Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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Portada del relato Tras la Última Niebla
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Fragmento:


Aquella noche, todos dormían menos los cuervos, que rasgaban la sombra con chillidos que sonaban a ruina. Al fondo, el Mirador—esa torre circular, hecha de madera petrificada—parecía involucrado en una conversación con el viento. Huéspedes invisibles proyectaban luces bastardas entre los postigos sellados. Nadie cruzaba su umbral desde hacía años, aunque la leyenda afirmaba que su sola proximidad bastaba para robar los sueños más preciados.

Duración: 05:27

Tras la Última Niebla
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Al principio, al menos para los que habitamos este lado del tiempo, la oscuridad de Frith era apenas un matiz sobre la colina más antigua. Desde mi ventana, contemplaba el Mirador sumido en esa penumbra; parecía un secreto plegándose sobre sí mismo, sólido pero también profundamente herido. Queda justo en el confín de las tierras conocidas, al margen de la última taberna y el primer abismo, donde las palabras nunca bastan y los hechos siempre sobran.

Aquella noche, todos dormían menos los cuervos, que rasgaban la sombra con chillidos que sonaban a ruina. Al fondo, el Mirador—esa torre circular, hecha de madera petrificada—parecía involucrado en una conversación con el viento. Huéspedes invisibles proyectaban luces bastardas entre los postigos sellados. Nadie cruzaba su umbral desde hacía años, aunque la leyenda afirmaba que su sola proximidad bastaba para robar los sueños más preciados.

Yo llevaba meses bordeando el deseo de entrar, perdiendo horas yendo y viniendo, midiendo la distancia entre mi temor y el anhelo inexplicable que me aferraba al Mirador. Puede que fuera por culpa del Relojero, un anciano que habitaba un taller con cráneos de ciervo y relojes detenidos en la misma hora improbable. Me había dicho, con la voz velada por el polvo: “Lo que buscas en la torre no es lo que crees. A veces, la verdad se disfraza de anhelo y la memoria de verdad.”

A las tres de la madrugada, cuando el pueblo dormía a su modo, recogí la linterna, me arropé con un abrigo prestado y bajé la colina. La noche era tan negra que casi parecía un líquido. Sonaban y se apagaban campanas lejanas, ecos del monasterio sin monjes. El Mirador estaba más cerca de lo que la lógica permitía: dictaba sus propias leyes de distancia y entrada.

No había puerta. Solo una hendidura, apenas un suspiro entre tablones, me acogió. El interior era amplio, imposible según el cálculo exterior: columnas de libros desbordaban los estantes, y criaturas aladas, del tamaño de una mano, revoloteaban silenciosas, posándose justo fuera del alcance de mi mirada. El aire olía a miel y carbón, y en cada rincón la sombra parecía palpitar, notando mi latido tembloroso.

Sabía que el verdadero motivo para subir no era la simple curiosidad, sino la expectativa de una respuesta: ¿Por qué sentía que algo de mí se hallaba oculto en este lugar? La escalera de caracol crujía como si reconociera mi peso, mientras subía, cada peldaño más frío. Encontré el primer archivo en la tercera planta: una caja de marfil, tallada con símbolos que cambiaban al ritmo de mi respiración. Al abrirla, una niebla de recuerdos derramó palabras y figuras que no reconocí como mías, aunque sentía su pulso en el fondo de la garganta.

En el rellano, encontré a una mujer sentada sobre una alfombra hecha de cartas no enviadas. No era posible distinguir su edad ni su rostro, pues cada vez que intentaba mirarla, la imagen mutaba: primero la vi joven, con el pelo negro azabache; luego, anciana, la sonrisa más triste del mundo curvándose en su boca. “Llegas tarde”, fue lo primero que dijo. Tenía una voz cálida y definitiva, como el primer fuego después de un invierno interminable.

“No sé lo que busco exactamente”, admití. Ella asintió, como si la respuesta estuviera escrita desde hacía siglos. “Aquí sólo encuentras lo que ya has perdido.” Sacó de su falda una cinta de terciopelo enrollada alrededor de un espejo pequeño. Un objeto tan vulgar y tan terrible: en su superficie, vi reflejadas versiones de mí misma, amantes que nunca amé, hijos que nunca tuve, ciudades donde nunca viví. Quise apartar la vista, pero el espejo la reclamó sin piedad. “Esta es la tarifa para seguir subiendo.”

Tomé el espejo, el frío se me incrustó hasta el corazón. Subí otro tramo de escaleras, el aire cada vez más pesado, como si llevara siglos siendo respirado y devuelto por otros incautos. En la penúltima cámara, dos figuras bailaban sin música: un hombre con antifaz y una mujer de alas translúcidas. Frente a una mesa, giraban y giraban, moviéndose como si lo bailado dictara el destino de todos fuera de la torre. El hombre me tendió la mano, la piel cubierta de cicatrices que contaban historias de viejas pérdidas. “¿Bailas?”, invitó.

Por puro instinto, acepté. Cada paso del baile me hizo soltar amarras invisibles: promesas rotas, nombres olvidados, fragmentos de mí que no sabía cuánto pesaban. “La última pregunta aguarda en la cima”, susurró mi compañero de baile. Sentí la tentación de detenerme allí, perderme en ese equilibrio entre nostalgia y éxtasis, pero subí aún un piso más.

En el ápice del Mirador reinaba una claridad cenicienta. Al fondo, una figura aguardaba, envuelta en velos de luz marchita. No era sino mi propio reflejo, más anciana, más sabia, los ojos encendidos de todas las vidas que no viví y también de todas las que sí. “Lo has recordado”, dijo, su voz doblándose en la mía.

Comprendí entonces: el Mirador era un santuario de las posibilidades perdidas, una biblioteca de todos los yoes que dejamos atrás en cada decisión, en cada miedo aceptado, en cada deseo relegado. Salí de la torre con una simple palabra escrita en la palma: “Elige.” La claridad de la mañana cubría Frith y su colina en oro y sangre, y noté que, aunque las puertas del Mirador seguían cerradas para los demás, dentro de mí siempre estaría la llave.

Ellos me quieren encontrar, pero yo los encontrare primero.
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