La niñera
Taquión: El Planeta: Ciencia ficción dura
Nacida de la llama: (La senda de los dragones, Libro1)
Edición limitada de la novela Anatema.
Cuando las dríades se mezclan con los hombres, la pasión muta...
Alchemised: No queda nadie a quien salvar
Portada del relato Las Sombras de la Cadena Rota
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Fragmento:


Dyrla, la cazadora de ojos rasgados y actitud de estatua, caminaba a su lado. Su silencio era más profundo que el del bosque; su aliento, apenas una nota en el aire frío. Callian notó cómo rehuía mirar ciertos árboles—los más viejos, aquellos con vetas rojizas en espiral—y comprendió que ella también sentía las viejas historias clavándose en la espalda como dagas. La misión era clara: cruzar la frontera de los brujos de Edrassi para buscar el Orbe Fractal, la reliquia que el Rey Quinto de la Cadena había perdido haciendo una apuesta con el mismísimo dios de las estatuas vivientes.

Duración: 05:12

Las Sombras de la Cadena Rota
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La lupa de la luna ni siquiera podía atravesar del todo la espesura de las ramas que protegían al Bosque del Iceberg, una de las muchas paradojas del continente olvidado. El suelo retumbaba levemente, como si la tierra respirara de nuevo tras siglos de ahogo. Callian, apodado por algunos el Caminante Sombrío, y por otros nombres menos amables, arrastraba los pies mirando las huellas apenas visibles del musgo dorado bajo sus botas. Era alto, incluso para un setevlano, y más huesudo de lo que sería prudente en tales tierras, pero había aprendido a confiar en el filo de su ingenio más que en el del acero de su vieja espada lacada.

Ese día, sin embargo, el ingenio sería puesto a prueba más allá de cualquier noche anterior.

Dyrla, la cazadora de ojos rasgados y actitud de estatua, caminaba a su lado. Su silencio era más profundo que el del bosque; su aliento, apenas una nota en el aire frío. Callian notó cómo rehuía mirar ciertos árboles—los más viejos, aquellos con vetas rojizas en espiral—y comprendió que ella también sentía las viejas historias clavándose en la espalda como dagas. La misión era clara: cruzar la frontera de los brujos de Edrassi para buscar el Orbe Fractal, la reliquia que el Rey Quinto de la Cadena había perdido haciendo una apuesta con el mismísimo dios de las estatuas vivientes.

Una chispa de neblina danzaba entre los helechos cuando el primer susurro llegó. Las voces de los Guardianes, envueltos en cuerpos de madera y líquenes, hablaron como viento en tubos huecos: "No hay más paso, no sin tributo."

Callian se detuvo, levantando la mano. La vieja costumbre de buscar palabras antes de hierro lo salvó más de una vez, pero frente a los Guardianes, incluso las palabras eran cuchillos de papel. "Venimos a enderezar un daño antiguo — dijo, su tono medio súplica, medio desafío —. Permitidnos cruzar y el equilibrio se restaurará."

Los troncos gimieron y el aire se volvió más denso. Dyrla inclinó la cabeza, como si escuchara otra lengua, y murmuró: "Ofrece tu sombra, Callian. Es lo que piden."

La sombra. Sin sombra, serías invisible a los humanos y totalmente vulnerable a lo que acechara entre mundos. Durante generaciones, ningún mortal había dado su sombra voluntariamente. Callian miró hacia atrás: los recuerdos de un pequeño puerto, el aroma del pan candeal, una sonrisa perdida. Respiró hondo y, con un gesto aprendido en sueños, arrancó su sombra de los talones—se volvió un hilo oscuro y vaporoso que se evaporó en las raíces.

El bosque se abrió ante ellos.

La espesura se tornó en corredores de abrasante verdor, piedras que murmuraban nombres olvidados según pasaban. Dyrla se acercó y le tomó la mano; era extraño, pues la cazadora siempre había desdeñado el contacto, pero la tierra temblaba a su alrededor. "Sin sombra, ya no puedes mentir", le advirtió ella, mientras un par de mariposas incandescentes danzaban entre sus rostros.

Avanzaron horas, tal vez días; el tiempo perdía significado bajo el dosel. Al llegar a la Torre Doliente, alzada entre raíces y el rumor de un río subterráneo, se hallaron ante una figura encapuchada. No era brujo ni hombre — era la astilla consciente, el Heraldo Esquirla, creado cuando se fracturaron los Pactos. Su rostro era una máscara corriente de minerales; su voz, el suspiro de todo lo que había sido olvidado.

"Solo el dolor puede traer de vuelta el Orbe Fractal," dijo, "y cada uno de vosotros deberá pagar la marca de su deseo."

Dyrla dio un paso. "Deseo, sobre todo, volver a casa", confesó. Algo en el aire se agitó, una ráfaga masticando el tiempo, y por un instante Callian vio el hogar de Dyrla, más allá del río de plata, cubierto de ceniza, luego convertido en arena bajo soles extraños.

Callian pensó en su propio deseo, y lo halló desnudo: querer ser recordado, no por hazañas, sino por un momento de compasión en la memoria de otro. "Acepto la marca", murmuró.

El Heraldo Esquirla les abrió la puerta de la Torre Doliente. Subieron peldaños esculpidos en huesos de leviatán, sintiendo pulsar la historia debajo de la piedra. En una cámara forrada de hielo y plomo, ardía el Orbe Fractal con luz doble: una parte agua, otra fuego.

Dyrla se adelantó. "No era solo el poder del orbe lo que debía recuperarse", explicó, mirando a Callian con los ojos cargados de ausencias. "Era el precio de la culpa, el reconocer lo que tomamos del pasado sin honrar lo que dejamos atrás."

Callian tocó el Orbe, y su sombra perdida irrumpió en la sala, saltando de pared en pared como un animal desbocado. Todo lo que había negado sobre sí mismo emergió en un destello—la cobardía, el amor acallado, la envidia, las alegrías pequeñas.

El Orbe Fractal se disolvió, reformando el aire y las palabras. Dyrla lo abrazó por primera vez. "Ningún camino termina en poder," susurró. "Solo en entendimiento."

El bosque les permitió regresar, con nuevas raíces enlazando viejas heridas. Caminaban ahora sin promesas, solo con la luz de dos memorias compartidas hacia la frontera del reino, donde otros futuros, aún no soñados, aguardaban bajo el aliento de los árboles.

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