Fragmento:
Lo primero que vio fue el fulgor verde de unos ojos entre la bruma. No podía distinguir si era hombre, o bestia, o sombra. Pero avanzó, empujado por una fuerza más tenaz que el instinto de supervivencia, y la niebla pareció abrirse obedeciendo un designio invisible. A cada paso sentía el peso de los caídos sobre sus hombros; aquellos nombres olvidados cuyo único legado era el temor. Finalmente, el ser emergió: una figura envuelta en harapos que se agitaban como si fueran piel viva, marcada con símbolos antiguos, todos ellos grabados en el reverso de sus propios sueños.
Duración: 04:07
Bajo el cielo teñido de sangre, el viento del norte traía consigo el hedor de la derrota y los ecos de un conjuro maldito. Nadie reparaba ya en los estandartes desgarrados, ni en la promesa rota que anunciaban aquellas flámulas caídas. Ni siquiera en el fulgor mortecino que recorría la hoja mellada de la espada de Renar, quien se había arrodillado frente a los restos calcinados del torreón de Mornhal. Los cuerpos ajados de los defensores eran solo cenizas dispersas; algunos creían que el polvo mismo alzaba súplicas hasta el fin del mundo. Pero fue en ese instante, entre la bruma y el silencio, cuando Renar oyó el susurro: una voz antigua, profunda, como si hablara a través de todos los siglos que la tierra había conocido.
Se levantó, el yelmo aún prendido a medias, y observó los campos arrasados. Ningún hombre quedaba a la vista. Solo esos árboles negros, testigos de lo innominado, y el sonido cada vez más perturbador de las palabras entre los susurros: “ven.” No recordaba exactamente en qué momento comenzaron esos ecos. Puede que incluso antes de la batalla, cuando los oráculos decían haber contemplado el rostro de la desesperación en el fondo de sus copas quebradas. Renar había sido guerrero toda su vida, temiendo solo al fracaso, mas nunca creyó en historias de espectros ni en el fuego azul de los hechiceros. Aquella noche las leyendas se filtraban como humo bajo la puerta.
Lo primero que vio fue el fulgor verde de unos ojos entre la bruma. No podía distinguir si era hombre, o bestia, o sombra. Pero avanzó, empujado por una fuerza más tenaz que el instinto de supervivencia, y la niebla pareció abrirse obedeciendo un designio invisible. A cada paso sentía el peso de los caídos sobre sus hombros; aquellos nombres olvidados cuyo único legado era el temor. Finalmente, el ser emergió: una figura envuelta en harapos que se agitaban como si fueran piel viva, marcada con símbolos antiguos, todos ellos grabados en el reverso de sus propios sueños.
—¿Quieres vivir, Renar? —inquirió la cosa, en una voz compuesta de muchas.
Él no respondió. Sabía que en aquellos parajes lo que podía desearse era una trampa tan mortal como la más afilada de las lanzas. Pero allí, en el umbral de la desesperanza, hasta el más obstinado se aferra a la cuerda que cuelga sobre el abismo, ignorando cuán vieja y rota está esa cuerda. El ente se acercó; exhalaba frío y promesas.
—Puedo devolverte lo que perdiste. O puedo enseñarte a perder aún más. ¿Cuál eliges?
Renar dejó caer la espada. Miró a su alrededor, y a la tierra rota que una vez defendió; a los bosques que albergaron a sus amigos; a la luna, siempre distante, que ninguna plegaria ni maldición había hecho bajar jamás. Tomó aire, e inspiró polvo y ceniza.
—Enséñame… aunque sea a caer mejor —dijo, apenas susurrando.
Hubo una risa, y el viento giró, y de pronto Renar estuvo en otro lugar: una estancia cavada en la existencia misma, donde el tiempo fluía hacia atrás y la sombra era sustancia. Allí, las figuras de Mornhal, los caídos, sus enemigos, y hasta su reflejo, giraban en una danza macabra, hilada por manos invisibles. Y comprendió que la voz nunca estuvo fuera, sino dentro: era el recuerdo de todo lo que uno no se atreve a ver. Las heridas que no son de espada.
Ahora Renar ya no era solo carne ni solo sombra; era testigo perpetuo. Caminó entre los fragmentos de lo que una vez había amado y perdido, y en cada paso encontró otras vidas que se desenredaban. Algunas suyas, otras no. Aprendió de cada caída, de cada traición, de cada esperanza malograda, hasta que su propia historia se desdibujó en la maraña de todas las historias posibles. Fue rey, esclavo, amante, espectro, hasta que las líneas se perdieron.
Y así, en ese parpadeo eterno más allá de la carne y el recuerdo, Renar supo —como quien sabe su propio nombre— que la caída, en última instancia, era el único sendero verdadero. Que seguir cayendo, aprender a hacerlo con gracia, tal vez era el destino profundo de quienes alguna vez caminaron entre el miedo y el acero, escuchando los antiguos susurros en el viento.
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