllÃ, al norte de los más septentrionales mapas, donde los corceles temen correr y los cuervos caen dormidos, yacÃ...
El carruaje, barnizado con el lustre de huesos pulidos, se deslizaba por la calzada como un escarabajo inmenso, cincelado por manos que ignoraban los nombres de la piedad. Un cielo enfermo de nubes rojas miraba el viaje de Lady Birn, quien apretó l...
El viento llegaba del sur, cargado con la humedad de la mar y una extraña fragancia, como de flores putrefactas ocultas entre algas y osamentas. Nadie en el pueblo de Yarisal dormitaba bien cuando la niebla bajaba a los BajÃos: ni niños ni ancian...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. SabÃa que al cruzar la esqu Leer más...
HabÃa una vez (como si las veces pudieran medirse, y acaso esto fuese un reino donde los relojes se construyen de acuerdo con las leyes estrictas del sentido común) un imperio en el que el sol era una creencia, y las sombras, una ofensa personal. Leer más...
La entrada a la taberna es baja, exigiendo reverencia a todo el que traspasa el umbral, aunque sea sólo ante las vigas viejas que crujen con los inviernos. Afuera, la nieve sigue cayendo pesadamente, cubriendo el barrio obrero de una ciudad sin nom Leer más...
La noche se estrellaba violenta contra las paredes ruinosas de la posada. Afuera, los perros ya no aullaban; sabÃan, como saben los animales que aún tienen instinto, que es mejor ser cobarde cuando la luna brilla roja. Dentro, el aire olÃa a vino Leer más...
Se dice en las tierras vivas de Erazin que hay una hora, apenas oÃda en las alas de los zorros alados y en la zambullida de los peces sin sombra, donde aún arde la posibilidad de la piedad. En esa hora, casi ningún mortal vela, casi ningún dios Leer más...
La noche se deslizaba, lenta y pegajosa, sobre las murallas de Sigr-Anhar, igual que una hoja oxidada quemando la piel de un condenado. En la quinta almena del extremo norte, entre parapetos resquebrajados y charcos de lluvia salobre, Beshir escupià Leer más...
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando Pilar sintió, por fin, que la ciudad la dejaba respirar. Caminaba sola, la chaqueta desgastada abrazando su figura menuda, entre las aceras húmedas de una Madrid insomne. SabÃa que al cruzar la esqu Leer más...
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