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Fragmento:


Le hizo sentar en una sala donde ardía una chimenea azulada y, tras ofrecerle té verde, aguardó. El viajero se despojó de su capucha: era joven, pero algo en sus ojos parecía desear olvido.

Duración: 04:48

La Casa de los Ocho Puentes
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Aún no había llegado el invierno, pero la niebla cubría las colinas como si la estación, cansada de esperar, hubiese decidido instalarse antes de tiempo. En la frontera entre los reinos de Ardogan y Lys, allí donde los ríos se retuercen como anguilas plateadas, se alzaba una construcción singular, antigua incluso en las leyendas: la Casa de los Ocho Puentes. Nadie recordaba quién la había erigido. Sus tejados oscuros, recubiertos de algo que parecía escamas de obsidiana, se curvaban como la espalda de una bestia dormida. Y alrededor, flotando y descendiendo en el aire frío, persistía siempre el olor de la lavanda y de la carne quemada.

En esta casa, oculta entre musgos y cuervos, vivía Elsinore, una mujer cuya edad nadie podía adivinar. Su cabello era tan negro como la brea y sus manos, en contraste, parecían hechas de porcelana. Algunos decían que Elsinore había nacido allí, otros aseguraban que era la última guardiana, condenada a no abandonar jamás las habitaciones que conocían más secretos que todas las torres de los reyes juntos.

Esa noche, una tormenta se preparaba más allá del horizonte, aunque la casa misma parecía espantar los rayos con su sola presencia. No obstante, fue un repiqueteo leve lo que rompió el silencio: golpes suaves en la puerta este, la que solo se abría cuando la luna estaba nueva.

Elsinore descendió por las escaleras cubiertas de polvo azul. A cada paso, los retratos murmuraban entre sí, reconociendo la antigua melodía de sus pasos. Abrió la puerta sin temor, pues nada peor que el interior podía provenir del mundo exterior.

Afuera, bajo la lluvia incipiente, esperaba un hombre cubierto por un manto de viaje. Era alto y delgado, con el rostro oculto. Al verla, dobló la rodilla en una reverencia solemne, como si saludase no a una mujer, sino a una reina caída en desgracia.

—Busco refugio —dijo con voz ronca—. Y algo más: respuestas.

Elsinore lo hizo pasar. Así era la costumbre de la casa: acoger, aunque se tratase de un enemigo, pues ninguna criatura podía vencer los hechizos que aguardaban entre aquellos muros.

Le hizo sentar en una sala donde ardía una chimenea azulada y, tras ofrecerle té verde, aguardó. El viajero se despojó de su capucha: era joven, pero algo en sus ojos parecía desear olvido.

—Dices que buscas respuestas —empezó Elsinore, mientras el olor amargo del té se mezclaba con el incienso—. ¿Qué pregunta vale el riesgo de perder la memoria?

Era la primera de las advertencias. En la Casa de los Ocho Puentes, cada respuesta tenía un precio, y a menudo era la memoria más preciada la que quedaba disuelta tras cruzar alguna puerta mal elegida.

El viajero dudó. Luego, clavando la mirada en las llamas, respondió:

—Al sur de Lys, de donde vengo, han caído las estrellas. Mis sueños están llenos de pájaros de carne y oro, torturados. El nombre de mi madre lo olvido cada noche. Y su rostro se desdibuja cada vez que lo intento recordar. Quiero saber: ¿qué fuerza está cercenando los recuerdos del mundo?

Elsinore inclinó apenas la cabeza.

—Has traído la pregunta adecuada —dijo, y un crujido reverberó en las paredes, como si la casa misma celebrase—. Pero para recibir la respuesta, deberás sacrificar un recuerdo a cambio.

El viajero aceptó. Elsinore llevó al joven a uno de los salones, donde colgaba, del techo, un espejo de ébano. Sin tocarlo, la guardiana susurró palabras en una lengua ya muerta. El cristal se nubló y, ante sus ojos, una mariposa azul surgió revoloteando. El viajero sintió un tirón suave pero profundo en la mente, y supo, de repente, que ya nunca recordaría la sensación del primer beso de la infancia.

—El norte y el sur —dijo Elsinore mientras la mariposa azul desaparecía en una grieta de la pared—. Están siendo doblegados por una grieta mayor de lo que alcanzan a ver los hombres. Alguien ha abierto, desde el otro lado, el último portón de Aethernia.

El viajero se estremeció. Las historias de Aethernia eran repugnadas hasta por los mercaderes más viejos: un reino escondido entre el alba y la noche, del que solo regresaban las sombras... y los locos.

—¿Quién? —susurró él.

Elsinore guardó silencio. Se oyó, más allá de los muros, un lamento: la voz de la propia casa, o la de alguien más, atrapado entre sus cimientos.

—¿Puedes ayudarme? —preguntó el viajero al fin—. ¿Puedes cerrarlo?

Por primera vez, la guardiana dudó.

—Ayudarte, sí. Cerrar el portón, no. Ya no sola.

El viajero, arrojado en la duda, sintió que un frío irreal se apoderaba del salón. Elsinore lo condujo por pasillos donde las puertas susurraban viejas canciones y las lámparas encendían fuegos que recordaban besos olvidados.

Así comenzó el pacto: dos nombres, dos historias, entrelazadas por la Casa de los Ocho Puentes. La noche apenas estaba comenzando. Y, a lo lejos, la niebla guardaba otros viajeros —y otras preguntas— aguardando tras puertas aún no abiertas.

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