Fragmento:
El viento gemía bajo las bóvedas oscuras del Bosque de Mureth, un rumor que parecía combinarse con los millones de voces perdidas entre su follaje. Allí, bajo la segunda luna creciente, el alto de Kethamar resplandecía como el filo de una daga ensangrentada, su silueta fría y ennegrecida contra la vastedad de los cielos antiguos. A las afueras del bosque, la ciudad arruinada de Araleh yacía tan quieta que hasta los fantasmas tenían miedo de cruzar sus sombras. Ningún viajero, en tres generaciones, osaba acercarse a sus puertas rotas, y sin embargo, aquella noche, una figura solitaria avanzaba, su capa azotada por el viento y sus pasos casi inaudibles sobre el musgo y la piedra húmeda.
Duración: 05:38
El viento gemía bajo las bóvedas oscuras del Bosque de Mureth, un rumor que parecía combinarse con los millones de voces perdidas entre su follaje. Allí, bajo la segunda luna creciente, el alto de Kethamar resplandecía como el filo de una daga ensangrentada, su silueta fría y ennegrecida contra la vastedad de los cielos antiguos. A las afueras del bosque, la ciudad arruinada de Araleh yacía tan quieta que hasta los fantasmas tenían miedo de cruzar sus sombras. Ningún viajero, en tres generaciones, osaba acercarse a sus puertas rotas, y sin embargo, aquella noche, una figura solitaria avanzaba, su capa azotada por el viento y sus pasos casi inaudibles sobre el musgo y la piedra húmeda.
Era Faelathen, última hija de la Casa Qael, que llevaba en su vientre la profecía grabada en fuego: sus sueños, rotos y recompuestos nigrománticamente por la voluntad de las antiguas, la dirigían allí. No era joven ni vieja; su alma parecía haber bebido de los ríos del tiempo más de lo que el cuerpo podría soportar. Los dedos largos de Faelathen apretaban una daga cubierta de inscripciones, y sus ojos, de un verde insondable, parecían iluminarse al contacto con las penumbras. Los centinelas de los árboles –seres de savia y hoja, condenados a la quietud y el lamento por viejos juramentos— la observaron silenciosamente. Sabían, como sólo las cosas inmemoriales pueden saber, que al filo del alba la rueda cambiaría su curso.
Una sombra se deslizó ante Faelathen, apenas un parpadeo en la extensión desierta, pero una fragancia de hierro y sangre quedó suspendida en el aire. No se inmutó. Aprendió desde pequeña que en la Contienda de los Velos, el primer movimiento es casi siempre el último. Cruzó el gran portón caído de Araleh y bajó al laberinto sin nombre que yacía bajo la ciudad, un vientre de oscuridad donde las propias piedras recordaban el sabor de la sangre y los recuerdos morían sin nacer.
Bajó, y bajó, escuchando el latir de su propio corazón sincronizado con las notas de un himno perdido. El pasillo estaba adornado con relieves de cuerpos enredados, sus rostros contorsionados en éxtasis y horror bajo la caricia de dioses crueles. Aquello era el legado de la Casa Qael, y sólo Faelathen quedaba para recordarlo. Al fin llegó al umbral de la Cámara de Sombra, donde las raíces de los árboles perforaban la bóveda y los hongos brillaban con una luz trémula y dolorosa.
En el centro de la cámara, sobre un pedestal de obsidiana, aguardaba la joya roja de Muressai–piedra de destino y destrucción, perdida desde el primer ciclo de imperios. La piedra latía, cada pulso enviando ondas de hambre por la cámara, exigiendo un precio por su poder. Faelathen desenvainó la daga, tomó aire y dejó que la hoja abriera una línea escarlata en su antebrazo. La gema relampagueó, y la neblina de la cámara se tornó carmesí.
Voces comenzaron a arremolinarse en el aire, recitando viejas traiciones y antiguas promesas. Faelathen cerró los ojos, sintiendo cómo la joya intentaba consumir su memoria, hurgando por un camino hacia el alma de su portadora.
De repente, otra presencia se unió a ella. Era un hombre, alto, de piel tan pálida como la ceniza y los cabellos grises como el invierno. Sus ojos, de un azul profundo y glacial, la midieron con fría curiosidad. Un símbolo de tres serpientes entrelazadas marcaba su mejilla. La voz del desconocido se arrastró por la cámara como la caricia de una daga.
“Creía que nadie más recordaba cómo llegar aquí.”
Faelathen sonrió, amargamente. “Creías mal.”
El hombre extendió una mano y el aire entre ambos comenzó a vibrar, oscilando al compás de un poder invisible, una fuerza tan vieja como el hielo en el corazón del mundo. “La piedra necesita más que sangre. Exige una historia. Dame tu verdad, Faelathen Qael, y la dejaré devorarte a ti en vez de a mí.”
El silencio pesó entre ambos. Faelathen sintió la tentación, el fácil olvido de sí misma, pero la urgencia de la profecía palpitó bajo su piel. “No soy una historia para tu hambre, ni un final para la tuya. Pero te daré algo mejor: un inicio.”
Y en esa cámara rota, con la gema pulsando al ritmo de su corazón, Faelathen comenzó a hablar, tejiendo con sus palabras la urdimbre y la trama de todo lo que había sido olvidado: el amor prohibido bajo las banderas rotas, el sacrificio de hermanos bajo la mirada ausente de la luna, las promesas quebradas y los pactos sellados con sangre y desesperación. Cada frase arrancaba un grito de la piedra, cada recuerdo una ola de luz y oscuridad redibujando las fronteras de la cámara y sus guardianes espectrales.
El extraño gimió, como si cada palabra fuese una daga en su carne. Al final, y cuando la última sílaba escapó de los labios de Faelathen, la gema se deshizo en millones de esquirlas que flotaron y luego desaparecieron, como si nunca hubiesen existido. La cámara quedó en silencio, y los hongos temblaron con un fulgor apacible. El viento cesó, y sobre el altar vacío, sólo quedó el eco de una sombra sin nombre.
Faelathen subió de nuevo a la superficie, las primeras luces del alba retomando la promesa de un mundo nuevo y roto, su destino sellado por la elección: había sido lo suficientemente valiente para recordar, lo suficientemente fuerte para resistir la sed de olvido. No existía ya más profecía, sino la certeza de una voluntad.
Y no lejos de allí, bajo las raíces del bosque, los centinelas murmuraron su nombre, una letanía de respeto y miedo, mientras Araleh, la ciudad olvidada, temblaba con la esperanza de un día distinto.
El ciclo no se había roto. Sólo había comenzado de nuevo, bajo la vigilancia de quien estuvo siempre dispuesta a recordar.
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