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Portada del relato Los susurros del desierto árido
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Fragmento:


Jeremiah intercambió una mirada con Tomás. “Nosotros vamos,” sentenció, antes de enderezarse y tomar el abrigo. No hubo necesidad de palabras con Clara; sintió el peso del momento, el magnetismo de la curiosidad y su propia necesidad de respuestas. Toma el rifle, anuda los cabellos y, contra las costumbres del pueblo, sale tras ellos. Harry los observa alejarse como quien mira partir un tren al infierno.

Duración: 13:59

Libro La Noche bajo la Luna Roja

Los susurros del desierto árido
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Capítulo 2: Los susurros del desierto árido

El alba en Dry Gulch no traía promesas de redención. El aire estaba denso de miedo y ceniza; las sombras se arrastraban más allá de los aleros, rehuyendo la luz pálida que apenas quebraba el polvo. La luna roja había dejado su huella, y aunque el pueblo siempre se había considerado a salvo de supersticiones, ahora la frontera entre lo real y lo irreal era apenas un hilo tenso. Jeremiah Blackthorne se apoyó en la baranda del porche de la taberna, observando el lento despertar del pueblo. Podía escuchar las pisadas cautelosas sobre la grava, los portazos cerrándose con más fuerza, los susurros filtrándose bajo las puertas como promesas rotas.

En el interior, Clara Hart limpió lo poco que quedaba del ventanal, recogiendo los fragmentos del cristal manchado por la luna. Había dormido poco. La noche la persiguió en sueños, con aullidos y gritos que parecían colarse entre las rendijas del tejado. Notó la presencia de Jeremiah tras ella; no le bastó la mirada de soslayo para leer la contracción de sus hombros o el cansancio que colgaba en su respiración. “Los hombres no duermen cuando esperan desgracias”, murmuró, casi para sí misma, mientras apartaba la última esquirla y la depositaba en un cubo. Jeremiah respondió con un gruñido quedo, los ojos perdidos en el horizonte.

El ambiente denso se vio interrumpido por la aparición de Tomás el Callado, que cruzó el umbral sin anunciarse, un pequeño ramillete de salvia en la mano izquierda. Sonrió apenas a Clara, con respeto silencioso, antes de posar la mirada en Jeremiah. “La tierra grita, forastero. Dice que el pasado busca huesos.” Su voz, de palabras escasas y precisas, vibró en la sala como una nota disonante. Jeremiah asintió, reconociendo que Tomás compartía una sensibilidad similar a la suya, ese sentido extra de las cosas extrañas que se mueven en las penumbras cuando nadie quiere mirar.

Unos golpes impacientes en la puerta rompieron el momento. Asomó la cara febril de un muchacho, Harry, aprendiz del enterrador. Balbuceó algo sobre símbolos grabados fuera del pueblo, “marcas negras en la roca grande, junto al arroyo seco”. Al soltar la información, miró entre temeroso y esperanzado a Jeremiah, quien ya inspiraba cierta autoridad nacida del peligro.

Jeremiah intercambió una mirada con Tomás. “Nosotros vamos,” sentenció, antes de enderezarse y tomar el abrigo. No hubo necesidad de palabras con Clara; sintió el peso del momento, el magnetismo de la curiosidad y su propia necesidad de respuestas. Toma el rifle, anuda los cabellos y, contra las costumbres del pueblo, sale tras ellos. Harry los observa alejarse como quien mira partir un tren al infierno.

El trío cruzó el límite del pueblo, un espacio donde los álamos malviven y el terreno se vuelve más áspero y hostil. El desierto reclamaba su silencio. El sol nacía mortecino, proyectando sombras grotescas a su paso. Cada pisada en la grava era su propia ceremonia de exilio. Los cuervos huían a su llegada, y Tomás, cada tanto, se detenía para rozar el polvo entre los dedos o susurrar palabras en un idioma que ninguno de sus compañeros comprendía del todo.

“La tierra se acuerda de las mentiras”, anotó Tomás de pronto. “Una vez aquí hubo vida. Luego vinieron la sed y la guerra. Ahora sólo quedan los susurros.” Clara lo estudió de reojo, insegura de si hablaba de historias indígenas o de las cicatrices ocultas en las grietas del palmar reseco.

Después de una caminata larga, en la que el calor comenzaba a rugir sobre sus espaldas, llegaron al sitio señalado por Harry. Al pie de una formación rocosa, entre espinas y matas de artemisa, se extendía una superficie de piedra con símbolos. No eran marcas de animales ni señales de pastores modernos: eran inscripciones profundas, espirales y líneas entrelazadas, que vibraban con antiguas advertencias. Clara les pasó el pulgar, notando el frescor a pesar de los rayos implacables. Tomás se llevó la mano al pecho, murmurando: “Esto no está muerto.”

Jeremiah se agachó, extrayendo de un bolsillo el amuleto de piedra. Lo comparó con uno de los símbolos—el parecido era innegable. La incomodidad se hizo palpable. “¿Qué significa esto?”, inquirió, indagando tanto por la respuesta de Tomás como por la memoria de su propio pasado. Tomás ladeó la cabeza. “Antiguo. Se usaba para atrapar lo que no debía andar libre. Bajo la roca hay memoria… y peligro.”

El viento se elevó de pronto. Un remolino levantó polvo alrededor, oscureciendo brevemente la mañana. Clara retrocedió instintivamente, sintiendo una presión en el pecho, un eco de miedo que no era racional. Jeremiah se mantuvo en cuclillas, escudriñando los surcos de la piedra. Bajó la mano hasta la tierra: sentía una vibración tenue, como un pulso sordo, que le heló los nudillos.

Siguieron las huellas de garra que rodeaban la roca, rastros profundos y antiestéticos. Pronto se toparon con plumas negras (posiblemente de cuervo) pegadas con sangre seca sobre la corteza de un mezquite. “Esto es ritual”, murmuró Clara, sorprendiendo a los hombres con su certeza. “Mi difunto… el sheriff, tenía notas sobre supersticiones de sacrificar aves al crepúsculo. Decía que era para mantener a raya algo que vive bajo el suelo.” Jeremiah sintió una punzada de respeto y sorpresa por la viuda.

El terreno aquí se sentía más árido. El sol, pese a la hora, abrasaba como si quisiera pelar el pasado hasta dejarlo irreconocible. Los tres se sentaron en una formación rocosa, bebiendo agua y estudiando el panorama. En ese momento, Tomás ordenó silencio, levantando la mano en una llamada muda. Acercó el oído al suelo, cerró los ojos y murmuró palabras guturales. Por unos instantes, sólo existió el viento y el rumor de piedras. Luego, un susurro—casi como la voz de un niño viejo—se coló entre las rocas. No era idioma reconocible, pero era lenguaje al fin: oración, advertencia o lamento. Jeremiah sintió frío pese a la temperatura, y Clara buscó refugio en el rifle que tenía sobre las piernas.

“El sitio ceremonial”, explicó Tomás, sin abrir los ojos, “es más grande de lo que pensábamos. La marca está viva porque la tierra guarda lo que le entregaron. Los Grimm… ellos sabían. Pactaron aquí.”

El nombre resonó en el vacío. Grimm. Clara se tensó. “Silas y su familia guardan secretos. Mi esposo investigó, pero no llegó lejos. Decía que quien pregunta mucho, desaparece.”

Repentinamente, la visión del desierto comenzó a distorsionarse. No era sólo calor: el horizonte se ondulaba, y breves imágenes sobreponían pasado y presente. Unas danzas de hombres y mujeres con pinturas y atavíos antiguos. Rostros deformados por la desesperación. Un círculo de fuego y sangre alrededor del sitio, y, siempre en el centro, el eco de la luna roja. Jeremiah parpadeó: no eran alucinaciones, sino visiones obligadas por la piedra y las marcas.

Incluso Tomás retrocedió. “Aquí invocaron. No todo volvió a dormirse.”

El tiempo recuperó su cadencia normal. Los tres compartieron una mirada de asombro y terror, conscientes de que abrir la herida del sitio ceremonial traería consecuencias. Jeremiah se arrodilló e intentó arañar la tierra. Bajo una costra gris halló huesecillos quemados, cuentas de piedra y restos de tela deshecha hace décadas. El pasado estaba demasiado cerca de la superficie.

De pronto, un chillido atravesó el aire, agudísimo. Unos metros más adelante, los cuervos revoloteaban en círculo. Cuando Jeremiah y Tomás se acercaron, encontraron el cuerpo mutilado de un coyote, los órganos expuestos y la boca envuelta en ramas negras y ceniza. No era matanza de animal, ni ritual de hombre: era un recordatorio de que Dry Gulch se encontraba encima de un nudo de viejas ofrendas.

Clara contuvo las arcadas. Tomás, sereno, tomó una de las ramas y la partió. Salió una gota de sangre fresca, como si el coyote aún viviera en algún plano. “La frontera está rota”, diagnosticó.

A mediodía, el trío emprendió el regreso. El sol estaba en su cénit y, cuando pisaron las afueras del pueblo, notaron que la atmósfera era más densa, como si el aire mismo hubiera envejecido. Las puertas estaban cerradas, persianas entornadas. En la plaza, Silas Grimm, montado en su caballo oscuro, arengaba a varios campesinos, aprovechando el miedo y distribuyendo armas con la promesa de cazar al monstruo. Jeremiah creyó ver algo extraño en su mirada: un destello, como un reflejo de sangre en el iris cuando miraba de lado.

La comitiva pasó desapercibida hasta que Clara fue interceptada por Martha, la esposa del herrero. “Dicen que te vieron vagando con esos hombres cerca de la Roca Vieja”, espetó, los ojos inflamados de pánico. “Hace años que nadie va allí… Las cosas malas volvieron desde que llegó el forastero.” Jeremiah interfirió, cortando la conversación con una mirada irrevocable. Clara agradeció sin palabras.

En casa de Clara, los tres se reunieron en torno a una mesa gastada. Jeremiah desdobló un viejo periódico que Clara le entregó. Era un recorte, añoso y gris, donde se leía de saqueos y desapariciones, “del tiempo en que Dry Gulch era oro y lodo, no más que una herida expuesta”. El sheriff, marido de Clara, había subrayado en tinta las palabras ‘ceremonia’, ‘pacto’, ‘roca del arroyo’. Junto a la anotación, una pregunta: ¿Por qué sólo los Grimm prosperan cuando nadie más sobrevive?

Tomás revisó detenidamente el recorte. “Hay rastros en el río seco. Cuando aparecen ramas negras, no tarda la desgracia.”

Jeremiah, cansado de dudas, tomó la decisión. “Esta noche iremos de nuevo. No voy a esperar a que la bestia venga otra vez. Algo está forzando las costuras de este lugar y la luna no deja de sangrar.” Clara, decidida, recogió la cuerda y las lámparas. Tomás solo cerró los ojos en señal de asentimiento.

Al caer la tarde, se adentraron nuevamente en el límite del pueblo. Esta vez buscaron vestigios más profundos. Siguiendo las señales (huellas, plumas, ramas), hallaron una cueva angosta bordeada de huesos blanqueados. El aire era frío y levísimo, casi imposible de respirar. Se turnaron para avanzar y, a la luz de la lámpara, Jeremiah notó símbolos aún más antiguos grabados en el techo: hombres deformados, bestias a medio dibujar, ojos que rebosaban de líneas. A cada paso, el espacio se estrechaba, y el eco de sus pisadas era acompañado por otro sonido más profundo: susurros. No eran voces conocidas, sino murmullos ahogados por la piedra, plegarias y advertencias entreveradas en la propia oscuridad.

Clara, jadeando, tocó la cueva. “Mi esposo estuvo aquí. Lo veo en el sello que dejó grabado.” Con el dedo señaló una marca, ‘T.H.’, entrelazadas en una esquina. A su lado, la huella de una mano en sangre reseca. Tomás palmeó la roca, recogió un puñado de tierra y esparció salvia. “Si cruzamos aquí, vemos lo invisible. ¿Seguro quieres continuar, Jeremiah?”

Pero la pregunta era retórica. Jeremiah estaba ya al otro lado de la frontera mental. Adentrándose un poco más, tocó el centro de la cueva y se vio asaltado por una visión: la luna roja, un círculo de hombres con cuchillos, Silas Grimm como joven aterrorizado frente a una figura inhumana surgida del polvo y la sombra. Pactos hechos con sangre y oro, promesas de fama envueltas en tragedia. Vio, también, la última mirada del sheriff Hart, los ojos abiertos de terror y la certeza de que la maldición seguiría viva mientras el desierto guardara silencio.

Recobrado el aliento, Jeremiah indicó que debían salir. Emergieron al crepúsculo, el aire denso de premoniciones. Se dirigieron de nuevo al pueblo. Dry Gulch estaba silente, expectante. Los pobladores se reunían en la plaza, armados y tensos, mientras los Grimm patrullaban al acecho. “Cuidado”, dijo Clara, “aquí, los monstruos visten ropa cara.”

En su casa, Clara les permitió quedarse. Cerraron puertas y ventanas. Tomás dispuso un círculo de salvia y hojas secas alrededor. Todos estaban tensos. Jeremiah apenas pronunció palabra, concentrado en las nuevas conexiones: los símbolos, la mala sangre, el miedo que anidaba en la tierra. “¿Qué plan sigue, forastero?” preguntó Clara. Jeremiah apretó los dientes. “Despertar a Dry Gulch antes de que se vuelva tumba. Mañana buscaré respuestas en los Grimm. Alguien debe decir toda la verdad.”

Esa noche, el desierto volvió a susurrar.

Tomás aseguró que escuchaba pasos fuera; Jeremiah se asomó y vislumbró una sombra que parecía desvanecerse entre las casas. La bestia aún estaba hambrienta, y todos lo sabían. Dentro, la tensión se aflojó apenas cuando Clara sirvió café y dejó el diario de su esposo sobre la mesa; las páginas repletas de letras temblorosas, nombres y fechas, marcas como las de la piedra ceremonial, advertencias de un enemigo demasiado viejo para ser conocido por completo.

En la madrugada, una llamarada iluminó el horizonte: la casa de uno de los esbirros de Silas ardía, y el rumor era que algo hizo saltar la puerta antes de masacrar a todos en su interior. “Es la maldición,” dijeron los aldeanos. “Se nos ha pegado a la piel.”

A la mañana siguiente, Clara, Tomás y Jeremiah juraron no separarse más. Había lazos ya, sellados por el peligro, la memoria y la necesidad. Dry Gulch era, finalmente, un pueblo sitiado por fuerzas visibles e invisibles, y la única esperanza radicaba en unir lo que el desierto intentaba mantener separado.

Jeremiah bajó la cabeza, ante el peso del desafío. “No podemos salvar a quien no quiere ser salvado. Pero podemos resistir, por nosotros y por quienes duermen bajo la arena.”

La luna, aún tenue de rojo cuando amanecía, los miraba desde arriba como el ojo cansado de un dios antiguo. Los susurros del desierto eran ahora su única guía. El pacto estaba hecho.

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