Así, en una noche aún sin fecha (las noches verdaderamente aburridas suelen, de algún modo, no pertenecer al calendario), la Sra. Foxglove, con sus tacones de gel y su chaqueta de lana en espiral, deslizó la mano por la baranda de la planta nucl...
—Llueve. Llueve aún, y los trillos de agua resbalada en el alfeizar tocan la inanidad del tiempo mismo—, piensa Stephen, o tal vez no es Stephen, sino Martha con sus manos ásperas recogiendo pétalos del suelo gris de la cocina, allá donde el...
Cuando el hombre sin rostro preguntó la hora, el reloj ya se había derretido en la acera. Nadie se inmutó: los oficinistas cruzaron la avenida, las pantallas gigantes seguían su desfile estático de gráficas y rostros pixelados, alguien perdió...
En algún sitio, en medio del texto en el que comienzo a escribir estas líneas, estoy sentado. Pero no así, como quien se recuesta en una butaca para saborear sus propias palabras, sino como un actor inseguro en el umbral de una escena escrita por...
[1] El azulejo se cayó, casi al final de la tarde, rompiéndose en cinco trozos que aún conservaban restos del adhesivo y un leve olor a jazmín, como si la memoria de la casa se filtrara por la rajadura. Desperté —o eso creí— mirando la bald...
Empieza con la puerta de piel roja. Por dentro, los nombres son imposibles, el eco vuela y se estrella en las costillas. Una madre, o algo, se agita en el umbral: su aliento olía a hollín y leche agraz. Río con cuchillos, ella dicta, no hay ni sol...
En la inercia de la madrugada, cuando los únicos testigos son una lámpara de escritorio y la muy probable ficción de una luna fuera de la ventana, me decido a escribirte –a ti, lector que aún no despierta del todo a la posibilidad de que la his...
1. Un hombre observa cómo el aire del mediodía ondula en un patio vacío. La luz convierte el polvo en partículas antiguas. Piensa en la mujer a la que perdió y en la que podría encontrar; piensa, sobre todo, en los breves intervalos entre esas...
Nadie ve el rascacielos azul reflejado sobre el parabrisas. Nadie, quizás salvo aquel hombre encorvado que, treinta y dos minutos antes de que estalle la bomba, cambia de acera con un ligero temblor en la mano. Porque esa clase de vibraciones —la Leer más...
Se mira al espejo. No el novelista, ni el lector abriendo este libro (o petición, o lo que diablos sea este artefacto), sino yo: Laurence Sterne. No estoy seguro en qué polvorienta biblioteca, en qué biblioteca digital, en qué párrafo exactamen Leer más...
1. Fragmento de la casa despierta, cinco y treinta y seis. La claridad flota, danza sobre una mesa barnizada. El agua en el vaso apenas tiembla. Afuera, los gorriones, adentro, el reloj gime. Todo permanece, nada espera. En el alféizar hay u Leer más...
Nadie ve el rascacielos azul reflejado sobre el parabrisas. Nadie, quizás salvo aquel hombre encorvado que, treinta y dos minutos antes de que estalle la bomba, cambia de acera con un ligero temblor en la mano. Porque esa clase de vibraciones —la Leer más...
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