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Portada del relato Las Sombras que Caminan Juntas
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Fragmento:


“¿Por qué lo trajiste aquí?” dijo ella, forzando la voz para atravesar la tela.

Duración: 05:04

Las Sombras que Caminan Juntas
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Había una antigua taberna en el extremo sur del Mundodisco llamada El Susurro del Oso, cuya especialidad no era la cerveza agria, como podría suponerse, sino el arte de escuchar conversaciones que jamás debieron ser escuchadas. El suelo estaba tan pegajoso de palabras no digeridas que los borrachos salían cojeando sólo por miedo a tropezar con algún secreto que no era suyo. En una de las mesas más alejadas de la chimenea, donde la luz era tan tenue que podría haber sido acusada de conspirar con la oscuridad, dos figuras se sentaban frente a frente.

La primera era una maga de pelo enredado y túnica desteñida, que decía llamarse Tilda de la Niebla, porque la niebla tiene esa agradable costumbre de desvanecerse cuando finalmente crees comprenderla. El otro era un hombre cuya sombra parecía llevar la cuenta de sus pecados y, según la sombra en cuestión, la cuenta era larga. Nadie sabía realmente cómo se llamaba el hombre, y él mismo parecía haberlo olvidado, de modo que le decían El Caminante, porque caminaba como quien busca perderse a sí mismo y encuentra demasiado a menudo a los demás.

Entre ellos, sobre la mesa, reposaba un objeto cubierto por un paño. La tela parecía absorber sonidos; las palabras que se acercaban al borde morían en un leve susurro, como si cayeran por un acantilado invisible.

“El vínculo está roto, ¿verdad?” preguntó Tilda, arrastrando algunas sílabas hasta que quedaron atrapadas en su barba.

El hombre sonrió, una sonrisa que sería bienvenida sólo si tuvieses especial afición por navajas desafiladas. “Hace mucho que fue perdido. Encontrarlo fue otra cosa.”

La maga posó una mano encima del paño. Sus dedos temblaron, no de miedo (el miedo ya no frecuentaba esa taberna), sino de reconocimiento. La pérdida tiene peso, pero el reencuentro a veces lo tiene aún más.

“¿Por qué lo trajiste aquí?” dijo ella, forzando la voz para atravesar la tela.

El Caminante miró alrededor: la taberna continuaba con su estruendo habitual, el de los muertos bebiendo a la salud de los vivos. Nadie les prestaba atención, pero cada rincón de ese lugar tenía ojos, incluso aquellos agujeros que jurabas no estaban allí antes.

“Porque aquí, hasta lo perdido encuentra la vía de regresar.” Levantó el paño con la delicadeza reservada para secretos terribles o artefactos peligrosos (que suelen ser lo mismo). Debajo había una cadena rota. No una cadena común, sino la clase de artefacto que en el preciso momento que la miras entiendes que su valor no reside en la forja, sino en lo que mantenía unido.

Tilda contuvo el aliento, lo cual resultó ser un reto, ya que el aire de la taberna prefería permanecer confinado y costaba mucho convencerlo de lo contrario. “Creía que la destruirías,” murmuró, “ese era el trato.”

El Caminante apoyó ambos codos en la mesa, como si, de repente, el peso del mundo hubiera decidido hacerle compañía. “Intenté destruirla. Pero algunos vínculos se niegan a desaparecer, incluso cuando no hay nada ni nadie que los reclame. Caminan solos, como las personas. Y cuando los encuentras, no eres tú quien los ata; son ellos quienes te buscan. Así empezó esto, y así sigue.”

Un silencio cayó sobre la mesa, más denso que la propia niebla. Tilda miró la cadena y evocó, durante un instante, un tiempo en que aquello unía dos mundos: el suyo, brillante y titilante, y otro que prefirió olvidar, sumido en un abismo de olvido tan profundo que ni siquiera sus lágrimas lo encontraban.

“La magia…”, comenzó, pero pronto lo pensó mejor. La magia había sido todo lo que los había unido, sí, pero también todo lo que los había separado. El poder de crear y destruir lazos es casi indistinguible después de cierto punto.

“La magia,” repitió el Caminante, apretando la palabra como quien intenta exprimir la última gota de sentido, “es sólo una excusa. Los lazos más fuertes existen porque alguien los recuerda. Lo perdido sólo regresa cuando es necesario.”

Tilda bajó la mirada. Había buscado ese vínculo toda su vida, primero para repararlo, después para olvidarlo, finalmente para entenderlo. Y, como todo en la vida, lo entendió justo cuando ya no le servía de nada.

“¿Puedes hacérmelo olvidar?” preguntó con un hilo de voz.

“No,” respondió el Caminante. “Pero puedo compartir el peso. Nadie, ni siquiera tú, tiene que llevar una pérdida sola.”

En algún punto de la taberna, los ecos de una risa olvidada pasaron flotando entre las mesas, y quizá, solo quizá, los dos sintieron que el aire era un poco menos denso. Afuera, la niebla avanzaba entre las calles; el nombre de Tilda se perdía en ella, como todo lo demás destinado a regresar de un modo u otro.

Y sobre la mesa, la cadena rota seguía allí, más ligera, porque el hecho de compartir una ausencia es la primera piedra de cualquier puente futuro.

La taberna continuó vibrando con los rumores del olvido y, por una noche al menos, El Susurro del Oso se ganó su nombre: un lugar donde las cosas perdidas susurran, no para regresar a lo que fueron, sino para acompañar, silenciosamente, a quienes se atreven a recordar.

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