Fragmento:
La figura se giró despacio. No tenía rostro, sino un conjunto de fragmentos de espejo que reflejaban no el corredor, ni al guardia, sino imágenes borrosas de paisajes ajenos: mares violetas, lunas negras, ciudades sumergidas entre colinas de piedra y lluvia ácida. El guardia no pudo evitar temblar.
Duración: 04:41
El viento recorría los torreones de Sakarath con un lamento casi humano, silbando deteniéndose en los ángulos rotos de las almenas como si buscase rincones donde ocultar antiguas verdades. Entre los muros —cubiertos de líquenes grises y las cicatrices de viejas batallas— la última guardia recorría su turno nocturno, pero las sombras lo sabían: ningún hombre estaba seguro allí tras la tercera toma. Bajo las estrellas, en patios empozados de silencio, algo despertaba cada noche que hacía añicos la paz y los pactos grabados hace siglos.
Kyarin caminaba con paso firme por el corredor occidental, su farol emitía luz temblorosa que maltrecha rozaba las ventanas de triforio en imágenes de horrores sin forma. Tenía los ojos muy abiertos pese al cansancio: el sonido lejano de las campanas, repicando allá donde el río besa el muro, no lo tranquilizaba. Sabía lo que rondaba el castillo en la tercera campana de medianoche, después de años sirviendo a señores muertos y cuya sangre engrosaba las raíces del lugar. Cada piedra, decía su padre, recordaba las manos que la colocaron y los gritos sofocados en sus cimientos.
De fondo, desde la arboleda de los viejos castaños, llegaba un rumor húmedo, denso, como de criaturas que se arrastran entre los huesos del mundo. Kyarin giró la esquina y el farol, por un instante, iluminó una figura encapuchada al final del pasillo. No era inusual, tantos refugiados cruzaban las fronteras de Sakarath que hasta los fantasmas debían hacer fila ante los portones. Pero la forma de aquella persona no era la de un mendigo ni soldado: el capote era de tela imposible —una negrura húmeda y densa que parecía sobresalir hacia el pasillo, absorbía la luz, un breve hueco en la realidad.
—¿Quién va? —dijo Kyarin, la voz más serena de lo que sentía.
La figura se giró despacio. No tenía rostro, sino un conjunto de fragmentos de espejo que reflejaban no el corredor, ni al guardia, sino imágenes borrosas de paisajes ajenos: mares violetas, lunas negras, ciudades sumergidas entre colinas de piedra y lluvia ácida. El guardia no pudo evitar temblar.
—¿Eres real? —preguntó, ya sin autoridad.
—La realidad es la hija menor del ansia —respondió la figura, la voz múltiple y trémula, como un coro de niños a los que hubiesen abierto el pecho para llenar de campanas pequeñas—. He venido por el precio que quedaba.
Entonces, la oscuridad del capote pareció hincharse, palpitar como un corazón recién arrancado, y Kyarin sintió algo atrás, una presión, como si una garra invisible tanteara la base de su cráneo. Retrocedió, pero ahí estaba la figura, sin moverse, y sin embargo ya junto a él, fragmentos de espejo surcando el aire, entrecruzando destellos de mil futuros desollados.
—Hace siglos, Sakarath se vendió por temor. La carne devorada en estas cocinas, los huesos ocultos en la raíz del Ciprés Mayor, todo brota en deuda. Soy el cobro. ¿Entiendes, guardia? Nadie puede dar lo que no tiene, pero todos pagan.
El frío devoró el pasillo y Kyarin cayó de rodillas, vomitando bilis y dolor. Recordó entonces las historias de los "arqueomantes", brujos que tejían contratos en la sima misma de los sueños, pactos que sobrevivían a los propios dioses. Recordó a su abuela, cortándose el dedo meñique para sellar una promesa en la noche de la Séptima Lluvia. Lo que él custodiaba no eran solo piedras ni reyes ausentes, sino la frontera última donde se pagaban deudas imposibles.
—Permíteme —dijo la figura, con ternura terrible—. El alivio es olvido.
Y lo tocó. Grietas de luz negra abrazaron el cuerpo del guardia. Kyarin quiso pronunciar alguna última palabra de furia o amor, alguna protesta o recuerdo, pero no encontró nada de sí mismo excepto la sensación de vacío, una añoranza transparente como la piel de un recién nacido. El castillo retumbó, y por un instante, desde las almenas quebradas hasta los cimientos bañados en susurros, todo Sakarath recordó las promesas rotas.
La figura deslizó sus pies imposibles hasta el gran salón, donde los sirvientes dormían apretados soñando banquetes de pan y seguridad. Con el paso de cada noche, un alma más se ofertaba bajo el altar del Ciprés Mayor, todo por deudas olvidadas, ansias heredadas, y pactos que ni la muerte sabía romper. De las puntas de los espejos cubría el manto, florecieron gotas rubí, desvaneciéndose en el aire, como quien siembra onirismo en los campos y cosecha silencios.
Afuera, la luna giró sobre sí misma, sangrando tonos verdigrís sobre el río, mientras el castillo sumía el mundo en una noche aún más antigua. Porque, al final, siempre hay alguien despierto en la tercera campana de la medianoche; y siempre hay alguien —o algo— que llama para cobrar.
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