Fragmento:
Fuera, la noche se apretó contra las ventanas, como si quisiera escuchar el plan. Ambos percibieron la presión, ese lenguaje de la oscuridad: la promesa de que eran vigilados, o que al menos algo esperaba que tomaran la siguiente decisión.
Duración: 06:01
Había una vez un reino que no figuraba en los mapas más antiguos, pues su localización fluctuaba, deslizándose entre laderas de realidades sobrepuestas, como bruma atrapada entre los dedos de los dioses cansados. No era difícil extraviarse en sus bosques cuyas ramas germinaban para crear palabras que nunca nadie pronunciaba, ni era extraño despertarse al lado de un lago que horas antes no existía, viendo en el reflejo a alguien, o algo, que soñaba por ti.
En ese reino de incertidumbres, donde los relojes marcaban el tiempo de otros, Clavariel caminaba con paso resuelto, aún cuando el suelo titilaba bajo la suela de sus botas gastadas. Era un hombre ya curtido, arrugado por los años, la barba entreverada de canas y algo de sangre seca. Sobre el hombro, envuelta en tela empapada de olores lejanos, cargaba una hoja espinada cuya luz fluctuaba con su respiración: era la Promesa, y pesaba más por lo que podía hacer que por lo que había hecho.
Lo esperaba en la posada de madera trémula una presencia aún más fatigada: Helina, con los dedos largos manchados de tinta y los ojos más astutos que dulces animales ocultos en la espesura. El fuego, aunque pequeño, proyectaba sombras enormes, y cada silueta parecía ensayar amenazas entre los huecos del suelo. Habían pactado mucho tiempo atrás un encuentro para, juntos, buscar lo que no debía ser hallado.
“¿La has traído, entonces?” preguntó Helina sin mirarlo, su voz tiñendo el aire de intenciones y recuerdos a medias.
“Sí. Y me ha costado más de lo que esperaba. Quema, sabes. No con fuego. Quema cosas que no sabías que aún estaban vivas dentro.”
Helina asintió; en sus gestos vivía el cansancio de toda una vida intentando arreglar la balanza de un mundo torcido. Desenrolló un mapa pintado a mano, los símbolos retorciéndose como gusanos de tinta que temían la claridad.
“Esto marcará la senda. Hasta la cúpula de Lomoquebrado. Donde la realidad se parte y sangra.”
Fuera, la noche se apretó contra las ventanas, como si quisiera escuchar el plan. Ambos percibieron la presión, ese lenguaje de la oscuridad: la promesa de que eran vigilados, o que al menos algo esperaba que tomaran la siguiente decisión.
Salieron en la madrugada, bajo un cielo en el cual las estrellas se deslizaban de eje cada tres latidos. El camino, primero de tierra, luego de hueso molido y más adelante de recuerdos compartidos, los llevó por debajo de los arcos de la Puerta Mudada, esa que se abría solo ante quienes dudaban.
El bosque acogió a Helina y Clavariel con manos frías y hojas susurrantes. El sendero impuso interrogantes, y para seguir avanzando, debían confesar verdades al aire. Estas eran recogidas por pájaros traslúcidos que las transportaban lejos, hacia alguien hambriento.
Al tercer día, mientras comían raíces de sabor voluble, apareció ante ellos una figura cubista, multiforme, que cambiaba de sexo y expresión con cada parpadeo. Antiguos habitantes de ese mundo, los Siluetas, cumplían solo con la demanda de que su nombre jamás fuera pronunciado tal como era.
“Portáis Promesa,” dijo la Silueta, su voz una suma de tonos y ecos, “pero no la culpa suficiente.”
“Nadie la tiene. O si la tiene, la niega,” respondió Helina. “¿Sugieres castigo, o redención?”
“Ambos. El sacrificio siempre es la puerta. ¿Quién cruzará sin saber lo que deja atrás?”
El Silueta puso en sus frentes una marca con su dedo de espejo, y a partir de ese momento sus sueños se mezclaron: cada noche, Clavariel vivía el hambre de Helina por salvar a su hermana perdida en el laberinto de la cúpula; Helina despertaba jadeando, con el recuerdo ardiente del hijo de Clavariel, el que arrojó la hoja espinada al mundo por la primera vez, iniciando la cadena de resultados fatales que ahora buscaban cerrar.
En la linde del bosque, Helina sostuvo la Promesa y dejó que la hoja la hiriera. Su sangre, cayendo sobre las raíces, convocó los susurros de quienes antes habían fallado, cada gota una historia de traición y pena. Las raíces abrieron una grieta y el mundo cambió del revés: abajo era arriba, adentro era afueras, y Clavariel sintió que cada uno de sus pecados era una luz incandescente expuesta.
La cúpula de Lomoquebrado era una estructura imposible, nacida del ansia de los dioses por encerrarse y no mirar más el sufrimiento humano. Por sus paredes reptaban recuerdos ajenos en forma de mariposas sin color. En el centro, una sima sin fondo, vigilada por un ser incorpóreo: la última esperanza de redención, pero también el último castigo.
Ambos debían elegir: dejar caer la Promesa, cerrar el ciclo y permitir que el dolor se repitiera, o blandirla una última vez para reescribir las reglas. La sima habló, sin abrir boca ni emitir sonido, solo clavando la idea directamente en su pecho:
“Si usáis la hoja, cortaréis la atadura, pero alguien deberá perder su nombre para siempre, y nadie recordará —ni siquiera vosotros— por qué habéis venido. Serán libres, pero incompletos. O bien, conservad vuestro sufrimiento y el mundo seguirá pudriéndose a la misma velocidad.”
Hubo un largo silencio, roto solo por el leve crujir del propio miedo.
Clavariel, sintiendo el alma desgarrada por las noches compartidas, miró a Helina y supo la respuesta antes de que la mujer abriese los labios.
“Que la Promesa corte mi nombre,” dijo ella, segura, “y que el peso se vuelque sobre mí. Prefiero la libertad al recuerdo de la culpa.”
La hoja descendió, y el mundo perdió a Helina, aunque el dolor de su sacrificio reverberó en cada rama, en cada lago aparecido de la nada. Clavariel salió de la cúpula solo, sin memoria del motivo de su viaje ni del nombre de la mochila que pesaba sobre su hombro, pero con una cicatriz nueva en la palma de la mano.
Afuera, el reino ya no fluctuaba, sino que ocupaba un plano fijo, tangible, real. Pero cada vez que alguien encontraba en el bosque una pluma traslúcida o una lágrima seca sobre un mapa antiguo, el eco de una historia perdida se agitaba en los sueños de quienes aún elegían recordar lo invisible.
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