Tras la puerta
Powerless (edición especial limitada)
Serie completa que reune los cuatro libros de Los vampiros de Emberbury
Fantasía Urbana con Romance Paranormal y Almas Destinadas a estar Juntas
Crónicas de la Torre I. El Valle de los Lobos
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Portada del relato El forastero y la Luna Roja
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Fragmento:


Unos minutos después, la quietud fingida del local se rasgó como un lienzo barato cuando Silas Grimm, el terrateniente local, entró en la taberna seguido de dos de sus hombres, auténticos perros de presa ansiosos por mostrar los colmillos. Grimm era alto, delgado, vestido con un impecable abrigo negro sobre camisa lujosa y botas caras. Sus ojos, de un azul helado, destilaban la arrogancia cruel del hombre habituado a que su palabra fuera la ley en aquellos confines sureños y polvorientos.

Duración: 13:42

Libro La Noche bajo la Luna Roja

El forastero y la Luna Roja
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Capítulo 1: El forastero y la Luna Roja

El tren traqueteaba por encima de las vías, dejando un reguero de polvo entre las llanuras marchitas de la frontera, avanzando hacia un lugar donde el mapa se difuminaba y el tiempo parecía retorcerse como la cuerda de un lazo al aire. Podías oír el silbato desde millas antes de acercarte a Dry Gulch, y quizá era por eso que la gente miraba con recelo cuando se vislumbraba una figura descender en la estación pequeña, desgastada y casi muda. Nadie llegaba a Dry Gulch sin una razón; cualquiera lo sabía.

Esa noche la luna colgaba baja, llena y extraña, teñida de un rojo cobrizo que arrancaba a los viejos murmullos ancestrales y a los jóvenes muecas de incredulidad. Quizá era la sangre del pasado, decían los más supersticiosos. O señales de un mal que no ha olvidado todavía el camino de regreso.

Jeremiah Blackthorne ajustó el ala de su sombrero y, por un momento, el resplandor carmesí parecía deslizarse a lo largo del filo cicatrizado de su mandíbula. Tenía el semblante curtido de quien ha pasado demasiadas noches sin dormir y demasiados días bajo los soles impiadosos de la frontera. Sus botas golpeaban la grava al alejarse de la estación, y a cada paso, los fantasmas del ferrocarril parecían cobrar sustancia en las sombras. Había una carga en su espalda, un halo de pesadumbre que tejía historias en la imaginación de quien lo mirara, y una determinación en sus ojos que desalentaba el saludo fácil.

Un viento poco corriente se arrastraba por la calle principal, trayendo en volandas partículas de polvo que bailaban como una procesión de rezos olvidados. A su paso, perros inquietos lamían sus heridas bajo los porches mientras los niños mendigaban miradas desde detrás de visillos amarillentos. Nadie se atrevía a ser el primero en hablar, pues ya antes habían llegado forasteros, y no todos marcharon de regreso sanos y salvos. Jeremiah se detuvo junto al letrero de la taberna—el Gato Roto—cuya pintura desteñida y madera astillada parecían prometer tanto refugio como desgracia.

En el interior, la atmósfera oscilaba entre el bullicio moderado y una tensión expectante. El aire olía a whisky barato, sudor y desesperación cocida al sol. Al ingresar, Jeremiah obtuvo numerosas miradas: algunas fugaces y curiosas, otras afiladas como un cuchillo viejo y sin brillo. Al fondo, tras la barra, Clara Hart estaba limpiando vasos con determinación, como si el brillo del cristal pudiera ahuyentar cualquier mal augurio. Su cabello recogido dejaba ver unos ojos de luto y una mandíbula apretada por el cansancio y el recelo. Vestía de oscuro, cubriéndose los brazos con una blusa que, intencionadamente o no, guardaba secretos por debajo de la tela.

Jeremiah pidió whisky con una voz baja y áspera, lo suficientemente firme para que la orden flotara sobre cualquier música. Clara alzó la mirada, deteniéndose en los ojos helados y en esa cicatriz formidable que cruzaba la mejilla del forastero. Había algo en él que la inquietó, un peso parecido al del propio pueblo cuando la luna se ponía rojiza y los recuerdos susurraban demasiado alto.

“No soy de hablar mucho,” dijo Jeremiah, casi como un conjuro. “Solo busco una noche tranquila y algo de olvido.”

Clara le sirvió la copa con pulso firme—demasiados años lidiando con clientes que querían más de lo que era sabio ofrecerles. Los parroquianos reanudaron su conversación mientras Jeremiah bebía en silencio, pendiente de cada movimiento, de cada sombra inquieta junto a la puerta o cerca del rincón donde un grupo de hombres jugaba a las cartas.

Unos minutos después, la quietud fingida del local se rasgó como un lienzo barato cuando Silas Grimm, el terrateniente local, entró en la taberna seguido de dos de sus hombres, auténticos perros de presa ansiosos por mostrar los colmillos. Grimm era alto, delgado, vestido con un impecable abrigo negro sobre camisa lujosa y botas caras. Sus ojos, de un azul helado, destilaban la arrogancia cruel del hombre habituado a que su palabra fuera la ley en aquellos confines sureños y polvorientos.

Se detuvo frente a Jeremiah, que apenas levantó la vista. Un silencio tenso se posó sobre el local mientras todos aguardaban el desenlace.

“Te han visto bajar del tren,” dijo Grimm, con un deje de amenaza apenas disfrazada. “No los tenemos a menudo por aquí, ¿de qué lado vienes, forastero?”

Jeremiah no se inmutó. Dejó el vaso sobre la barra, despacio, para que el roce del vidrio contra la madera llenara la pausa.

“El lado donde el polvo no distingue buenos de malos,” replicó con voz neutra, y ese fue todo el saludo que ofreció.

Uno de los matones, movido por la insolencia, golpeó el vaso de Jeremiah haciéndolo caer al suelo y romperse. La reacción fue instintiva: Jeremiah se irguió y, sin aparente esfuerzo, desvió el siguiente puñetazo con la mano izquierda antes de lanzar un golpe seco que mandó al agresor al suelo, retorciéndose de dolor. El otro esbirro desenfundó, pero Jeremiah fue más rápido, desarmándolo con un giro brusco y encarándolo hasta dejarle la pistola en la garganta. Nadie en la sala pudo precisar si se trataba de habilidad sobrehumana, instinto puro o el tipo de destreza que sólo se adquiere sobreviviendo a demasiada muerte.

Silas Grimm alzó una ceja, midiendo con la mirada al forastero. Era evidente que lo subestimó. Con una sonrisa gélida, ordenó a sus hombres retirarse. “Aquí todos tenemos secretos, Blackthorne. A veces el mayor peligro es no saber cuál sangrará primero.”

Jeremiah regresó su postura a la barra y recogió las monedas del suelo, pagándole a Clara otro vaso de whisky mientras el murmullo en la taberna reaparecía, ahora teñido de alerta obsesiva. Clara le limpió la sangre del nudillo, con dedos expertos, y sus ojos cruzaron los de él por un instante, llenos de preguntas nacidas de la supervivencia y el dolor.

Todo en la noche, desde el humo de los cigarrillos hasta el brillo agreste de la luna roja trepando por los cristales empañados, parecía anticipar algo. En las afueras, un aullido rompió la quietud. No era un coyote ni un lobo: era un grito desgarrado, inhumano, que hizo temblar los propios huesos de la ciudad. Los presentes se detuvieron a escuchar, pese a sí mismos.

“Ese sonido... no es de aquí,” murmuró uno de los habituales, apartando la mirada de la ventana. Nadie respondió.

La noticia corrió rápido: el cuerpo de Ben McAllister, un joven vaquero, fue hallado al lado del abrevadero, abierto en canal, la carne surcada de mordidas imposibles y rastros de garras semejantes a pezuñas negras. Las mujeres del pueblo se persignaron, tejiendo rezos entre dientes mientras los hombres tomaban sus armas por puro instinto, cuestionando si era obra de algún animal enfermo o algo peor.

Jeremiah pidió a Clara un charco de agua para limpiar la sangre de sus dedos, mientras la preocupación se aposentaba tras sus ojos. “No es la primera vez que veo algo así,” murmuró, para sí mismo, pero Clara lo escuchó.

“¿Y en qué clase de sitio has estado tú?” preguntó, sin siquiera fingir curiosidad, solo una vaga necesidad de entender qué sombra traía tras de sí ese hombre.

Jeremiah no respondió, pero sus dedos temblaron apenas un segundo. Afuera, los susurros comenzaban a crecer, igual que la luna roja sobre el horizonte, inexplicablemente grande y amenazadora. La taberna se vació pronto, la mayoría de los parroquianos retirándose hacia sus hogares, encendiendo lámparas y cerrando puertas con más firmeza de lo acostumbrado.

Más tarde, en el callejón que rodea la taberna, Jeremiah caminaba en silencio cuando se sintió observado. Una figura se movía con la cadencia de quien ha aprendido a fundirse con las sombras: Tomás, el apache. Nadie sabía mucho de él, salvo que prefería el silencio y, decían, a veces hablaba con las piedras y el viento. Jeremiah lo vio de reojo, y luego lo observó de frente cuando Tomás hincó una rodilla en la tierra, palpando el suelo con una reverencia que revelaba respeto y temor al mismo tiempo.

“La luna está enferma,” susurró Tomás, en su acento suave y casi poético. “La tierra llora por los pactos viejos. No es bueno quedarse cuando la lluvia se pone roja.”

Jeremiah no respondió al principio. Luego extrajo de su chaqueta un pequeño amuleto, un trozo de piedra tallada con símbolos extraños. Un recuerdo, una advertencia, o ambos. “Sé cuándo algo anda mal,” dijo apenas, dejando que el otro hombre notara la tinta y las cicatrices que le cruzaban el antebrazo.

Los dos compartieron un silencio incómodo. Finalmente, Tomás se levantó y se alejó, fundiéndose de nuevo con el aire que traía promesas de tormentas y muerte. Jeremiah regresó a la taberna sabiendo que el día siguiente traería más cadáveres, y que la luna, por una noche al menos, no sería redonda ni inocente.

El rumor de la criatura se dispersó hasta los confines de la región. Algunos aseguraban haberlo visto: una bestia demasiado alta, de ojos incandescentes y garras que parecían hojas de cuchillos. Otros decían que la bestia no tenía forma, sino un torbellino de sombras que devoraba cabezas de ganado y que hacía bailar a los espantapájaros en su paso. Entre las explicaciones racionales y el miedo antiguo, Dry Gulch se volvió un hervidero de sospechas. El nombre de Jeremiah, por extraño que fuera, ya rodaba en conversaciones apenas veladas.

Esa misma noche, Clara decidió cerrar la taberna antes de lo habitual. Los ruidos en el exterior ya no parecían propios de las criaturas del desierto. Pidió a Jeremiah que la ayudara a echar el cerrojo y, finalmente, compartió su temor con una sinceridad que él no estaba acostumbrado a escuchar. “Hay algo aquí, algo que no tiene nada que ver con hambre de animales ni peleas de forasteros. No sé quién eres ni por qué has venido, pero si puedes irte, hazlo. Aún tienes esa suerte.”

Jeremiah la observó, notando el brillo decidido en su rostro. “Vendí mi suerte hace mucho. No he venido a huir. Si hay una bestia suelta, es mejor que alguien la persiga, antes de que todo el pueblo pague el precio.”

Afuera, el resplandor de la luna roja pintaba de sangre el polvo del camino, y las sombras de ambos se proyectaban deformes contra la pared de la taberna. Atrás, un retumbar bajo puso alerta a Jeremiah. Al asomarse, vio una figura descomunal cruzando a saltos la calle desierta. Por un segundo, el tiempo pareció estirarse: la bestia, de patas larguísimas y pelaje revuelto, se giró para observarlo directamente. Un par de ojos centellearon con inteligencia antinatural desde el hocico deformado, y una hilera de colmillos brilló bajo la luna. Jeremiah sintió un clic en su mente, una memoria regresando de tierras peleadas a balazos, de rituales arcanos y pactos sellados en fuego y muerte. Esta criatura no era ajena a él.

Se escuchó un disparo a lo lejos; alguien, presa del pánico, trataba de hacerle frente al monstruo. Lo único que consiguieron fue agravar la rabia de la cosa, que saltó sobre los tejados, derribando tejas y lanzando un alarido que congeló la sangre en las venas de quienes lo oyeron. El alboroto llegó al centro del pueblo. La confusión reinó por unos minutos.

Al amanecer, la ciudad contaba con dos cuerpos más: la joven Sarah Finch, sus ropas hechas jirones y la mirada congelada en un pavor imposible; y John Harper, el pastizal ardiendo aún a su alrededor, como si hubiera intentado prenderle fuego a lo invisible antes de morir.

Las supersticiones florecieron como mala hierba. Los niños lloraban sin razón, los ancianos repetían historias de antes de que hubiese poblado, de los dioses de la tierra y de los ríos subterráneos. Silas Grimm reunió a sus hombres, prometiendo proteger la ciudad mientras apuntaba sutilmente hacia Jeremiah y la figura de Tomás, quien ahora rondaba por el cementerio, hablando consigo mismo y dispersando hojas y arena en círculo.

Jeremiah pasó la mañana revisando el lugar de los ataques. Había huellas en el polvo, pero no de hombre ni animal: eran marcas retorcidas y profundas, a veces parecía que quemaban la tierra sobre la que pisaban. Tocó tierra con los dedos, la llevó a la nariz: olía a carne, hierro y ceniza, como si el desierto se hubiera tragado algo y lo estuviera devolviendo en pedazos.

El pueblo comenzaba a repartir culpas. La presencia del forastero, la rareza de Tomás, losre celos contra Clara, viuda y extranjera en un lugar de linajes demasiado viejos. Alguien, en el colmo del miedo, arrojó una piedra contra el ventanal de la taberna en señal de advertencia. El cristal se hizo añicos y, en los fragmentos, la luna roja sangraba todavía más, esparciéndose sobre el suelo como presagio inevitable.

Cansado, pero determinado, Jeremiah regresó esa noche a la taberna, donde Clara recomponía el ventanal con cartón y clavos. Tomás apareció junto a ellos, con la mirada perdida en la oscuridad, y una palabra pronunciada apenas en un susurro: “El mal ha despertado. No vino contigo, pero ha elegido este tiempo porque algo antiguo está a punto de romperse.”

Jeremiah aceptó la invitación implícita. Se sentaron juntos, Clara les sirvió café demasiado aguado y, entre frases cortas, sellaron una alianza silenciosa. El pueblo de Dry Gulch no sólo estaba a la merced de una bestia, sino de fuerzas que bullían bajo la tierra y rastros de pecados tan viejos como las cicatrices en la roca.

Pero en esa primera noche baja la luna roja, sólo Jeremiah comprendía la magnitud del peligro: no era una cacería, ni un duelo entre hombres justos y criaturas condenadas, sino el inicio de una contienda donde pasado, presente y monstruosidad irían de la mano, llevando a cada uno a explorar la frontera más peligrosa de todas: la que separa al hombre del horror al que es capaz de sobrevivir.

El polvo caía en silencio, las persianas crujían como dientes apretados, y Dry Gulch, bajo el dominio de la luna roja, supo que jamás volvería a dormir en paz.

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